El sol de la tarde se vertía por las ventanas del hotel New Netherland, haciendo resplandecer todos los paneles con cortinas anaranjadas y llamear las alas de los dragones de bronce.
Maravillosos macizos de flores refulgían a la luz del sol en las grises terrazas del Savoy, el patio enrejado del palacio Vanderbilt y los balcones de la plaza de enfrente.
La fachada de mármol blanco del Club Metropolitan era un bienvenido alivio en el universal resplandor, y mantuve en ella fija la mirada hasta que hube cruzado la calzada polvorienta y penetrado en la sombra de los árboles.
Antes de llegar al Zoo, lo olí. La semana próxima sería trasladado a los frescos prados y bosques del parque del Bronx, lejos del aire asfixiante de la ciudad, lejos del infernal ruido de los autobuses de la Quinta Avenida.
Un noble venado me miró fijamente desde su jaula entre los árboles mientras yo pasaba por el sendero serpenteante de asfalto.
– No te aflijas, viejo -le dije-, la semana próxima estarás chapoteando en el río del Bronx y comiendo brotes de arce a tu entera satisfacción.
Seguí adelante pasando junto a manadas de ciervos de mirada fija, grandes alces y renos de arbórea cornamenta y antílopes africanos de larga cara, hasta que llegué a la guarida de los grandes carnívoros.
Los tigres estaban esparrancados al sol, guiñando y lamiéndose las patas; los leones dormían a la sombra o, sentados, bostezaban con gravedad. Una esbelta pantera se paseaba de un extremo al otro de su jaula, deteniéndose a veces para atisbar ansiosa el libre mundo soleado. Las criaturas silvestres enjauladas me partían el corazón, y seguí adelante encontrándome a veces con la mirada vacía de un tigre o los mezquinos ojos huidizos de una hiena maloliente.
Más allá del prado podía ver los elefantes que mecían sus grandes cabezas, los sobrios bisontes que babeaban solemnes sobre sus vástagos, la sarcástica expresión de los camellos, las pequeñas cebras malignas y un montón de animales más de la tribu del camello y de la llama, todos parecidos entre sí, todos igualmente ridículos, estúpidos, mortalmente faltos de interés.
En algún sitio detrás del viejo arsenal chillaba un águila, probablemente un águila yanki; oí el "chung, chung" de un hipopótamo que resoplaba, el grito de un halcón y el "yap" que gruñían los lobos en contienda.
"¡Lindo sitio para un día caluroso!", medité con amargura, y pensé algunas cosas acerca de Jamison que no insertaré en este volumen. Pero encendí un cigarrillo para atenuar el aroma de las hienas, abrí mi libro de esbozos, afilé mi lápiz y me puse a trabajar sobre un grupo de la familia de hipopótamos.
Deben de haberme tomado por un fotógrafo, porque todos ellos sonreían como para "dar la bienvenida a un amigo", y mi libro de esbozos ofrecía una serie de mandíbulas abiertas, tras las que los informes cuerpos abultados se desvanecían en una alarmante perspectiva.
Los caimanes eran fáciles; me miraban como si no se hubieran movido desde la fundación del Zoo, pero pasé un mal momento con el gran bisonte que constantemente me volvía la cola y me mrraba impertérrito por sobre su flanco para comprobar qué tal me impresionaba. De modo que fingí estar absorto en las travesuras de dos oseznos, y el viejo bisonte cayó en la trampa, porque hice de él algunos buenos bocetos y me le reí en la cara cuando cerré el libro.
Había un banco junto a la morada de las águilas, y me senté para dibujar los buitres y los cóndores, inmóviles como momias entre las rocas apiladas. Gradualmente fui ampliando el esbozo incorporando la plaza con grava, la escalinata que conducía a la Quinta Avenida, el somnoliento policía del parque frente al arsenal… y una esbelta joven de blanca frente con un vestido negro y gastado que estaba silenciosa a la sombra de los sauces.
Al cabo de un rato descubrí que el boceto, en lugar de ser un estudio de las águilas, era en realidad una composición en la que la joven de negro ocupaba el punto principal de interés. Sin advertirlo, lo había subordinado todo a ella: los reflexivos buitres, los árboles y las veredas, y los grupos apenas esbozados de los que se paseaban al sol.
Estaba totalmente inmóvil, con la pálida cara inclinada y las manos blancas cogidas flojamente por delante.
"Se le ve como perdida en amargas reflexiones -pense-, probablemente no tiene trabajo."
Entonces vi el resplandor de un anillo de diamantes en el dedo medio de su mano izquierda.
"No se va a morir de hambre con semejante piedra", me dije, mirando con curiosidad sus ojos oscuros y su boca sensitiva. Los ojos y la boca eran hermosos… hermosos, pero tocados por el dolor.
Al cabo de un rato me puse de pie y volví sobre mis pasos para hacer un esbozo o dos de los leones y los tigres. Evité los monos; no puedo soportarlos y nunca me parecieron graciosas esas degradadas criaturas de todo lo que hay de innoble en nosotros.
"Ya tengo bastante -pensé-; iré a casa y prepararé una página completa que probablemente complacerá a Jamison."
De modo que coloqué la banda elástica alrededor de mi libro de bocetos, guardé el lápiz y la goma en el bolsillo del chaleco y me dirigí hacia la Alameda para fumar un cigarrillo a la luz de la tarde antes de volver a mi estudio y trabajar hasta medianoche, hasta ensuciarme la barbilla de gris con la carbonilla y de blanco con la tinta china.
A través del extenso prado podía ver los tejados de la ciudad que asomaban ligeramente sobre los árboles. Una niebla por detrás de ella, chapitel y bóveda, tejado y torre, y las altas chimeneas donde delgadas hebras de humo se rizaban ociosas, se habián transformado en pináculos de berilo y llameantes minaretes, bañados en delgado fulgor. Lentamente el encantamiento se acrecentaba; todo lo que era feo y desgastado y mezquino se había desvanecido de la ciudad distante, y se alzaba ahora hacia el cielo del atardecer, espléndido, dorado, magnífico, purificado en el horno feroz del sol poniente.
El disco rojo estaba a medias oculto ahora; el encaje de los árboles, el sauce plumoso y el abedul en flor; se oscurecían recortados sobre el fulgor; los rayos de fuego se disparaban lejos por el prado dorando las hojas muertas, manchando de suave carmesí los oscuros troncos húmedos a mi alrededor.
A lo lejos, al otro extremo del prado, pasó un pastor tras la estela de un rebaño con el perro a sus talones, motas grises apenas en movimiento.
Una ardilla estaba en un sendero de grava frente a mí, corrió unos pocos pies y volvió a detenerse, tan cerca, que me era posible ver sus flancos palpitantes.
En algún lugar de la hierba un insecto escondido ensayaba los últimos soles del verano; oí el ¡tap, tap! ¡tat-tat-t-t-tat! de un pájaro carpintero entre las ramas por sobre mi cabeza y la nota quejumbrosa de un petirrojo somnoliento.
El atardecer volvíase más denso; desde la ciudad la música de las campanas llegaba flotante al bosque y el prado; ligeras sirenas dulces venían de las barcas del río a lo largo de la ribera norte, y el distante trueno de un cañón anunciaba el fin de un día de junio.
El extremo de mi cigarrillo empezó a resplandecer con una luz más roja; el pastor y el rebaño se habían desvanecido en el crepúsculo y sólo sabía que aún se trasladaba por el cencerro de las ovejas que tintineaba ligero.
Entonces esa extraña inquietud que todos han conocido, esa sensación a medias ensoñada de haberlo visto todo antes, de haberlo experimentado todo, me sobrecogió, y levanté la cabeza y me volví lentamente.
Una figura estaba sentada a mi lado. Mi mente luchaba con el instinto del recuerdo. Algo vago y sin embargo familiar, algo que se evadía de.él y sin embargo lo incitaba, algo… ¡Dios sabe qué! me perturbaba. Y ahora, al mirar, sin interés, la figura oscura a mi lado, una urgencia, totalmente involuntaria, una impaciencia por comprender se apoderó de mí; suspiré y me volví otra vez inquieto hacia el oeste en sombra.
Me pareció escuchar el eco de mi suspiro; apenas le presté atención; y en un instante suspiré otra vez y arrojé la colilla consumida de mi cigarrillo sobre la grava a mis pies.