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La criatura avanzaba lentamente por el cristal hacia mí. Me eché hacia atrás.

– Godfrey -dije-, asesinaría al hombre que realizala obra que usted se propone. ¿Con qué fin quiere perpetuar semejante reptil? Puedo soportar los grotescos japoneses, pero no puedo soportar… esa… araña.

– Es un cangrejo.

– Cangrejo o araña o gusano ciego… ¡ajj! ¿Para qué quiere hacerlo? Es una pesadilla… ¡Es inmundo!

Odiaba al bicho. Era la primera criatura viviente por la que había sentido odio.

Hacía un tiempo que venía notando en el aire un húmedo olor acre, y Godlrey dijo que provenía del reptil.

– Pues entonces, mátelo y sepúltelo -dije-. Además ¿de dónde ha salido?

– Tampoco eso lo sé -dijo Godfrey riendo-; lo vi adherido a la caja en que fue traída esta serpiente de oro. Supongo que mi viejo Reuben es el responsable.

– Si en los bosques del Cardenal acechan criaturas de esta laya -dije,siento ir allí.

– ¿Irá usted de caza? preguntó Godfrey.

– Sí, con Barris y Pierpont. ¿Por qué no mata a esa criatura?

– Vaya usted a esa expedición de caza y déjeme a mí en paz -dijo Godfrey riendo.

Yo me estremecí ante el "cangrejo" y me despedí de Godfrey hasta diciembre.

Esa noche Pierpont, Barris y yo estábamos sentados charlando en el vagón de fumar del Expreso de Quebec cuando el largo tren abandonó la estación del Gran Central. El viejo David se había adelantado con los perros; pobres animales, detestaban viajar en el vagón de equipajes, pero el ferrocarril de Quebec no dispone de comodidades para deportistas, de modo que David y los tres perdigueros deberían pasar una mala noche.

Con excepción de Pierpont, Barris y yo, el vagón estaba vacío. Barris, apuesto, corpulento, rojizo y bronceado, tamborileaba sobre el antepecho de la ventanilla mientras fumaba una corta y fragante pipa. La funda de su rifle estaba en el suelo junto a él.

– Cuando tenga el pelo cano y años de discreción -dijo Pierpont con languidez- no flirtearé con las doncellas bonitas ¿Y tú, Roy?

– No -contesté mirando a Barris.

– ¿Te refieres a la doncella de la cofia en el vagón pullman? -preguntó Barris.

– Sí-dijo Pierpont.

Me sonreí porque también yo la había visto.

Barris se retorció el rizado bigote grisáceo y bostezó.

– Es mejor que vosótros, chicos, os vayáis a la cama -dijo-. La doncella de esa señora es miembro del Servicio Secreto.

– Oh-dijo Pierpont- ¿una de tus colegas?

– Podrías presentárnosla, sabes -dije-; el viaje resulta monótono.

Barris extrajo un telegrama de su bolsillo, y mientras se estaba allí sentado dándole vueltas entre sus dedos, se sonreía. Al cabo de un instante o dos, se lo alcanzó a Pierpont que lo leyó con las cejas ligeramente arqueadas.

– Es un chasco… supongo que está cifrado -dijo-. Veo que lo firma el general Drummond…

– Drummond, jefe del Servicio Secreto del Gobierno -dijo Barris.

– ¿Se trata de algo interesante? -pregunté yo encendiendo un cigarrillo.

– Algo tan interesante -respondió Barris-, que yo mismo me ocuparé de ello…

– Y estropearás así nuestro trío de caza…

– No. ¿Quieres saber de qué se trata? ¿Tú quieres, Billy Pierpont?

– Sí-respondió ese inmaculado joven.

Barris frotó la boquilla de ámbar de su pipa con el pañuelo, despejó el cañón con un trocito de alambre, inhaló una o dos veces y apoyó las espaldas en el asiento.

– Pierpont -dijo- ¿recuerdas esa velada en el Club de los Estados Unidos, cuando el general Miles, el general Drummond y yo estábamos examinando esa pepita de oro que tenía el capitán Mahan? También tú la examinaste, creo.

– Lo hice -dijo Pierpont.

– ¿Era oro? -preguntó Barris tamborileando sobre la ventana.

– Lo era -replicó Pierpont.

– También yo la vi-dije-; por supuesto, era oro.

– El profesor La Grange la vio también -dijo Barris-; dijo que era oro.

– ¿Pues bien? -dijo Pierpont.

– Pues bien -dijo Barris, no era oro.

Al cabo de un momento de silencio, Pierpont preguntó qué pruebas se habían hecho.

– Las pruebas habituales -contestó Barris-. La Casa de Moneda de los Estados Unidos está convencida de que es oro; también lo están todos los joyeros que la han visto. Pero no es oro y, sin embargo… sí es oro.

Pierpont y yo nos miramos.

– Ahora, para que Barris dé su acostumbrado efecto teatral -dije-: ¿de qué era la pepita?

– Prácticamente era de oro puro; pero -dijo Barris disfrutando intensamente la situación-, en verdad no era de oro. Pierpont ¿qué es el oro?

– El oro es un elemento, un metal…

– ¡Equivocado, Billy Pierpont! -dijo Barris con tranquilidad.

– El oro era un elemento cuando yo iba a la escuela -dije.

– Hace dos semanas que ya no lo es -dijo Barris-; y con excepción del general Drummond, el profesor La Grange y yo, vosotros dos, jóvenes, sois las dos únicas personas, salvo una, que lo sabéis… o lo habéis sabido.

– ¿Quieres decir que el oro es un metal compuesto? -preguntó Pierpont lentamente.

– Exactamente. La Grange lo ha logrado. Anteayer hizo una hoja de oro puro. La pepita era de oro manufacturado.

¿Era posible que Barris bromeara? ¿Era esto un engaño colosal? Miré a Pierpont. Murmuró algo acerca de solucionar la cuestión de la plata y volvió la cara hacia Barris, pero algo había en la expresión de éste que prohibía las burlas, y Pierpont y yo nos quedamos pensativos.

– No me preguntéis cómo se hace -dijo Barris tranquilamente-; no lo sé. Pero si sé que en cierto sitio de la región de los bosques del Cardenal hay una banda de gente que sí sabe cómo se hace el oro y que lo hace. Sabéis el peligro que esto constituye para todas las naciones civilizadas. Hay que ponerle fin, por supuesto. Drummond y yo hemos decidido que yo soy el hombre indicado para hacerlo. Dondequiera esté esta gente y sea quien fuere… estos hacedores de oro… deben ser atrapados, cada uno de ellos… atrapados o muertos.

– O muertos -repitió Pierpont, que era propietario de la mina de oro de Traviesa y sus ingresos le parecían demasiado escasos-; el profesor La Grange será por supuesto prudente; no es preciso que la ciencia conozca cosas que alterarían el mundo.

– Pequeño Billy -dijo Barris riendo-, tus ingresos no corren peligro.

– Supongo -dije- que alguna falla de la pepita puso a La Grange sobre aviso.

– Exactamente. Quitó la falla antes de que la pepita fuera puesta a prueba. Trabajó en la falla y separó los tres elementos del oro.

– Es un gran hombre -dijo Pierpont-, pero será el hombre más grande del mundo si se guarda el descubrimiento para sí.

– ¿Quién? -preguntó Barris.

– El profesor La Grange.

– Al profesor La Grange le dispararon un tiro en el corazón hace dos horas -dijo Barris lentamente.

II

Hacía cinco días que estábamos de caza en los bosques del Cardenal cuando un mensajero montado llevó un telegrama a Barris de la estación telegráfica más próxima, en Fuentes del Cardenal, un villorrio junto al ferrocarril de transporte de madera que se une al de Quebec y del Norte en la confluencia de los Tres Ríos, a treinta millas al sur.

Pierpont y yo estábamos sentados bajo los árboles, cargando como experimento ciertas cápsulas especiales; Barris estaba de pie junto a nosotros, bronceado, erecto, sosteniendo la pipa con cuidado para que ninguna chispa fuera a caer en la caja de pólvora. El ruido de cascos sobre la hierba llamó nuestra atención y cuando el delgado mensajero detuvo su cabalgadura frente a la casa, Barris avanzó y cogió el telegrama sellado. Cuando lo hubo abierto, entró en la casa y reapareció en seguida leyendo algo que había escrito.