– Dígame algo más -dije mientras mi voz se hundía bajo el bramido del tránsito, el clang, clang de los coches carriles y el ruido de las pisadas sobre el pavimento gastado-, hábleme de Sus testimonios.
– Además por ellas Tu sirviente es advertido y en su cumplimiento hay gran recompensa. ¿Quién puede entender Sus errores? Límpiame de mis pecados secretos. Aparta también a Tu sirviente de los pecados de la presunción. Que no tengan dominio sobre mí. Entonces seré enderezado y me volveré inocente de la gran trasgresión. Que las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón sean aceptables a Tu vista… ¡oh, Señor! ¡Mi fuerza y mi Redentor!
– Es la Sagrada Escritura lo que cita -dije-; también yo puedo leer eso cuando quiero. Pero no me aclara las razones… no me hace comprender…
– ¿Qué? -preguntó, y murmuró para sí.
– Eso, por ejemplo -repliqué señalando a un tullido que había nacido sordo, mudo y horriblemente deforme, un desdichado bulto enfermo en la acera junto a la iglesia de San Pablo, una criatura de ojos vacíos que boqueaba y mugía y hacía resonar peniques en un bote de lata como si el sonido del cobre pudiera detener a la banda humana que avanzaba caliente tras el olor del oro.
Entonces el hombre que renqueaba a mi lado se volvió y me miró largamente y con severidad a los ojos. Y al cabo de un momento un opacado recuerdo se agitó en mí, un algo vago que parecía el despertar de un recuerdo de un pasado mucho, mucho tiempo olvidado, penumbroso, oscuro, demasiado sutil, demasiado frágil, demasiado indefinido… ¡Ah, el viejo sentimiento que todos han conocido…! La vieja extraña inquietud, esa inútil lucha por recordar cuándo y dónde todo había ocurrido antes.
Y la cabeza del hombre se hundió en su jersey carmesí. y murmuró, murmuró para sí sobre Dios, el amor y la compasión hasta que me di cuenta de que el terrible calor de la ciudad le había afectado el cerebro, y me alejé y lo dejé parloteando de los misterios que ningún otro, salvo alguien como él, osa nombrar.
Así avancé a través del polvo y el calor; y el cálido aliento de los hombres me rozaba las mejillas y sus ojos ansiosos miraban los míos. Ojos, ojos que se encontraban con los míos, atravesaban mi mirada y seguían más allá, mucho más allá, donde el oro resplandecía en medio del espejismo de la eterna esperanza. ¡Oro! Estaba en el aire donde la luz del sol doraba las motas flotantes, estaba bajo los pies en el polvo que el sol doraba, resplandecía desde el panel de cada ventana donde los largos rayos rojos hacían saltar chispas doradas sobre las jadeantes hordas hambrientas de oro de wall Street.
Altos, muy altos se alzaban en el cielo profundo los edificios, y la brisa de la bahía movía las banderas del comercio teñidas por el sol hasta que flameaban sobre el torbellino de las colmenas por debajo; flameaban comunicando coraje, esperanza y fuerza a los que sentían la codicia del oro.
El sol se hundía tras el Castillo William al dirigirme yo distraído hacia la Batería, y las largas sombras rectas de los árboles se extendían sobre el césped y la acera de asfalto.
Ya las luces eléctricas brillaban entre el follaje aunque la bahía refulgía como latón pulido y las velas de los barcos resplandecían como un matiz más profundo allí donde los rayos rojos del sol daban oblicuamente sobre los aparejos.
Algunos viejos avanzaban trabajosamente a lo largo del rompeolas, golpeando el asfalto con gastados bastones; algunas viejas se arrastraban de aquí para allá en el crepúsculo, viejas que cargaban cestos entreabiertos en demanda de limosna o paquetes abultados. ¿Comida, ropa? No lo sabía; no me importaba saberlo.
El pesado trueno de los parapetos del Castillo William murió a la distancia en la plácida bahía, el último brazo rojo del sol se extendió por el mar, y se agitó y se desvaneció en los tonos sombríos del crepúsculo. Entonces llegó la noche, tímida en un comienzo, rozando el cielo y el agua con dedos grises, envolviendo el follaje en suaves formas macizas, avanzando reptante más y más, cada vez más veloz, hasta que el color y la forma desaparecieron de toda la tierra y el mundo se convirtió en un mundo de sombras.
Y mientras estaba sentado sobre el rompeolas oscuro, gradualmente los amargos pensamientos me fueron abandonando y contemplé la noche serena con algo de la paz que gana a todos cuando termina el día.
La muerte a mi lado del pobre desdichado ciego en el parque me había afectado, pero ahora la tensión de mis nervios se relajó y empecé a pensar en todo el asunto: las cartas y la extraña mujer que me las había dado. Me pregunté dónde las habría encontrado, si en realidad habrían sido arrastradas por una corriente errante desde el naufragio fatal del Lorient.
Nada más que estas cartas habían quedado del Lorient, nada más que ellas habían visto de él ojos humanos, aunque creíamos que el fuego o un iceberg había sido su suerte; pues no había habido tormentas cuando el Lorient partió de Cherburgo.
¿Y qué era de la joven de cara pálida que me había dado las cartas diciéndome que el corazón me dictaría dónde colocarlas?
Me palpé el bolsillo en busca de las cartas donde las había metido arrugadas y húmedas. Allí estaban, y decidí entregarlas a la policía. Luego pensé en Cusick y en el parque del Ayuntamiento, y estos pusieron mi mente en funcionamiento al encuentro de Jamison y mi propio trabajo. ¡Ah, me había olvidado de eso! Me había olvidado que había jurado conmover la fría y morosa sangre de Jamison. ¡Especular con el suicidio o asesinato de su prometida! Es verdad que me había dicho que no creía que el cuerpo de la Morgue fuera el de la señorita Tufft, pues la descripción del anillo no coincidía con el de su prometida. Pero ¡qué clase de hombre era ése! ¡Ir arrastrándose y olfateando por las morgues y las tumbas en busca de ilustraciones para páginas enteras que podrían ser ocasión de que se vendieran algunos millares de ejemplares adicionales! Jamás había conocido a un hombre semejante. Era extraño además, porque esa no era la especie de ilustración que solía publicar el Weekly; estaba en contra de todo precedente, en contra de toda política del periódico. Perdería un centenar de suscriptores por cada uno que ganara con semejante trabajo.
– ¡Ese bruto desalmado! -musité-. ¡Ya haré que se despierte, ya…!
Estaba sentado derecho en el rompeolas y miraba fijamente la figura que se me acercaba bajo la chisporroteante luz eléctrica.
Era la mujer que había encontrado en el parque.
Vino derecho hacia mi, con la cara pálida que lucía como mármol en la oscuridad y sus manos delgadas extendidas.
– He estado buscándolo todo el día… todo el día -dijo con los mismos tonos bajos y excitados-. Quiero recuperar las cartas. ¿Las tiene aquí?
– Sí -dije-. Las tengo aquí… Lléveselas, en nombre del Cielo. ¡Ya han hecho bastante daño por el día!
Ella cogió las cartas de mis manos; vi el anillo hecho de las dos serpientes que le resplandecía en el dedo delgado; me le acerqué y la miré a los ojos.
– ¿Quién es usted? -le pregunté.
– ¿Yo? Mi nombre no tiene importancia para usted -respondió.
– Tiene razón -dije-. No me importa cuál sea su nombre. Ese anillo suyo…
– ¿Qué pasa con mi anillo? -murmuro.
– Nada… una mujer muerta que yace en la Morgue lleva un anillo semejante. ¿Sabe lo que han ocasionado sus cartas? ¿No? Pues bien, se las he leído a un pobre desdichado y se ha saltado la tapa de los sesos.
– ¡Se las ha leído a un hombre!
– Lo hice. Y se mató.
– ¿Quién era ese hombre?
– El capitán d'Yniol…
Con algo entre sollozo y una risa, me cogió la mano y me la cubrió de besos, y yo, asombrado e indignado, aparté la mano de sus labios fríos y me senté en el banco.
– No es preciso que me lo agradezca -dije con aspereza-; si lo hubiera sabido… pero no importa. Quizá después de todo el pobre diablo se encuentra mejor en otras regiones con su novia ahogada… Sí, imagino que así es. Estaba ciego y enfermo… y con el corazón destrozado.