Lys estaba de pie frente a mí en el jardín.
Después de besarnos, cogidos del brazo nos paseamos por los senderos de grava contemplando los rayos de luna resplandecer en la barra de arena mientras la marea subía más y más. Los amplios macizos de clavelinas blancas a nuestro alrededor vibraban con el movimiento de blancas mariposas nocturnas; las rosas de octubre estaban en flor y perfumaban el viento salino.
– Querida -dije- ¿dónde está Yvonne? ¿Prometió pasar la Navidad con nosotros?
– Sí, Dick; me trajo desde Plougat esta tarde. Te envía su cariño. No estoy celosa. ¿Qué cazaste?
– Una liebre y cuatro perdices. Están en el cuarto de caza. Le dije a Catherine que no las tocara hasta que tú no las vieras.
Pues bien, supongo que sabía que Lys no sentía particular entusiasmo por la caza o las armas; pero fingía sentirlo, y siempre negaba despectiva que fuera por mí y no por el puro amor del deporte. De modo que me arrastró a inspeccionar el saco de caza bastante magro; me felicitó y dio un gritito de deleite y pena cuando saqué del saco por las orejas a la enorme liebre.
– Ya no nos comerá la lechuga -dije tratando de justificar el asesinato.
– Desdichado conejito… y ¡qué belleza! ¡Oh, Dick! Tienes muy buena puntería ¿no es así?
Esquivé la pregunta y saqué del saco una perdiz.
– ¡Pobrecillas criaturas! -dijo Lys en un susurro-; dan lástima ¿no te parece? Claro que tú eres tan inteligente…
– Las haremos al horno -dije con cautela-; díselo a Catherine.
Catherine vino a recoger las piezas de caza y en seguida 'Fine Lelocard, la doncella de Lys, anunció la cena y Lys se marchó a su boudoir.
Me quedé un instante contemplándola beatífico y pensando:
– Muchacho, eres el tío más dichoso del mundo: ¡estás enamorado de tu esposa!
Me dirigí al comedor, contemplé entusiasmado los platos; volví a marcharme; me encontré con Tregunc en el vestíbulo; le sonreí; miré la cocina, le sonreí a Catherine y subí las escaleras todavía sonriente.
Antes que pudiera llamar a la puerta de Lys, ésta se abrió y Lys salió de prisa. Cuando me vio exhaló un gritito de alivio y apoyó su cabeza en mi pecho.
– Algo me espiaba por la ventana -dijo.
– ¿Cómo? -exclamé enfadado.
– Un hombre, creo, disfrazado como un sacerdote, y lleva una máscara. Debe de haber trepado por el laurel.
Bajé y salí fuera de la casa en un segundo. El jardín a la luz de la luna estaba absolutamente desierto. Tregunc acudió y juntos registramos el seto y las plantas alrededor de la casa y junto al camino.
– Jean Marie -dije por fin-, suelta a mi bulldog, te conoce, y llévate la cena a la galería desde donde puedes vigilar. Mi esposa dice que el individuo está disfrazado de sacerdote y lleva una máscara.
Tregunc mostró sus blancos dientes en una sonrisa.
– No creo que se aventure de nuevo aquí, monsieur Darrell.
Volví y encontré a Lys sentada tranquilamente a la mesa.
– La sopa está pronta, querido -dijo-. No te preocupes; seguramente no fue sino algún rústico patán de Bannalec. Nadie de St. Gildas o St. Julien podría haber hecho algo semejante.
Yo estaba demasiado exasperado en un principio como para responder, pero Lys trató la cuestión como una estúpida broma y al cabo de un rato también yo empecé a considerarla bajo esa luz.
Lys me contó de Yvonne y recordó mi promesa de que invitaría a Herbert Stuart para que la conociera.
– ¡Eres una traviesa diplomática! -protesté-. Herbert está en París trabajando fuerte para el Salón.
– ¿No crees que podría dedicar una semana a cortejar a la joven más bonita de Finistére? -preguntó Lys inocentemente.
– ¡Lajoven más bonita! ¡No tanto! -dije.
– ¿Quién lo es entonces? -instó Lys.
Me eché a reír algo avergonzado.
– ¿Supongo que te refieres a mí, Dick? -dijo Lys ruborizándose.
– Supongo que te estoy aburriendo ¿no es así?
– ¿Aburrirme? oh, no, Dick.
Después de servidos el café y los cigarrillos, hablé de Tregunc, y Lys estuvo de acuerdo.
– ¡Pobre Jean! Estará contento ¿no es cierto? ¡Eres un verdadero tesoro!
– ¡Tonterías! -dije-. Necesitábamos un jardinero; tú misma lo dijiste, Lys.
Pero Lys se inclinó sobre mí y me besó, y luego me agachó y abrazó a Môme, que silbó a través del hocico con sentimental agradecimiento.
– Soy una mujer muy feliz -dijo Lys.
– Môme se ha comportado hoy como un mal perro -observé.
– ¡Pobre Môme! -dijo Lys sonriendo.
Cuando hubo terminado la cena y Môme roncaba junto al fuego -porque las noches de octubre son frías en Finistére-, Lys se acomodó en el rincón de la chimenea con su bordado y me dirigió una rápida mirada desde bajo sus pestañas.
– Pareces una escolar, Lys -le dije provocativo-. No creo que hayas cumplido los dieciséis todavía.
Ella echó atrás sus pesados cabellos broncíneos meditativa. Su muñeca era blanca como la espuma de las olas.
– ¿Hace cuatro años que estamos casados? No puedo creerlo -dije.
Ella me dirigió otra rápida mirada y tocó el bordado sobre su rodilla sonriendo apenas.
– Ya veo -dije sonriendo también a la prenda bordada-. ¿Crees que le sentará?
– ¿Qué le sentará? -repitió Lys. Luego se echó a reír.
– Y -insistí ¿estás perfectamente segura de que tu… de que la necesitaremos?
– Perfectamente -dijo Lys. Un delicado color le tiñó las mejillas y el cuello. Sostuvo en alto la pequeña prenda, toda vellosa de encajes y refinados bordados.
– Es muy hermosa -dije-. No abuses demasiado de tu vista, querida. ¿Puedo fumarme una pipa?
– Pues claro -dijo ella, escogiendo una madeja de seda celeste.
Por un rato me quedé sentado y fumé en silencio observando sus dedos delgados entre sedas teñidas y una hebra de oro.
Entonces ella habló:
– ¿Cuál dijiste que era tu timbre, Dick?
– ¿Mi timbre? Oh, algo rampante sobre algo, o…
– ¡Dick!
– ¿Querida?
– No seas impertinente.
– No lo recuerdo, de veras. Es un timbre ordinario; todos en Nueva York lo tienen. No hay familia que se pase sin él.
– Te estás comportando de modo desagradable, Dick. Envía a Josephine arriba en busca de mi álbum.
– ¿Pondrás ese timbre en el… lo que fuere?
– Así es; y el mío también.
Pensé en el Emperador Púrpura y medité un instante.
– ¿No sabías que yo tenía un timbre, no es cierto? -dijo sonriendo.
– ¿En qué consiste? -contesté evasivo.
– Ya lo verás. Llama a Josephine.
La llamé, y cuando 'Fine apareció, Lys le impartió alguna orden en voz baja, y Josephine se alejó al trote asistiendo con la cabeza de blanca cofia y diciendo:
– Bien, madame.
Al cabo de unos minutos volvió cargando un mohoso volumen ajado del que el azul y el oro habían desaparecido casi por completo.
Cogí el libro en mis manos y examiné las antiguas portadas blasonadas.
– ¡Lirios -exclamé.
– Fleur-de-lis -dijo mi esposa con recato.
– Oh-dije yo asombrado, y abrí el libro.
– ¿No has visto nunca antes este libro? -preguntó Lys con una chispa de malicia en la mirada.
– Sabes que no. ¡Vaya! ¿qué es esto? ¡Ajá! ¿De modo que debería haber un de antes de Trevec? ¿Lys de Trevec? Entonces ¿por qué diablos el Emperador Púrpura…?
– ¡Dick! -gritó Lys.
– Esta bién -dije-. ¿Leeré acerca del Sieur de Trevec que cabalgó solo hasta la tienda de Saladin en busca de la medicina del San Luis? ¿O leeré acerca de… qué es esto? Oh, aquí está, todo en blanco y negro… ¿acerca del marqués de Trevec que se ahogó ante los ojos de Alba antes que someter el estandarte de la fleur-de-lis a España? Está todo escrito aquí. Pero, querida ¿qué me dices de ese soldado llamado Trevec, muerto en el viejo fuerte del acantilado?