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– Si fuera usted, lo destruiría -dijo el alcalde con su agudo timbre.

– Eso sería una tontería -dije-, como lo fue que enterrara ayer el cilindro de latón y el rollo.

– No fue una tontería -dijo Le Bihan tercamente-, y preferiría no discutir el asunto del rollo.

Miré a Max Fortin, que inmediatamente esquivó mis ojos.

– Son ustedes un par de viejas supersticiosas -dije, metiéndome las manos en los bolsillos-; se tragan todos los cuentos de parvulario que se inventan.

– ¿Y qué? -dijo Le Bihan malhumorado-; hay más verdad que mentira en la mayor parte de ellos.

– Oh -dije con befa ¿el alcalde de St. Gildas y St. Julien cree en el Loup-garou?

– No, no en el Loup-garou.

– ¿En qué, entonces? ¿En Jeanne-la-Flamme?

– Eso -dijo Le Bihan con convicción- es historia.

– ¡El diablo lo es! -dije-. Y quizá monsieur el alcalde ¿su fe en los gigantes es increbrantable?

– Hubo gigantes… todo el mundo lo sabe -gruñó Max Fortin.

– ¡Y es usted químico! -observé despectivo.

– Escuche, monsieur Darrel -chilló Le Bihan-, usted mismo sabe que el Emperador Púrpura era un científico. Ahora suponga que le dijera que se rehusó siempre a incluir en su colección a un Mensajero de la Muerte.

– ¿Un qué? -exclamé.

– Ya sabe a qué me refiero… esa mariposa que vuela de noche; algunos la llaman Cabeza de la Muerte, pero en St. Gildas la llamamos Mensajero de la Muerte.

– Oh -dije-, se refiere a esa gran mariposa nocturna llamada comúnmente "cabeza de la muerte". ¿Por qué diablos la llama la gente aquí mensajero de la muerte?

– Durante centenares de años ha sido llamada en St. Gildas mensajero de la muerte dijo Max Fortin-. Aun Froissart habla de él en sus comentarios sobre las Crónicas de Jacques Sorgue. El libro está en su biblioteca.

– ¿Sorgue? ¿Y quién era Jacques Sorgue? Nunca he leído su libro.

– Jacques Sorgue era el hijo de un cura que había depuesto sus hábitos… no recuerdo de quién. Fue durante las cruzadas.

– ¡Dios de los cielos! -exploté-. No oigo hablar más que de cruzadas, curas, muerte y hechicería desde que lancé al foso de una patada ese cráneo y ya estoy cansado, se lo digo francamente. Cualquiera diría que vivimos en edades oscuras. ¿Sabe el año de gracia en que nos encontramos, Le Bihan?

– Mil ochocientos noventa y seis -dijo el alcalde.

– Y, sin embargo, ustedes dos, hombre crecidos, tienen miedo de una mariposa.

– No me gustaría que entrara una volando por la ventana -dijo Max Fortin-; significa desgracia para la casa y los que moran en ella.

– Sólo Dios sabe por qué marcó a una de sus criaturas con una calavera amarilla en el dorso -observó píamente Le Bihan-, pero supongo que con ello nos hace una advertencia; y propongo beneficiamos con ella -añadió con aire triunfal.

– Pues mire usted un poco, Le Bihan -dije-, con cierto esfuerzo de la imaginación, es posible percibir un cráneo en el tórax de cierta variedad de la mariposa esfinge. ¿Qué hay con ello?

– No conviene tocarla -dijo Le Bihan moviendo de un lado al otro la cabeza.

– Chilla cuando se la roza -agregó Max Fortin.

– Algunas criaturas chillan todo el tiempo -observó mirando fijamente a Le Bihan.

– Los cerdos -agregó el alcalde.

– Sí, y los asnos -contesté-. Escuche, Le Bihan: ¿pretende que vio ayer el cráneo rodando cuesta arriba?

El alcalde cerró apretadamente la boca y cogió el martillo.

– No sea terco -dije-; le he hecho una pregunta.

– Y yo me niego a contestarla -replicó Le Bihan-. Fortin vio lo que yo vi; que hable él.

Miré inquisitivo al pequeño químico.

– No digo que lo haya visto en realidad rodar hacia arriba desde el fondo del foso por sí mismo -dijo Fortin estremeciéndose-, pero… pero entonces ¿cómo salió del foso si no rodó por sí solo?

– Pues no salió; lo que confundió con el cráneo era una piedra amarillenta -repliqué-. Está usted nervioso, Max.

– Una… una piedra muy curiosa, monsieur Darrel -dijo Fortin.

– También yo fui víctima de la misma alucinación. -continué-, y lamento decir que me tomé la molestia de enviar al fondo del foso a dos inocentes piedras, imaginando cada vez que era el cráneo.

– Es lo que era -dijo Le Bihan encogiéndose de hombros displicente.

– Eso demuestra -dije sin tener en cuenta la réplica del alcalde- qué fácil es relacionar una serie de coincidencias de modo que el resultado tenga el sabor de lo sobrenatural. Pues bien, anoche mi esposa imaginó que había visto a un sacerdote que la espiaba por la ventana…

Fortin y Le Bihan se pusieron de pie rápidamente dejando caer martillo y clavos.

– ¿Q-q-qué fue eso? -preguntó el alcalde.

Repetí lo que había dicho. Max empalideció.

– ¡Dios mío! -murmuró Le Bihan-. ¡E1 Sacerdote Negro en St. Gildas!

– ¿N-n-no conoce usted la profecía? -tartamudeó Fortin-. Frossart la cita refiriéndose a Jacques Sorgue:

Cuando el Sacerdote Negro se levante de entre los muertos

La gente de St. Gildas gemirá en su sueño;

Cuando el Sacerdote Negro se levante de su tumba,

¡Tenga el buen Dios piedad de ese pueblo!

– Aristide Le Bihan -dije enfadado-, y usted, Max Fortin, ya he aguantado bastantes disparates. Algún estúpido patán de Bannalec ha estado en St. Gildas gastando bromas y asustando a tontos como ustedes. Si no tienen cosa mejor que hablar que meras leyendas de parvularios, esperaré hasta que recobren el juicio. Buenos días -y me marché más perturbado de lo que quería confesarme.

El día se había vuelto neblinoso y anublado. En el este flotaban pesadas nubes húmedas. Oí las olas tronando contra los ricos, y las grises gaviotas chillaban mientras revoloteaban y giraban altas en el cielo. La marea se arrastraba por las arenas del río más y más alta, y vi algas que flotaban en la playa y lançons que saltaban desde la espuma, plateados trazos luminosos en la lobreguez. Los zarapitos volaban río arriba de a dos o de a tres; las tímidas golondrinas de mar atravesaban el yermo hacia algún estanque tranquilo y solitario, a salvo de la tempestad que se acercaba. En cada seto se reunían los pájaros del campo, apiñándose, gorjeando incesantes.

Cuando llegué a los acantilados, me senté apoyando la barbilla en las manos cerradas. Ya una vasta cortina de lluvia que caían en el océano a millas de distancia, ocultaba la isla de Groix. Al este, tras el blanco semáforo sobre las colinas, se amontonaban nubes negras sobre el horizonte. Al cabo de un momento resonó el trueno, triste, distante y una fina madeja de relámpagos se desarrolló a través de la cresta de la tormenta que se aproximaba. Bajo el acantilado a mis pies, las olas se precipitaban espumosas sobre la costa, y los lançons saltaban y se estremecían al punto de parecer los reflejos de los rayos atrapados en una red.

Me volví hacia el este. Llovía sobre Groix, llovía en Sainte Barbe, llovía ahora en el semáforo. Muy altas en el remolino de la tormenta, chillaban unas pocas gaviotas; una nube más cercana arrastraba velos de lluvia en su estela; el cielo estaba recorrido de relámpagos; los truenos resonaban.

Cuando me puse en pie para marcharme, una gota de lluvia me cayó sobre el dorso de la mano, y otra, y otra aun en la cara. Dirigí una última mirada al mar, donde las olas explotaban en extrañas formas blancas que parecían arrojar brazos amenazantes hacia mí. Entonces algo se movió en el acantilado, algo negro como la negra roca que aferraba: un inmundo cormorán que alzaba su espantosa cabeza hacia el cielo.

Lentamente me dirigí a casa a través del sombrío yermo donde los tallos de los tojos lucían un opacado verde metálico y los brezos, ya no violetas ni púrpuras, colgaban transidos y parduscos entre las lóbregas rocas. El césped mojado crepitaba bajo mis pesadas botas, el espino negro rasgaba y arañaba codos y rodillas. Sobre todo flotaba una luz extraña, pálida, espectral, donde el rocío del mar giraba en el paisaje y me bañaba la cara, hasta que la tuve entumecida de frío. En amplias franjas, fila tras fila, onda sobre onda, la lluvia descendía sobre el yermo infinito, y, sin embargo, no había viento que la obligara a ese ritmo.