– Creo que veré al señor Wilde uno o dos minutos.
– Pobre hombre -dijo Constance meneando la cabeza-, debe de ser duro vivir solo año tras año, pobre, tullido y casi demente. Es muy bondadoso de su parte, señor Castaigne, visitarlo tan a menudo como lo hace.
– Creo que es malvado -observó Hawberk, empezando otra vez con su martillo. Escuché el dorado sonido sobre las placas de la greba; cuando hubo terminado, le contesté.
– No, no es malvado, ni es en absoluto demente. Su cabeza es una cámara de maravillas de la que puede extraer tesoros por los que usted y yo daríamos años de nuestras vidas.
Hawberk rió.
Yo continué, algo impaciente:
– Conoce historia como nadie más podría hacerlo. Nada, por trivial que parezca escapa a sus investigaciones, y su memoria es tan absoluta, tan precisa en los detalles, que si se supiera en Nueva York que existe semejante hombre, no podría honrárselo lo suficiente.
– Tonterías -murmuró Hawberk buscando en el suelo un remache que se le había caído.
– ¿Son tonterías -pregunté logrando reprimir lo que sentía-, son tonterías cuando dice que los faldares y las musleras del juego de armadura esmaltado comúnmente conocido como el "Príncipe Blasonado" puede encontrarse entre un montón de tratos teatrales herrumbrados, cocinas rotas y desechos de traperos en un desván de la calle Pell?
A Hawberk se le cayó el martillo, pero lo recogió y preguntó con suma calma cómo sabía yo que faltaban los faldares y la muslera izquierda del "Príncipe Blasonado".
– No lo sabía hasta que el señor Wilde me lo mencionó el otro día. Dijo que se encontraban en el desván del 998 dela calle Pell.
– Tonterías -exclamó, pero advertí que la mano le temblaba bajo el delantal de cuero.
– ¿Es esto también una tontería? -pregunté complacido- ¿Es una tontería que el señor Wilde se refiera a usted como al marqués de Avonshire y a la señorita Constance…?
No terminé porque Constance se puso en pie de un salto con el terror escrito en cada una de sus facciones. Hawberk me miró y alisó lentamente su delantal de cuero.
– Eso es imposible -observó-, puede que el señor Wilde sepa muchas cosas…
– Sobre armaduras, por ejemplo, y el "Príncipe Blasonado" -interrumpí sonriendo.
– Sí -continuó lentamente-, sobre armaduras también -tal vez-, pero se equivoca respecto del marqués de Avonshire quien, como lo sabe usted, mató al calumniador de su esposa hace años y se fue a Australia donde no la sobrevivió mucho tiempo.
– El señor está equivocado -murmuró Constance. Tenía los labios blancos, pero su voz era dulce y serena.
– Convengamos, si lo queréis, que en esta circunstancia el señor Wilde se equivoca.
II
Subí los tres deteriorados tramos de escalera que tan a menudo había subido antes y llamé a una pequeña puerta al extremo del corredor. El señor Wilde abrió la puerta y entré.
Después de echar doble cerrojo a la puerta y empujado contra ella una pesada cómoda, vino y se sentó junto a mí mirándome fijamente a la cara con sus ojuelos de color claro. Media docena de nuevos rasguños le cubrían la nariz y las mejillas, y los alambres de plata que le sostenían las orejas artificiales estaban fuera de lugar. Pensé que nunca le había visto tan espantosamente fascinante. No tenía orejas. Las artificiales, que estaban ahora perpendiculares en relación con los finos alambres, eran su única debilidad. Estaban hechas de cera y pintadas de un rosa de conchilla, pero tenía el resto de la cara amarilla. Mejor habría hecho en concederse el lujo de adquirir algunos dedos artificiales para su mano izquierda, que carecía en absoluto de ellos, pero eso no parecía molestarle y se contentaba con las orejas de cera. Era extremadamente pequeño, apenas más alto que un niño de diez años, pero con los brazos magníficamente desarrollados y los muslos tan anchos como los de un atleta. Sin embargo, lo que el señor Wilde tenía de más notable era que un hombre de inteligencia y conocimientos tan maravillosos tuviera semejante cabeza. Era plana y puntiaguda como las cabezas de muchos de esos desdichados que la gente encierra en asilos para débiles mentales. Muchos lo llamaban loco, pero yo sabía que era tan cuerdo como yo.
No niego que fuera excéntrico; la manía que tenía por esa gata a la que atormentaba hasta que ella le saltaba a la cara como un demonio era por cierto una excentricidad. Nunca pude entender por qué tenía ese animal ni qué placer encontraba en encerrarse con la maligna y lúgubre bestia. Recuerdo una vez, al levantar la vista del manuscrito que estaba estudiando a la luz de una vela de sebo, vi al señor Wilde en cuclillas inmóvil sobre el asiento de la silla, con los ojos inflamados de excitación, mientras la gata, que había abandonado su lugar junto a la estufa, se le acercaba arrastrándose. Antes que yo pudiera moverme, se echó de vientre contra el suelo y se agazapó, tembló y le saltó a la cara. Aullando y echando espuma por la boca rodaron por el suelo una y otra vez, arañándose y dando zarpazos hasta que la gata lanzó un aullido y fue a esconderse bajo el armario; el señor Wilde se tendió de espaldas con los miembros contraídos y temblorosos como las patas de una araña agonizante. Era excéntrico.
El señor Wilde había subido a su alta silla, y después de examinarme la cara, cogió un ajado libro mayor y lo abrió.
– Henry B. Mattews -leyó-, tenedor de libros en Whysot & Whysot y Companía, comerciantes de ornamentos eclesiásticos. Se presentó el 3 de abril. Reputación dañada en el hipódromo. Conocido como estafador. Reputación por reparar el 1º de agosto. Anticipo cinco dólares.
Volvió la página y recorrió con los nudillos sin dedos las columnas densamente escritas.
– P. Greene Dusenberry, ministro de los Evangelios, Fairbeach, Nueva Jersey. Reputación dañada en el Bowery. Por reparar tan pronto como sea posible. Anticipo 100 dólares.
Tosió y agregó:
– Se presentó el 6 de abril.
– Entonces no está usted necesitado de dinero, señor Wilde -inquirí.
– Escuche -volvió a toser-. Señora C. Hamilton Chester, de Chester Park, ciudad de Nueva York. Se presentó el 7 de abril. Reputación dañada en Dieppe, Francia. Por reparar el 1º de octubre. Anticipo 500 dólares.
"Nota: C. Hamilton Chester, capitán del Avalanche de los Estados Unidos regresa con el Escuadrón de los Mares del Sur el 1º de octubre.
– Bien, pues -dije-,la profesión de Reparador de Reputaciones es lucrativa.
Sus ojos descoloridos buscaron los míos.
– Sólo quería demostrar que estoy en lo cierto. Usted dijo que era imposible tener buen éxito como Reparador de Reputaciones; que aun si lo tenía en ciertos casos, me costaría más de lo que ganaría. Hoy tengo empleados a quinientos hombres mal pagados, pero que trabajan con un entusiasmo posiblemente nacido del miedo. Estos hombres provienen de todas las capas y matices de la sociedad; algunos son aún pilares de los más exclusivos templos sociales; otros son puntal y orgullo del mundo financiero; otros, en fin, gozan de un dominio indiscutido en el mundo de "la Fantasía y el Talento". Elijo a mi antojo entre los que contestan a mis anuncios. Es bastante fácil, todos son cobardes. De modo que ya ve usted, los que tienen a su cargo la reputación de sus conciudadanos figuran en mi nómina de pagos.
– Puede que se vuelvan contra usted -sugerí.
Se frotó las orejas mutiladas con el pulgar y ajustó los sustitutos de cera.
– No lo creo -murmuró reflexivo-. Rara vez tengo que aplicar el látigo, sólo en una ocasión en realidad. Además aprecian sus honorarios.
– ¿Cómo aplica el látigo? -le pregunté.
Por un momento, fue espantoso mirarle la cara. Sus ojos menguaron hasta convertirse en un par de chispas verdes.
– Los invito a venir a sostener una pequeña charla conmigo -dijo con voz suave.