David y los perros me esperan en el patio mientras escribo. Pierpont está en el cuarto de armas llenando cartuchos, y Howlett le lleva un jarro de mi cerveza tras otro desde el bosque. Ysonde se inclina sobre mi mesa escritorio: siento su mano en mi brazo, y me dice:
– ¿No crees que ya has trabajado bastante pór hoy, querido? ¿Cómo es posible que escribas tales disparates sin el menor rastro de verdad o fundamento?
UNA AGRADABLE VELADA
Et pis, doucement on s'endort,
On fait sa carne, on fait sa sorgue,
On ronffle, et, comme un tuyau d'orgue,
Le tuyau se met à ronffler plus fort…
Aristide Bruant
I
Al ascender a la plataforma de un vagón funicular de Broadway de la calle Cuarenta y dos, alguien dijo:
– Hola, Hilton; Jamison te está buscando.
– Hola, Curtis -contesté-. ¿Qué es lo que desea Jamison?
– Quiere saber qué has estado haciendo toda la semana -dijo Curtis aferrándose desesperadamente de la barandilla al ponerse el coche en movimiento-; dice que pareces creer que el Manhattan Illustrated Weekly fue creado con el sólo propósito de procurarte salario y vacaciones.
– ¡El viejo gato capón e hipócrita! -dije indignado-. Sabe perfectamente dónde he estado. ¡Vacaciones! ¿Cree que el Campamento del Estado en junio es cosa fácil de sobrellevar?
– Oh -dijo Curtis- ¿has estado en Peekskill?
– Yo diría que sí -respondí mientras sentía crecer mi cólera al pensar en mi cometido.
– ¿Mucho calor? -preguntó Curtis con aire ensoñador.
– Treinta y dos a la sombra -respondí-. Jamison quería tres páginas completas y tres medias páginas para impresión policroma y un montón de dibujos lineales por añadidura. Podría haberlos inventado. ¡Ojalá lo hubiera hecho! Fui lo bastante tonto como para preocuparme y deslomarme con el fin de lograr algunos dibujos honestos y este es el agradecimiento que recibo.
– ¿Llevabas una cámara?
– No. La llevaré la próxima vez. No desperdiciaré ya mi tiempo trabajando a conciencia para Jamison -dije malhumorado.
– No compensa hacerlo -dijo Curtis-. Cuando se me asigna algún tema militar, no represento el acto del artista que hace rápidos bocetos, puedes apostarlo; voy a mi estudio, enciendo la pipa, busco un montón de Illustrated London News, elijo varias escenas de batallas de Caton Woodville… y las utilizo.
El coche cogió la curva cerrada de la calle Catorce.
– Sí -continuó Curtis mientras el coche se detuvo por un momento frente a la casa Morton para lanzarse de nuevo hacia adelante en medio de furiosas campanas-, no compensa trabajar con honestidad para la pléyade de estúpidos que dirigen el Manhattan Illustrated. No son capaces de apreciarlo.
– Creo que el público sí lo aprecia -dije-, pero estoy seguro que Jamison no. Se merecería que hiciera lo que la mayoría de vosotros hacéis: echar mano de un montón de dibujos de Caton Woodville y Thulstrup, cambiar los uniformes, modificar con habilidad una figura o dos y crear un trabajo tomado "del natural". De cualquier forma, todo esto me tiene harto. Casi todos los días de esta semana me he estado corriendo de aquí para allá en ese campamento tropical o galopando tras esos regimientos. Tengo una página completa del "campamento a la luz de la luna", páginas enteras de "ejercitación en artillería" y "regimientos en acción" y una docena de dibujos menores que me costaron más gemidos y sudores que los que conocerá Jamison en toda su linfática vida.
– Jamison tiene ruedas -dijo Curtis-, más ruedas que bicicletas hay en Harlem. Quiere que tengas una página completa para el sábado.
– ¿Una qué? -exclamé espantado.
– Sí, es lo que quiere… Iba a enviar a Jim Crawford, pero Jim debe ir a California para la feria de invierno, y tú tendrás que hacerla.
– ¿De qué se trata? -pregunté frenético.
De los animales en el Central Park -dijo Curtis con una risa ahogada.
Yo estaba furioso. ¡Los animales! ¡Vaya! Le demostraría a Jamison que tenía derecho a cierta consideración. Era jueves; eso me dejaba un día y medio para terminar una página entera, y después del trabajo realizado en el Campamento del Estado, sentía que tenía derecho a un poco de descanso. Además, objetaba el tema. Tenía intención de decírselo a Jamison… Tenía intención de decírselo con firmeza. No obstante, muchas de las cosas que, a menudo teníamos intención de decirle a Jamison, no eran nunca dichas. Era un hombre peculiar, ancho de cara, de labios finos, voz suave, modales gentiles y movimientos flexibles como los de un gato. Por qué nuestra firmeza cedía cuando estábamos concretamente en su presencia, nunca lo supe de cierto. Hablaba muy poco… como también nosotros, aunque a menudo íbamos a su encuentro con otras intenciones.
La verdad era que el Manhattan Illustrated Weekly era el mejor periódico ilustrado y que mejor pagaba de América, y nosotros los jóvenes no estábamos ansiosos por ser arrojados a la deriva. El conocimiento que tenía Jamison del arte era probablemente tan vasto como el de cualquier otro "director artístico" de la ciudad. Eso, por supuesto, no quería decir nada, pero el hecho merecía escrupulosa consideración de nuestra parte y, por cierto, se la concedíamos no poco.
Esta vez, sin embargo, decidí hacerle saber a Jamison que los dibujos no se producen por metro, y que yo no era un profesional de segunda mano. Exigiría respeto por mis derechos; le diría al viejo Jamison unas pocas cosas que pondrían en movimiento las ruedecillas bajo su sombrero de seda, y si intentaba utilizar conmigo su estilo gatuno, lo pondría al tanto de unos pocos hechos rotundos que le rizarían el poco pelo que le quedaba.
Fulgurante de espléndida indignación, salté del coche en City Hall seguido de Curtis y unos pocos minutos más tarde entré en las oficinas del Manhattan Illustrated Weekly.
– El señor Jamison desea verlo, señor -dijo uno de los compositores al entrar yo en el prolongado vestíbulo. Arrojé mis dibujos sobre la mesa y me pasé un pañuelo por la frente.
– El señor Jamison desea verlo, señor -dijo un niño pequeño y pecoso con una mancha de tinta en la nariz.
– Lo sé-dije, y empecé a quitarme los guantes.
– El señor Jamison desea verlo, señor -dijo un flaco mensajero que llevaba un paquete de pruebas a la planta de abajo.
– Que el diablo cargue con Jamison -dije para mí. Me dirigí hacia el oscuro pasaje que lleva a la guarida de Jamison, repasando mentalmente el discurso claro y sarcástico que venia componiendo desde hacía diez minutos.
Jamison levantó la cabeza que movió lentamente de arriba hacia abajo cuando entré al despacho. Me olvidé el discurso.
– Señor Hilton -dijo-, queremos una página completa sobre el Zoo antes de que sea trasladado al parque del Bronx. El sábado a las tres de la tarde el dibujo debe estar en manos del grabador. ¿Pasó una semana agradable en el campamento?
– Hacía calor -musité furioso por no recordar mi discursillo.
– El tiempo -dijo Jamison con suave cortesía- está agobiante en todas partes. ¿Los dibujos están prontos, señor Hamilton?
– Sí. Hacía un calor infernal y trabajé como un demonio…
– Supongo que debió de haberse sentido abrumado. ¿Es por eso que hizo un viaje de dos días a Catskills? Espero que el aire de la montaña le haya permitido recuperarse, pero… ¿fue prudente ir a Cranston para el cotillón el martes? Bailar con un tiempo tan abrumador es verdaderamente desaconsejable. Buenos días, señor Hamilton, recuerde que el grabador debe tener sus dibujos el sábado a las tres.