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– Salvo los sacerdotes -dijo el químico.

– Sólo oí de un sacerdote que escribió en lengua bretona.

Fortin me dirigió una mirada furtiva.

– ¿Se refiere a… al Sacerdote Negro? -preguntó.

Asentí con la cabeza.

Fortin abrió la boca para volver a hablar, vaciló y finalmente apretó los dientes con obstinación sobre el tallo de trigo que estaba masticando.

– ¿Y el Sacerdote Negro? -sugerí alentador. Pero sabía que era inútil; porque es más fácil apartar a las estrellas de su curso que hacer que un bretón obstinado hable. Anduvimos un minuto o dos en silencio.

– ¿Dónde está el brigadier Durand? -pregunté mientras hacía una seña a Môme para que se apartara del trigal, que pisoteaba como si fuera brezos. En ese momento llegamos a la vista del extremo más alejado del trigal y la oscura masa húmeda de los riscos más allá.

– Durand está allí… puede verlo; se encuentra detrás del alcalde de St. Gildas.

– Ya lo veo -dije; y descendimos por un sendero para ganado abrasado al sol entre el brezal.

Cuando llegamos al borde del trigal, Le Bihan, el alcalde de St. Gildas, me llamó; me puse la escopeta bajo el brazo y bordeé el trigal hasta el sitio en que el buen hombre se encontraba.

– Treinta y ocho cráneos -dijo con su vocecita aguda-; sólo resta uno y me opongo a que se siga buscando. ¿Supongo que Fortin se lo dijo?

Le estreché la mano y devolví el saludo al brigadier Durand.

– Me opongo a que se siga la búsqueda -repitió Le Bihan toqueteándose nervioso los botones de plata que cubrían la parte delantera de su chaqueta de terciopelo y velarte como el peto de una armadura de escamas.

Durand abultó los labios, se retorció sus tremendos bigotes y metió el pulgar bajo el cinturón del sable.

– En cuanto a mí -dijo, soy partidario de que se continúe la búsqueda.

– ¿Qué se siga la búsqueda de qué? ¿Del trigésimo noveno cráneo? -pregunté.

Le Bihan asintió con la cabeza. Duraud frunció el ceño ante el mar iluminado por el sol, que se mecía como un cuenco de oro fundido desde los riscos hasta el horizonte. Seguí su mirada. Sobre los riscos oscuros, recortado sobre el centelleo del mar, había un cormorán, negro, inmóvil, con la horrible cabeza alzada hacia el cielo.

– ¿Dónde está esa lista, Durand? -pregunté.

El gendarme revolvió en su bolsa de despacho y sacó un cilindro de latón de un pie de longitud poco más o menos. Con suma gravedad desatornilló la tapadera e hizo caer un rollo de grueso papel amarillo cubierto de densa escritura por ambos lados. Ante una señal de Le Bihan, me alcanzó el rollo. Pero no entendí nada de la torpe escritura, desvaída ahora y de un pardo opacado.

– Vamos, vamos, Le Bihan -dije con impaciencia-, tradúzcala ¿quiere? Usted y Max Fortin hacen de nada un gran misterio, según parece.

Le Bihan se acercó al foso donde los tres hombres de Bannalec estaban cavando, dio una orden o dos en bretón y se volvió hacia mí.

Al dirigirme al borde del foso, los hombres de Bannalec estaban quitando un fragmento cuadrado de lona de lo que parecía ser una pila de adoquines.

– ¡Mire! -dijo con voz aguda Le Bihan. Miré. La pila era un montón de cráneos. Al cabo de un momento bajé por los lados pedregosos del foso y me acerqué a los hombres de Bannalec. Me saludaron gravemente apoyados sobre los picos y las palas y enjugándose las caras sudorosas con las manos curtidas por el sol.

– ¿Cuántos? -pregunté en bretón.

– Treinta y ocho -respondieron.

Miré a mi alrededor. Más allá del montón había dos pilas de huesos humanos. Junto a ellos había un montículo de fragmentos rotos y herrumbrados de hierro y acero. Al mirar más de cerca, vi que el montículo se componía de bayonetas herrumbradas, hojas de sables y de hoces y, aquí y allá, hebillas deslucidas unidas a trozos de cuero duro como el hierro.

Recogí un par de botones y una hebilla. Los botones tenían las armas reales de Inglaterra: la hebilla tenía por blazón las armas inglesas y también el número "27".

– Oí a mi abuelo hablar del terrible regimiento inglés, el 27º de Infantería, que desembarcó en esta región y la asoló -dijo uno de los hombres de Bannalec.

– ¡Oh! -dije-. ¿Entonces estos son los huesos de soldados ingleses?

– Sí-dijeron los hombres de Bannalec.

Le Bihan me llamaba desde el borde del foso arriba, y di la hebilla y los botones a los hombres y trepé por el lado de la excavación.

– Bien -dije, tratando de impedir que Môme me saltara encima y me lamiera la cara al emerger yo del foso-, supongo que sabrá a quiénes pertenecen estos huesos. ¿Qué hará con ellos?

– Un hombre -dijo Le Bihan enfadado-, un inglés, pasó por aquí en un carro liviano camino de Quimper hace una hora… ¿y a que no sabe lo que quería hacer?

– ¿Comprar-las reliquias? -pregunté sonriendo.

– Exactamente… ¡el muy cerdo! -dijo el alcalde de St. Gildas en su vocecilla aguda-. Jean Marie Tregunc, que encontró los huesos, estaba aquí, donde está Max Fortin ¿y sabe lo que respondió? Escupió al suelo y dijo: "Cerdo inglés ¿me toma por un profanador de tumbas?"

Conocía a Tregunc, un bretón sobrio de ojos azules, que vivía de un extremo del año al otro sin poder permitirse ni una sola vez comer un trozo de carne.

– ¿Cuánto le ofreció el inglés a Tregunc? -pregunté.

– Doscientos francos por sólo los cráneos.

Pensé en los cazadores y los compradores de reliquias en los campos de batalla de nuestra guerra civil.

– El año 1760 hace ya mucho que pasó -dije.

– El respeto por los muertos no puede morir nunca -dijo Fortin.

– Y los soldados ingleses vinieron aquí para matar a vuestros padres y quemar vuestras casas -continué.

– Eran asesinos y ladrones, pero… están muertos -dijo Tregunc acercándose por la playa con su rastra marina y su chaqueta mojada.

– ¿Cuánto ganas al año, Jean Marie? -le pregunté acercándome a estrecharle la mano.

– Doscientos veinte francos, monsieur.

– Cuarenta y cinco dólares al año -dije-. ¡Bah! tú te mereces más, Jean. ¿Quieres hacerte cargo del cuidado de mi jardín? Mi esposa quería que te lo preguntara. Creo que sería justo para ti y para mí pagarte cien francos al mes. Venga, Le Bihan, venga, Fortin… y usted Durand. Quiero que alguien me traduzca esa lista en francés.

Tregunc se me había quedado mirando con sus ojos azules dilatados.

– Puedes empezar en seguida -le dije sonriente-, si el salario te parece adecuado.

– Es adecuado -dijo buscando su pipa de una manera torpe que molestaba a Le Bihan.

– Pues ve entonces y empieza a trabajar -gritó el alcalde con impaciencia; y Tregunc se puso en camino por el brezal hacia St. Gildas, saludándome con la gorra con cintas de terciopelo y asiendo con fuerza la rastra marina.

– Le ofrece más de lo que yo recibo de salario -dijo el alcalde, al cabo de un momento de contemplación de sus botones de plata.

– ¡ Bah! -dije- ¿Qué hace usted para ganarse el salario excepto jugar al dominó con Max Fortin en la taberna de Groix?

Le Bihan enrojeció, pero Durand hizo resonar su sable y le guiñó el ojo a Max Fortin, y yo, riendo, pasé mi brazo bajo el del ofendido magistrado.

– Hay un sitio con sombra bajo el acantilado -dije-, venga, Le Bihan, y léame lo que dice el rollo.

En pocos instantes llegamos a la sombra del acantilado, y yo me tendí sobre el césped con la barbilla en la mano para escuchar.

El gendarme, Durand, también se sentó retorciéndose los bigotes hasta que sus extremos fueron agudos como agujas. Fortin se apoyó en el acantilado puliendo sus gafas y examinándonos con su vaga mirada de miope; y le Bihan, el alcalde, se plantó en medio de nosotros, enrollando el papel y poniéndoselo bajo el brazo.

– En primer lugar -empezó con voz aguda-, encenderé la pipa y, mientras lo hago, les contaré lo que of acerca del ataque del fuerte que allí ven. Mi padre me lo contó; su padre se lo contó a él.