Salí del despacho a medias hipnotizado, a medias furioso. Curtis me sonrió al pasar. Le habría dado un golpe en la cabeza.
– ¿Por qué diablos me trago la lengua cada vez que ese viejo gato capón ronronea? -me pregunté al entrar al ascensor y bajar al primer piso-. No aguantaré esto mucho más. ¿Cómo, en nombre de todo lo que es zorruno, sabía que fui a las montañas? Supongo que me considera holgazán por no querer morir hervido. ¿Cómo supo del baile en Cranston? ¡El viejo gato capón!
El bramido y el torbellino de la maquinaria y de los hombres afanados me aturdieron cuando crucé la avenida y me dirigí al parque de la Ciudad.
Desde el asta en la torre la bandera pendía al sol caliente sin que hubiera casi brisa suficiente como para agitar sus barras carmesíes. En lo alto se extendía un espléndido cielo sin nubes, de un azul profundo en el que refulgían los rayos enjoyados del sol.
Las palomas revoloteaban y giraban sobre el tejado gris de la Oficina de Correos o se dejaban caer desde el azul para aletear en torno a la fuente de la plaza.
En la escalinata del parque de la Ciudad, se demoraba el desagradable político explorándose la pesada mandíbula inferior con un mondadientes de madera, retorciéndose los negros bigotes caídos o desparramando jugo de tabaco por los escalones de mármol o el césped recortado.
Mis ojos erraron desde esas sabandijas humanas a la serena cara despectiva de Nathan Hale, sobre su pedestal, y luego hacia el policía del Parque enfundado en una chaqueta gris, cuya misión consistía en mantener apartados a los niños del césped fresco.
Un joven de manos delgadas y círculos azules bajo los ojos dormitaba en un banco junto a la fuente; el policía se le acercó y le golpeó la suela de los zapatos con una corta porra.
El joven se levantó mecánicamente, miró a su alrededor enceguecido por el sol, se estremeció y se alejó renqueando. Lo vi sentarse en la escalinata del edificio de mármol blanco, me le acerqué y le hablé. El no me miró, ni advirtió la moneda que le ofrecía.
– Está enfermo -le dije-. Haría bien en ir al hospital.
– ¿Dónde? -preguntó vacuamente-. He ido, pero no me reciben.
Se inclinó y se ató el fragmento de cordón que sujetaba el resto del zapato al pie.
– Usted es francés -le dije.
– Sí.
– ¿No tiene amigos? ¿No ha ido a ver al cónsul francés?
– ¡El cónsul! -replicó-. No, no he ido a ver al cónsul francés.
Al cabo de un momento le dije:
– Habla usted como un caballero.
Se puso de pie y se irguió muy derecho delante de mí mirándome por primera vez directamente a los ojos.
– ¿Quién es usted? -le pregunté de súbito.
– Un paria -dijo sin emoción, y se alejó renqueando con las manos en los raídos bolsillos.
– ¿Eh? -dijo el policía del parque, que se me había acercado a mis espaldas a tiempo para escuchar mi pregunta y la respuesta del vagabundo. ¿No sabe quién es ese vago? ¿Y siendo usted un periodista?
– ¿Quién es, Cusick? -pregunté mientras observaba la desgastada figura que cruzaba Broadway en dirección del río.
– ¿De veras no lo sabe, señor Hilton? -repitió Cusick sospechosamente.
– No, no lo sé; nunca lo había visto antes.
– ¡Vaya! -dijo el policía de gorriones-. Es "Soger Charlie", ya recuerda… el oficial francés que vendía secretos al emperador holandés.
– ¿Y que debió haber sido fusilado? Ya lo recuerdo, hace cuatro años… Y escapó… ¿De veras es él?
– Todo el mundo lo sabe -dijo Cusick resoplando por las narices-. Supongo que vosotros los hombres de prensa deberíais de saberlo antes que nadie.
– ¿Cómo es su nombre? -pregunté al cabo de un momento de reflexión.
– Soger Charlie…
– Me refiero al nombre en su patria.
– Oh, algún nombre francés como los que ésos tienen. Ningún francés aquí le dirige la palabra; a veces lo maldicen y lo patean. Supongo que se está muriendo centímetro por centímetro.
Ahora recordaba el caso. Dos jóvenes oficiales de caballería franceses fueron arrestados, acusados de vender planes de fortificaciones y otros secretos militares a los alemanes. La víspera de su condena, uno de ellos, Dios sabe cómo, logró escapar y apareció en Nueva York. El otro fue debidamente fúsilado. El asunto hizo algún ruido porque ambos jóvenes pertenecían a familias de alcurnia. Había sido un episodio lamentable, y yo me había apresurado a olvidarlo. Ahora que me volvía a la mente, recordé las crónicas periodísticas del caso, pero me había olvidado de los nombres de esos miserables jóvenes.
– Vendió a su patria -observó Cusick mientras vigilaba con el rabillo del ojo a un grupo de niños-. No es posible confiar en los franceses, ni en los latinos de piel oscura, ni en los holandeses, tampoco. Creo que los yanquis son los únicos blancos.
Miré la noble cara de Nathan Hale y asentí con la cabeza.
– No tenemos nada de solapados nosotros ¿no es cierto, señor Hilton?
Pensé en Benedict Arnold y me miré los zapatos.
Entonces el policía dijo:
– Bien, adiós, señor Hilton -y se fue a asustar a una niña de cara pálida que se había trepado a la barandilla y se inclinaba para oler la hierba fragante.
– ¡Cuidado, el poli! -gritaron sus amiguitas con aguda voz, y toda la bandada de golfillas se dispersó corriendo por la plaza.
Con un sentimiento de depresión me volví y fui andando hacia Broadway, donde muchos vagones funiculares amarillos iban de un lado a otro y el sonido de las campanadas y el retumbo ensordecedor de los pesados camiones resonaba en los muros de mármol de la Casa de Justicia y en la masa de granito de la Oficina de Correos.
Multitudes de personas afanadas iban de prisa de un lado al otro de la ciudad, empleados de delgada cara sobria, atildados cambistas de ojos fríos, aquí y allí algún político de cuello rojo del brazo de algún paniagudo favorito, aquí y allí algún abogado del ayuntamiento de rostro amarillento y saturnino. A veces un bombero en su severo uniforme azul pasaba entre la muchedumbre, a veces un policía de chaqueta azul se pasaba la mano por el pelo corto mientras sostenía el casco en su mano enguantada de blanco. Había mujeres también, empleadas de tiendas de cara pálida y bonitos ojos, altas jóvenes rubias que podrían ser dactilógrafas o quizá no, y muchas, muchas mujeres mayores cuya misión en esa parte de la ciudad nadie se habría aventurado a adivinar, pero que se apresuraban de un lado al otro de la ciudad, todas ocupadas en algo que daba a la inquieta muchedumbre entera una cualidad común: la expresión de quien se apresura hacia una meta sin esperanzas.
Conocía a algunos de los que pasaban a mi lado. La pequeña Jocelyn del Mail Express; Hood, que tenía más dinero del que le hacía falta y que tendría menos del que necesitaría cuando abandonara Wall Street; el coronel Tidmouse del 450 Regimiento de Infantería de Nueva York, que probablemente vendría de la oficina del Army and Navy Journal, y Dick Harding, que escribía los mejores cuentos sobre la vida de Nueva York nunca publicados. La gente decía que el sombrero ya no le sentaba… especialmente algunos de los que también escribían cuentos acerca de la vida de Nueva York y cuyos sombreros amenazaban sentar en tanto les durara la vida.
Miré la estatua de Nathan Hale, y luego la corriente humana que fluía en torno a su pedestal.
– Quand méme -musité y me dirigí andando hacia Broadway e hice señas al guarda de un coche funicular que iba al norte de la ciudad.
II
Entré al parque por la Quinta Avenida y el portal de la calle 59; nunca pude decidirme aentrar por el portal que guarda la horrible estatua pigmea de Thorwaldsen.