Por instinto, aborrecía a aquel hombre y no comprendía por qué «su» reina dependía de aquella imitación de prelado, hasta el punto de no tomar ninguna decisión sin oír antes su consejo. Poco a poco, aquel italiano marrullero y tal vez celoso iba levantando una barrera entre la regente y el hombre que tanto la había amado. Naturalmente, Beaufort no soportó mucho tiempo aquella situación. Decidió afirmar su ascendencia sobre Ana, sus derechos de amante, a pesar de que el duelo real no le autorizaba a ello. Quiso su mala fortuna que, arrastrado por su carácter fogoso, lo hiciera con una torpeza que avergonzó a Sylvie, presente en el Grand Cabinet cuando apareció él una mañana reclamando ver a la reina.
— Es imposible, monseñor -le dijo La Porte-, Su Majestad está en su alcoba y no recibe.
François se limitó a sonreír y afirmó:
— ¡Vamos, La Porte, sabéis muy bien que a mí sí me recibirá!
— No, señor duque. La reina está en el baño.
— ¡Qué importa!
Y, con un empujón al servidor, entró tranquilamente en la alcoba sin querer escuchar el grito de Sylvie, a la que ni siquiera había dedicado una mirada. No se quedó allí mucho tiempo: un chaparrón de insultos en español, aderezados con el acento oportuno, le obligó a batirse en retirada con una precipitación que provocó las risas de Marie de Hautefort, presente al lado de la reina. Sin esperar más explicaciones, François se marchó del aposento real con la única satisfacción de cerrar la puerta en las narices de un guardia suizo.
La furia de la reina no duró mucho tiempo. Todavía amaba a François demasiado para guardarle rencor, por más que Mazarino insistiera en lo inconveniente de la escena. Otro incidente vino a añadirse a aquél para agrandar un poco más el foso que se abría entre la pareja. La amante de Beaufort, la bella Montbazon, que detestaba a la ex Mademoiselle de Condé, ahora duquesa de Longueville, porque François había sido en tiempos uno de los pretendientes a su mano, intentó atacar su reputación de recién casada. Un azar maligno quiso que Madame de Montbazon encontrara en su salón, después de la marcha de algunos visitantes, dos cartas femeninas, muy bellas y tiernas, perdidas por el marqués de Coligny. De inmediato decretó que la autora de las mismas era Madame de Longueville, convenció a François de la justeza de sus argumentos, e hizo correr el rumor aprovechando la gran reunión de la corte y la alta nobleza en torno a Elisabeth de Vendôme, el día de su boda con el duque de Nemours.
Aquel matrimonio -el primero del reinado de Luis XIV- se celebró en el antiguo Palais-Cardinal, ahora Palais-Royal, en el que acababan de instalarse la reina y sus hijos. La mansión, verdaderamente principesca, era una vivienda mucho más agradable que el viejo Louvre, decrépito y siempre en obras.
La princesa de Condé, madre de la duquesa de Longueville, se indignó, clamó que aquello era un insulto público y una calumnia, y la reina le dio la razón: la imprudente Montbazon hubo de acudir al hôtel de Condé para presentar excusas públicas. Naturalmente el salón estaba abarrotado de gente, pero ella actuó con una insolencia y una desenvoltura muy del estilo de Beaufort: con las maneras de una mala comediante y una sonrisa de desprecio, dio lectura a un breve texto que llevaba sujeto con un alfiler a su abanico, y que después dejó caer desdeñosamente. El resultado fue que, en la siguiente reunión en que se encontraron las damas de la reina y la princesa de Condé, la regente rogó a Madame de Montbazon que se retirara. Loco de rabia, Beaufort se precipitó a los aposentos de Ana.
— ¡Ella ha hecho lo que vos le ordenasteis! -gritó, sin preocuparse de las personas presentes-. No teníais derecho a humillarla de nuevo.
La reina, muy bella entre sus velos negros que armonizaban bien con la blanca tez, intentó calmarlo.
— Hay maneras de hacer las cosas, amigo mío. Si no quisierais tanto a la duquesa me daríais la razón.
La amargura que teñía la voz de Ana no fue percibida por el joven, que se encogió de hombros. Quiso la mala suerte que Mazarino, que había entrado un instante antes, se aproximara armado con su sonrisa meliflua. Furioso, Beaufort dijo:
— Cuán lejos parece estar, señora, el tiempo en que sabíais escuchar la voz de vuestros verdaderos amigos. Los nuevos la acallan, y vos ni siquiera os dais cuenta del poco valor que tienen…
Al girar sobre los talones sin saludar, tropezó con Sylvie que llegaba, acompañada de Fontsomme, a la zaga del cardenal. Dado el mal humor que le dominaba, François sintió aquello como una nueva ofensa. Sus ojos relampagueantes recorrieron de arriba abajo a la pareja con una mirada en la que la cólera se esforzaba por expulsar el dolor, y su rostro palideció bajo el bronceado.
— ¡Vaya! -exclamó-. ¡Este sí que es un día completo! Se diría que habéis escogido vuestro bando, Mademoiselle de Valaines. Llegáis envuelta en las faldas de Mazarino.
Jean iba a responder, pero Sylvie no le dejó.
— No llego envuelta en las faldas de nadie -replicó-. Vengo simplemente a cumplir mi servicio junto a la reina. El cardenal ha llegado delante de nosotros y no teníamos ninguna razón para querer adelantarnos a él. Después de todo, es el primer ministro y…
— ¡Y en ningún caso un hombre de Dios! ¿Olvidáis que es el enemigo de todos los que os han amado hasta hoy? ¿Y vos, duque? ¿Venís también a cumplir vuestro servicio?
— Por más que eso no os incumba, monseñor -respondió el joven-, soy portador de una carta para la reina…
— ¿De parte de quién? -preguntó Beaufort con altanería.
— ¡No abuséis de mi paciencia! -repuso el joven-. Sabed solamente -añadió al advertir la expresión de dolor que sustituía a la cólera en el rostro de su adversario- que Mademoiselle de Valaines y yo nos hemos encontrado en…
— ¡No necesitáis excusas! ¡Como si todo el mundo no estuviera informado de vuestro compromiso! La idea de convertiros en duquesa os gusta sin duda, ¿no es así, Sylvie? ¡Qué desquite contra el destino!
Ella perdió entonces la paciencia.
— Os creía más inteligente -dijo-, pero nunca comprenderéis más que lo que os interesa. Y lo que os interesa es simular que no me conocéis. Enteraos ahora de lo que voy a deciros: aún no había nada definitivo entre el señor de Fontsomme y yo. Era libre… hasta este momento.
— ¿Qué queréis decir?
— ¡Que ya no lo soy! -Y, volviéndose hacia su acompañante, añadió-: Nos casaremos cuando lo deseéis, querido Jean. Ahora vamos a pedir permiso a Su Majestad.
Si tuvo la tentación de arrepentirse de su impulsiva declaración, la olvidó al ver la felicidad que iluminó el rostro del joven duque. Con un cariño infinito, él tomó la mano que acababa de serle concedida.
— ¡Me hacéis inmensamente feliz, Sylvie! Pero ¿estáis segura…?
— ¡Completamente! Ya es hora de que mi corazón aprenda a latir a un ritmo distinto del de otros tiempos.
Aquella decisión hizo palidecer todavía más a François. Descubrió que siempre había amado a Sylvie pero que, de forma inconsciente, consideraba su amor como algo adquirido, un jardín secreto en el que siempre se en-contrarían. Y ahora también ella se apartaba de él. Sintió que la imagen de la muchacha, tal como se le presentaba en el momento de perderla, nunca se borraría de su mente. ¡Dios, qué bonita era!
Iba vestida de un ligero raso gris humo atravesado por hilos de oro que, sumados a las flechas luminosas que emanaban de la sedosa masa de cabellos, la rodeaban de un aura de encanto. ¡Y aquel tesoro se le escapaba en beneficio de otro! Y como en su naturaleza estaba el reaccionar con violencia, sintió un impulso loco de precipitarse sobre ella y tomarla en brazos para llevársela lo más lejos posible de aquella corte degenerada y de las fieras que la habitaban, hasta… ¡hasta Belle-Isle, sí! ¡Allí, solamente allí podrían ser felices, aislados del resto del mundo!