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– Que no utilizaremos por varias razones -agregó Barris con amabilidad-; no te preocupes, Roy, y no te entrometas con tu maldita expedición; no hay peligro alguno.

Sabía, por supuesto, de qué estaba hablando y yo me tranquilicé.

Cuando el extremo de la chaqueta de caza de Pierpont hubo desaparecido en la espesura, me encontré solo con Howlett. Me sostuvo la mirada por un instante y luego, cortésmente, bajó la suya.

– Howlett -dije-, lleva estos cartuchos e implementos a la sala de armas y no dejes caer nada. ¿Le sucedió algo a Voyou esta mañana entre las zarzas?

– No le sucedió nada malo, señor Cardenhe -dijo Howlett.

– Entonces, ten cuidado de no dejar caer nada más -dije y me alejé dejándolo decorosamente desconcertado. Porque no había dejado caer ningún cartucho. ¡Pobre Howlett!

III

A las cuatro, poco más o menos, de aquella tarde, encontré a David y los perros en el soto desde donde se va al refugio del Dulce Helecho. Los tres perdigueros, Voyou, Gamin y Mioche, estaban cubiertos de plumas -David había matado a una becada y un par de gallos del bosque sobre ellos esa mañana- y correteaban cerca por el soto cuando yo aparecí con el rifle bajo el brazo y la pipa encendida.

– ¿Cuáles son las perspectivas, David? -pregunté tratando de mantener tranquilos a los perros que agitaban la cola y gimoteaban-. ¡Hola! ¿qué le sucede a Mioche?

– Una zarza en la pata, señor; se la quité y le cubrí la herida, pero le debe de haber entrado pedregullo. Si no tiene inconveniente, señor, podría regresar conmigo.

– Sería menos riesgoso -dije-; llévate también a Gamin, Sólo necesito un perro esta tarde. ¿Cuál es la situación?

– Bastante buena, señor; los gallos del bosque están a un cuarto de milla del segundo robledal. Las becadas están en su mayoría en los alisos. Vi gran cantidad de becadas en los prados. Había algo más junto al lago… no sé qué, pero los patos silvestres salieron en desbandada con gran estruendo cuando yo estaba en la espesura como si una docena de zorros les mordiera las plumas de la cola.

– Probablemente un zorro -dije-; ata a esos perros, deben aprender a soportarlo. Estaré de regreso para la cena.

– Hay algo más, señor -dijo David demorándose con su rifle bajo el brazo.

– ¿Y bien? -dije yo.

– Vi a un hombre en los bosques junto al refugio del Roble… al menos me pareció.

– ¿Un leñador?

– Creo que no, señor… a menos… ¿hay un chino entre ellos?

– ¿Un chino? No. ¿Quieres decir que viste a un chino en el bosque?

– Yo… creo que sí, señor. No puedo asegurarlo. Cuando corrí al refugio había desaparecido.

– ¿Los perros lo advirtieron?

– No puedo decirlo con exactitud. Actuaron de modo algo raro. Gamin se echó a tierra y gimió… pudo haber sido un cólico… y Mioche aulló, quizá fuera el brezo.

– ¿Y Voyou?

– Voyou fue el más notable, señor: se le erizó el pelo del lomo. Vi a una marmota que se dirigía a un árbol en la cercanía.

– No es raro entonces que a Voyou se le erizara el pelo. David, tu chino era un tronco o un montecillo de hierbas. Ahora llévate a los perros.

– Supongo que así fue señor; buenas tardes, señor -dijo David y se alejó con los Gordon dejándome solo con Voyou en el soto.

Miré al perro y él me miró a mi.

– ¡Voyou!

El perro se sentó e hizo danzar las patas delanteras con sus hermosos ojos pardos resplandecientes.

– Eres un tramposo -dije-. ¿Dónde iremos, a los alisos o a las tierras altas? ¿A las tierras altas? ¡Bien! ¡A la busca de gallos del bosque! Sígueme de cerca, amigo mío, y demuestra tu milagroso autodominio.

Voyou se me pegó a los talones rehusándose noblemente a tener en cuenta las descaradas ardillas y los mil y un olores tentadores e importantes que un perro corriente no habría vacilado un instante en investigar.

En los bosques amarillos y pardos del otoño resonaban móviles montones de hojas y las ramas se quebraban a nuestro paso cuando abandonamos el soto para internarnos en el bosque. Todos los silenciosos arroyuelos, que se precipitaban al lago, lucían alegres transportando coloreadas hojas flotantes, las escarlatas del arce o las amarillas del roble. Sobre los estanques había manchas de luz solar que buscaban las pardas profundidades e iluminaban el fondo de grava donde escuelas de pececillos nadaban de aquí para allá y de allá para aquí, afanados en los objetivos de sus vidas minúsculas. Los grillos cantaban entre la larga hierba quebradiza a la vera del bosque, pero los dejamos muy atrás al penetrar el silencio del bosque profundo.

– ¡Ahora! -le dije a Voyou.

El perro dio un salto adelante, trazó una vez un círculo, zigzagueó entre los helechos que nos gobernaban, todo en un momento, y se quedó inmóvil, rígido como un bronce esculpido. Avancé dos pasos levantando la escopeta, tres pasos, diez quizás, antes que un gran gallo del bosque se agitara en el helechal e irrumpiera entre la maleza en dirección de arbustos más espesos. Resplandeció mi escopeta, resonó el eco en los acantilados boscosos y tras el ligero velo del humo algo oscuro cayó desde el aire en medio de una nube de plumas, pardas como eran pardas las hojas debajo.

– ¡Busca!

Voyou partió de un salto y en un instante volvió al trote con el cuello arqueado, la cola rígida aunque en movimiento, sosteniendo tiernamente en su boca rosa una masa de plumas bronceadas y moteadas. Con suma gravedad, dejó el ave a mis pies y se agazapó muy cerca de ella, con sus sedosas orejas sobre las patas y el hocico en el suelo.

Dejé caer el gallo del bosque en la bolsa, mantuve un momento de acariciante comunicación silenciosa con Voyou y me puse la escopeta bajo cl brazo e indiqué al perro que se pusiera en movimiento.

Debía de ser las cinco cuando llegué a un pequeño claro del bosque y me senté a respirar. Voyou se acercó y se me sentó delante.

– ¿Y bien? -pregunté.

Voyou gravemente me ofreció una pata que yo cogí.

– No podremos estar de vuelta para la cena -dije-, de modo que lo mismo da no preocuparse. Es culpa tuya, lo sabes. ¿Tienes una espina en la pata? Veamos… ¡Ya está! Salió amigo, y estás en libertad de husmear por ahí y lamértela. Si dejas la lengua fuera se te llenará de ramitas y musgo. ¿No puedes echarte e intentar no jadear tanto? No, es inútil olfatear y mirar ese helechal, porque fumaremos un poco, echaremós un sueño y volveremos a casa a la luz de la luna. ¡Piensa en la gran cena que nos haremos! ¡Piensa en la desesperación de Howlett cuando no lleguemos a tiempo! ¡Piensa en todas las historias que podrás contar a Gamin y Mioche! ¡Piensa en lo buen perro que has sido! Vaya, estás cansado, viejo; parpadea cuarenta veces conmigo.

Voyou estaba algo fatigado. Se estiró sobre las hojas a mis pies, pero si dormía o no, no lo supe hasta que agitó sus patas traseras mientras soñaba con grandes proezas.

Ahora bien, puede que hubiera parpadeado cuarenta veces. Pero cuando me senté y abrí los ojos el sol no parecía haber descendido. Voyou levantó la cabeza, vio en mis ojos que no me disponía a partir todavía, dio con la cola media docena de veces contra las hojas secas y con un suspiro se reacomodó.

Miré ocioso a mi alrededor y por primera vez me di cuenta cuán bello era el sitio que había elegido para dormir una siesta. Era un claro oval en el corazón del bosque, nivelado y cubierto por una alfombra de hierba verde. Los árboles que lo rodeaban eran gigantescos; formaban un alto muro circular de verdor, borrándolo todo excepto el azul turquesa del óvalo de cielo. Y ahora notaba que en el centro del verdor había un estanque de aguas cristalinas, que resplandecían como un espejo en la hierba del prado, junto a una roca de granito. Apenas parecía posible que la simetría de árboles, prado y estanque traslúcido pudieran ser uno de los accidentes de la naturaleza. Nunca había visto antes este prado ni había oído a Pierpont o a Barris hablar de él. Era una maravilla ese claro cuenco diamantino, regular y gracioso como una fuente romana, engastado en la gema de las hierbas, Y estos gigantescos árboles… tampoco ellos correspondían a América, sino a algún bosque de Francia habitado de leyendas, donde marmoles cubiertos de musgo se levantan descuidados en oscuros valles y el crepúsculo del bosque cobija hadas y esbeltas figuras de tierras sombrías.