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– Oigo un montón de cháchara y de excusas pero no he visto pruebas de la posesión. -Dice apoyó una mano en la mesa de billar. -Y, como he dicho, ésta es la norma que tenemos aquí. -Asintió hacia Chase. -Demuestra que es tuya, y yo y mis chicos os dejaremos el camino libre.

Chase echó un vistazo a Sloane, que lo miraba con los ojos bien abiertos porque no sabía qué venía a continuación. Si bien Chase no solía frecuentar ese tipo de antros, sabía perfectamente qué esperaba Dice. Separó la mano del hombro de Sloane para cogerla de la mano y luego le dio la vuelta para colocarla encima de la mesa de billar.

Chase apoyó las manos en el borde de madera lleno de marcas y la cubrió con su cuerpo. Olió su aroma y notó su calidez. Teman público, lo cual lo excitaba aún más. Por primera vez, ella parecía pequeña y asustada, e intentaba escabullirse en vez de acurrucarse contra él. Sin embargo no pensaba hacerle daño, nada más lejos de su intención. Iba a marcar su territorio y luego hacer que se sintiera segura, si es que ella consideraba que estar a solas con él era seguro. En esos momentos, estaba tan enfadado por el hecho de que ella se hubiera metido en aquel lío, que ni siquiera confiaba en sí mismo. Pero antes de preocuparse por si le entraban ganas de matarla, tenía que hacerla suya.

La miró de hito en hito y, cuando ella le devolvió la mirada, en seguida se dio cuenta de sus intenciones, porque el temor desapareció y cedió el paso a la confianza. Y, maldita sea, a un atisbo de excitación. Deseo. Lujuria.

– Un hombre tiene que portarse como un hombre -musitó Chase; entonces tomó aire y hundió la boca en la de ella.

CAPÍTULO 07

Chase tenía la boca húmeda y cálida, y Sloane gimió ante aquel ataque a su intimidad. Sabía que su intención era que salieran del local sin enzarzarse en una pelea pero también había visto el destello de la pasión en lo más profundo de sus ojos azules. Él la deseaba y se lo estaba demostrando. Se lo estaba demostrando al bar entero, pero a Sloane no le importaba.

¿Cómo iba a importarle si se había hecho cargo de la situación con un dominio absoluto? Abarcaba con sus labios los de ella, acariciándolos primero en una dirección y luego en otra, recorriendo todos los rincones de su boca con la lengua.

Sloane siempre había salido con hombres que estaban ansiosos por hacer lo que ella quisiera, y que se comportaban con un decoro y un respeto exquisitos. Era lo suficientemente lista como para saber que la posición de su padre era determinante en ese sentido, pero se había acostumbrado a llevar la batuta. Ningún hombre había osado jamás tratarla como si fuera de su propiedad. Chase sí. Llevaba la iniciativa, sus movimientos eran codiciosos y posesivos y mentiría si dijera que esa actitud nueva no le gustaba, lo suficiente como para rodearle el cuello con los brazos y devolverle el beso, casi hasta el punto de perder el control. Tanto era así, que la pilló desprevenida que se separara de ella.

– ¿Qué te parece esto como prueba? -le preguntó Chase a Dice sin apartar su mirada ardiente de ella.

– Joder, tío, también yo sabría besarla y hacer que se derritiera.

– Más bien vomitar -musitó Sloane, que estaba harta de la actitud machista de aquel hombre repugnante.

– No pienso seguir tus órdenes -le dijo Chase al motero. -Nos largamos. -Y cogió a Sloane de la mano para sacarla del bar.

– Tú no te vas a ningún sitio. Por lo menos no con la chica. -A juzgar por la mirada amenazadora de Dice y la forma como su banda empezó a rodearlo, hablaba en serio.

A ella el estómago se le encogió de puro miedo. Y entonces observó el duro perfil de Chase. Era periodista y tenía debilidad por su familia, pero Sloane estaba descubriendo que no le faltaban agallas. A pesar de la situación de peligro en la que estaban, Sloane se sentía absurdamente segura al lado de él.

– Tú déjala aquí y yo mismo te acompañaré a la puerta. -Dice soltó una risita burlona, pero Sloane no le veía la gracia.

– Estoy harto de tanta gilipollez. -Chase se irguió y le dio una patada a un taco, cuyo tintineo resonó en el repentino silencio. -Aquí nadie me dice cuándo y dónde debo estar con mi novia. No pienso besarla otra vez hasta que tenga ganas, y tú me las estás quitando. Así que lárgate de mi vista. -Dio un paso adelante con determinación.

Sloane le lanzó una mirada rápida. Parecía que le hubiesen cincelado el rostro en granito duro. Sintió miedo. No quería que a Chase le estropearan su bonita cara ni que le aporrearan el cuerpo por culpa de Dice. O, mejor dicho, por culpa de ella, porque era ella quien lo había conducido a aquel bar y metido en aquel embrollo.

¿Dice quería una prueba de posesión? Había llegado el momento de que Chase se la diera, cosa que, por otra parte, acababa de dejar claro que haría, pero con sus condiciones. Sloane tenía la intención de asegurarse de que esas condiciones se cumplieran.

Se acercó tímidamente a él y luego le pasó la mano por los hombros, hasta notar sus duros músculos bajo la camiseta.

– Venga -le susurró. -Me gusta tener público. Hace tanto… calor.

Sloane le dio un mordisquito en el lóbulo de la oreja y Chase se estremeció. No podía decirse que hubiera mentido, dado que, cuando estaba con Chase, independientemente del lugar, se sentía «caliente». Aunque desde luego preferiría disfrutar de la comodidad de su casa. Sin Dice ni amenazas.

– ¿Quieres calor? Yo te daré calor -replicó Dice haciéndose el duro delante de sus amigos.

Chase apretó los puños al darse cuenta de que el grandullón se tomaba en serio todas y cada una de las palabras y acciones de Sloane, dispuesto a abalanzarse sobre ella.

Chase, que se mostraba paciente y contenido, lo miraba con furia mientras pensaba su siguiente movimiento. A Sloane le costaba un poco más disimular sus emociones. Desplazó los dedos por el cuello de él, se los hundió en el pelo y le masajeó el cuero cabelludo con la palma de las manos.

– ¿Es que no me deseas? -le preguntó, cuando en realidad quería decir «¿No tienes unas ganas locas de largarte de aquí?».

La voz de Sloane estaba teñida de desesperación y le notaba los dedos agarrotados. El no podía ceder a su miedo porque entonces perdería la ventaja que le llevaba a Dice.

La miró a los ojos.

– Claro que te deseo. -Decía la verdad. Chase estaba a punto. A punto de llevarse a Sloane lejos de allí y a punto de hacerle el amor allí mismo, sobre la dichosa mesa de billar.

Lo del público tenía su importancia. Besarla y reivindicar su posesión tenía un atractivo primitivo y carnal. Se había contenido por respeto hacia ella, pero no iban a poder largarse de allí hasta que quedara bien claro que era suya.

A pesar del miedo, era obvio que Sloane lo entendía y, a juzgar por el brillo de excitación que despedían sus ojos, y su voz grave, que lo deseaba. Además, la forma como le acariciaba el cuero cabelludo incrementaba su conciencia y agudizaba los sentidos de Chase. Lo mismo que el peligro circundante.

– Entonces, ¿a qué esperas? -preguntó ella.

Chase notó que Dice se le acercaba por detrás y se dio cuenta de que se le estaba acabando el tiempo.

– Buena pregunta. -La levantó por la cintura, se dio la vuelta y la sentó en el borde de la mesa de billar antes de colocarse entre sus piernas. Incluso con la barrera de los vaqueros, el ardor lo consumía. Recordaba exactamente cómo era aquella húmeda cavidad que ella tenía entre las piernas y empezó a sudar.

Dice, que seguía detrás de él, lo animaba a actuar, pero Chase pensaba ir a su ritmo. Bajó la cabeza y besó el cuello de ella. Sloane despedía un olor dulce y tenía la piel caliente y suave en contacto con la lengua que la iba lamiendo. Dejó escapar uno de aquellos gemidos que a él le encantaba oír. Tal vez Sloane lo matara por aquello, pero moriría feliz.

De todos modos, no podía posponer la situación por más tiempo. Le apartó el pelo largo y enmarañado de la piel, y le dio un chupetón en la zona húmeda del cuello. Los aplausos, silbidos y demás demostraciones de apoyo que los rodeaban eran cada vez más fuertes aunque, por la cuenta que le traía a Chase, era como si estuvieran solos. Sin embargo no lo estaban y, para conseguirlo, tenía que dar otro paso.