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– No -dijo Rarris lentamente-; pero sé que hay o ha habido un chino en el bosque.

– ¡El diablo! -exclamé.

– Sí -dijo Barris gravemente-; el diablo, si quieres… un diablo… un miembro de los Kuen-Yuin.

Acerqué mi silla a la hamaca donde Pierpont yacía extendido cuan largo era alcanzándome una bola de oro puro.

– ¿Y bien? -dije mientras examinaba los grabados que había en su superficie, que representaban una masa de criaturas entrelazadas, dragones, supuse.

– Pues bien -repitió Barris extendiendo la mano para coger la bola de oro-, este globo en el que hay grabados reptiles y jeroglíficos chinos es el símbolo de los Kuen-Yuin.

– ¿Cómo lo obtuviste? -pregunté, con el sentimiento de que oiría algo sorprendente.

– Pierpont lo encontró esta mañana junto al lago al amanacer. Es el símbolo de los Kuen-Yuin -repitió-, los terribles Kuen-Yuin, los hechiceros de China, y la más diabólica secta de asesinos que hay sobre la tierra.

Fumamos en silencio hasta que Barris se puse en pie y empezó a andar de aquí para allá entre los árboles, retorciéndose los bigotes grises.

– Los Kuen-Yuin son hechiceros -dijo deteniéndose ante la hamaca donde yacía Pierpont que los observaba-; quiero decir exactamente lo que digo: hechiceros. Los he visto, los he visto en sus diabólicas prácticas, y os repito solemnemente que así como hay ángeles en lo alto, hay una raza de diablos en la tierra, y son hechiceros. ¡Bah -exclamó-, habladme de la magia de la India y de yoguis y de todos esos engañabobos! Roy, te aseguro que los Kuen-Yuin tienen absoluto control de un centenar de millones de personas, dominan su mente y su cuerpo, su cuerpo y su alma. ¿Sabes lo que sucede en el interior de la China? ¿Lo sabe Europa? ¿Podría algún ser humano concebir la situación de esa inmensa fosa del infierno? Leéis los periódicos, oís cotorreos diplomáticos acerca de Li Chang y el Emperador. Veis crónicas de guerras en mar y tierra y sabéis que Japón ha iniciado una tempestad de juguete a lo largo del mellado filo de ese gran desconocido. Pero jamás habéis oído antes de los Kuen-Yuin; no, ni tampoco ningún europeo, salvo algún misionero aislado o dos, y sin embargo os digo que cuando las llamas de ese foso infernal hayan devorado el continente hasta la costa, la explosión inundará la mitad del mundo… y Dios ayude a la otra mitad.

A Pierpont se le apagó el cigarrillo; encendió otro y miró fijamente a Barris.

– Pero -agregó-, basta por hoy; sabéis, no tenía intención de decir tanto como lo hice; de nada serviría; aun tú y Pierpont lo olvidaréis;parece algo tan imposible y tan lejano… como que se apagara el sol. Lo que quiero discutir es la posibilidad o la probabilidad de que un chino, un miembro de los Kuen-Yuin se encuentre aquí en este momento, en el bosque.

– Si lo está -dijo Pierpont-, es posible que los fabricantes de oro le deban su descubrimiento.

– No lo dudo ni por un instante -dijo Barris con seriedad.

Cogí en la mano el pequeño globo de oro y examiné los caracteres que había grabados en él.

– Barris -dijo Pierpont-, no me es posible creer en la hechicería mientras llevo uno de los trajes de caza de Sandford's en uno de cuyos bolsillos hay un volumen de la Duquesa con las páginas sin cortar todavía.

– Tampoco yo -dije-, porque leo el Evening Post y sé que el señor Godkin no lo permitiría. ¡Vaya! ¿Qué sucede con esta bola de oro?

– ¿Qué sucede? -preguntó Barris torvamente.

– Pues… pues, está cambiando de color… púrpura, carmesí… no, quiero decir, verde… ¡Dios de los Cielos! Los dragones se retuercen bajo mis dedos…

– ¡Imposible! -murmuró Pierpont inclinándose sobre mí-; esos no son dragones…

– ¡No! -exclamé excitado- Son imágenes de ese reptil que trajo Barris… Mirad, mirad como se arrastran y se vuelven…

– Déjala caer -ordenó Barris; y yo arrojé la bola por tierra. En un instante todos nos habíamos arrodillado en la hierba junto a ella, pero la bola era otra vez de oro, con sus grotescos grabados de dragones y signos extraños.

Pierpont, con la cara algo enrojecida, la recogió y se la alcanzó a Barris. Este la puso en una silla y se sentó a mi lado.

– ¡Pfui! -exclamé enjugándome el sudor de la cara-. ¿Cómo es el truco, Barris?

– ¿Truco? -dijo Barris despectivo.

Miré a Pierpont y el corazón me dio un vuelco. Si no era un truco ¿qué era? Pierpont me devolvió la mirada y enojeció, pero todo lo que dijo fue:

– Diabólicamente extraño.

Y Barris respondió:

– Diabólicamente, sí.

Entonces Barris me pidió que volviera a contar mi historia, y yo lo hice, empezando por el instante en que me encontré en el soto con David hasta el momento en que salté a la espesura en sombras desde donde esa máscara amarilla se había sonreído como una calavera fantasma.

– ¿Intentamos encontrar la fuente? -pregunté al cabo de una pausa.

– Sí… y… este… la joven -sugirió Pierpont vagamente.

– No seas asno -dije con algo de impaciencia-, no es preciso que vengas, ya lo sabes.

– Oh, iré -dijo Pierpont-, a no ser que me crean indiscreto…

– Calla, Pierpont -dijo Barris-, esto es serio; jamás oí de semejante claro o de semejante fuente, claro que nadie conoce enteramente este bosque. Vale la pena intentarlo; Roy ¿puedes encontrar el camino de regreso hasta allí?

– Sin dificultad -respondí-. ¿Cuándo nos ponemos en marcha?

– Se echará a perder nuestra partida de caza -dijo Pierpont-, pero cuando uno tiene la oportunidad de encontrar en la realidad una mujer de ensueños…

Me puse en pie profundamente ofendido, pero Pierpont no estaba muy compungido y su risa era irresistible.

– La joven te pertenece por derecho, pues tú la descubriste -dijo-. Prometo no inmiscuirme en tus sueños… O soñar con otras mujeres…

– Vamos, vamos -dije-, haré que Howlett te ponga en cama dentro de un minuto. Barris, si estás pronto… Podemos volver para la casa.

Barris se había puesto en pie y me miraba con gravedad.

– ¿Qué ocurre? -pregunté nervioso, porque vi que su mirada se me clavaba en la frente, y recordé a Ysonde y la blanca cicatriz en forma de cuarto creciente.

– ¿Es eso una marca de nacimiento? preguntó Barris.

– Sí ¿por qué, Barris?

– Por nada, es una interesante coincidencia…

– ¿Cómo? ¡Por Dios…!

– La cicatriz… o más bien, la marca de nacimiento. Es la huella de la garra del dragón: el símbolo en forma de cuarto creciente de Yue-Laou.

– ¿Y quién demonios es Yue-Laou? -pregunté bastante enfadado.

– Yue-Laou, el Hacedor de Lunas, Dzil-Nbu de los Kuen-Yuin; es mitología china, pero creo que Yue-Laou ha retornado para gobernar a los Kuen-Yuin…

– La conversación -interrumpió Pierpont- sabe a pavos reales, plumas y avispas con pintas amarillas. Las viruelas locas le han dejado su tarjeta de visita a Roy y Barris nos está tomando el pelo. Vamos, compañeros, y visitemos a la mujer de los sueños. Barris, oigo el ruido de galope; aquí vienen tus hombres.

Dos jinetes chapalearon salpicando barro hasta la galería y desmontaron ante una señal de Barris. Noté que los dos llevaban rifles de repetición y pesados revólveres Colt.

Siguieron a Barris con deferencia al comedor y en seguida oímos tintinear de platos y botellas y el bajo canturreo de la musical voz de Barris.

Media hora más tarde volvieron a salir, saludaron a Pierpont y a mí y se alejaron galopando en dirección a la frontera de Canadá. Transcurrieron diez minutos y, como Barris no aparecía, nos pusimos en pie y entramos en la casa para encontrarío. Estaba sentado en silencio frente a la mesa observando el pequeño globo de oro, en el que refulgía ahora un fuego escarlata y anaranjado, brillante como un carbón encendido. Howlett, boquiabierto y los ojos que se le saltaban de las órbitas, estaba de pie petrificado detrás de él.