De nuevo le deslizó la lengua por la tersa piel -una, dos veces- y luego se quedó ahí lo suficiente como para que Dice pensara que la estaba marcando del modo más visible y primario posible. Levantó la cabeza y puso a la aturdida Sloane de pie. Entonces se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros, de forma que las solapas y el pelo le taparan el cuello. Que Dice pensara lo que quisiera.
– Nos largamos. -Chase le apretó la mano con fuerza y se dispuso a dejar atrás al motero, si bien se dio cuenta de que sus amigos esperaban el visto bueno del tipo para dejarlos ir.
Dice asintió con la cabeza y el grupo se dispersó para permitirles alcanzar la puerta. A Chase el alivio le duró dos segundos, el tiempo de dejar atrás al grupo de gente, porque entonces ella se paró. Le dio una sacudida en la mano y Chase se detuvo en seco.
Sloane volvió la vista hacia Dice, sus colegas y los viejos que habían vuelto a jugar al billar otra vez como si nada.
– Oye, Earl -llamó.
Chase se puso tenso y la sujetó de la mano con fuerza, a sabiendas de lo que iba a pasar a continuación, e incapaz de hacer nada para impedirlo.
– Hasta el viernes. -Se despidió con la mano libre. -Y si ves a Samson, dile que venga.
Chase se había hartado. Salió como alma que lleva el diablo por la puerta llevando a Sloane casi a rastras. En cuanto estuvieron seguros en el vestíbulo, la agarró por los antebrazos.
– Estás loca -dijo, zarandeándola y dando vía libre a su frustración. -No pienso dejarte volver aquí el viernes por la noche ni loca. No después de lo que he tenido que hacer para salvar tu precioso culo.
Sloane lo miró con unos ojos demasiado abiertos e inocentes para su gusto.
– Gracias por el cumplido. -Se dio una palmadita en el trasero y, aunque lo intentó, no fue capaz de reprimir una sonrisa.
– No me refería a eso.
Esta vez se rió, y dejó escapar un sonido ligero y despreocupado que hizo que Chase también se animara.
– Lo sé. Y gracias por salvarme. De verdad. -Le tocó la mejilla. -Nadie ha hecho una cosa así por mí ni por mi…
– ¿Cara bonita? -No iba a permitir que se librara de la culpa tan fácilmente.
– Yo no lo diría así, pero bueno. -Se envolvió más con la chaqueta.
– Siento haber tenido que hacer una escenita tan ridícula -le dijo Chase.
– Yo no. -Y sonrió mientras el rubor le subía a las mejillas.
Chase meneó la cabeza, sorprendido y alucinado. ¿Quién era aquella mujer llamada Sloane Carlisle, hija de un político destacado, que tenía el aspecto de la porcelana fina pero que poseía más agallas que cualquiera, y a quien, por lo que parecía, le había gustado la situación que acababan de vivir?
A él también, pero él era un hombre, y sabía que había tenido la situación controlada. Más o menos. Ella no había tenido forma de saberlo.
– No tenías por qué venir a buscarme, pero has venido. Y no me digas que es porque le prometiste a mi madrastra que lo harías -dijo Sloane.
Chase soltó un gemido. Lo tenía acorralado. Era verdad que nadie le había puesto una pistola en la cabeza ni lo había obligado a ir a buscar a Sloane. Lo había hecho por iniciativa propia. Porque estaba preocupado por ella.
Todas esas emociones que afloraban a la superficie lo hacían sentir tenso e incómodo. Y sólo había una forma de remediarlo: volver a dedicarse a su trabajo, lo que le hacía mantener los pies en el suelo y conservarse lúcido.
– Vamos a casa. Sloane asintió.
– En eso no te puedo llevar la contraria. -En cuanto lleguemos, quiero que me cuentes exactamente por qué es tan importante para d que encontremos a Samson. A Sloane le entró el pánico. -Pero…
– Nada de peros. No me he jugado el pellejo ante una banda de moteros para que encima no me lo cuentes.
Sloane bajó un poco la cabeza.
– Es personal, Chase. Profundamente personal.
El tono de súplica que empleó le llegó al corazón pero, junto con la necesidad de darle lo que necesitara, también estaba decidido a obtener respuestas.
– ¿Quieres volver aquí el viernes por la noche?
Sloane asintió.
– Ya sabes que sí.
– Entonces, a no ser que Rick me deje unas esposas y te deje encerrada en casa, tendrás que explicarte. De lo contrario, olvídate de que me juegue el pellejo otra vez o deje que te lo juegues tú -sentenció, abriendo la puerta.
– Pensaba alojarme en un hotel.
– No. -No tenía intenciones de perderla de vista.
– No tienes por qué responsabilizarte de mí, independientemente de lo que Madeline te hiciera prometer.
El la sujetó de la mano con más fuerza.
– En Yorkshire Falls no hay ningún hotel, y no vas a volver a Harrington a no ser que yo te acompañe. Asunto zanjado.
– De acuerdo. -Se encogió de hombros porque sabía que no tenía más remedio. En vez de pelear, Sloane supuso que ceder en ese momento la beneficiaría más adelante. -Gracias.
Él soltó un gruñido a modo de respuesta.
Sloane apretó la mandíbula mientras se dirigían al coche de Chase. Entonces volvieron a discrepar, porque Chase no quería que ella fuera en su coche. Sloane volvió a ceder y él le prometió que recogerían el auto por la mañana. Teniendo en cuenta su estado de ánimo y que ella era la causante, por no hablar de que le había salvado el pellejo, Sloane consideró que era preferible darle la razón en esas pequeñas cosas.
Como alojarse en su casa en vez de en un hotel. Se preguntó si tendría habitación de invitados o si después del numerito del bar, esperaba que durmieran juntos. Si eso era lo que él quería, a ella le resultaría imposible resistirse.
Se levantó un viento frío a su alrededor, el otoño cedía paso a un invierno prematuro. Le dio la impresión de que el viento le atravesaba la piel. Algo parecido a lo que Chase le había hecho sentir hacía un rato. Se estremeció al recordarlo de pie entre sus piernas, mirándola con un brillo de depredador en los ojos. Es posible que Dice dirigiera el espectáculo, pero cuando Chase se le echó encima, había sido como estar solos.
Sin previo aviso, él le retiró la chaqueta de los hombros y se la sostuvo para que introdujera los brazos por las mangas.
– Te castañetean los dientes.
– Y tú eres un buen chico.
Chase frunció el cejo.
– No te precipites. Todavía no he decidido hasta qué punto lo soy.
Ella tampoco había decidido qué decirle sobre su relación con Samson. Por un lado, él la había ayudado y era normal que quisiera respuestas. Por otro, aquél era el aspecto más íntimo y doloroso de su vida.
En tal caso, ¿por qué en el fondo le parecía bien compartirlo con Chase, casi un desconocido que encima era periodista?
– El coche está aquí. -Señaló dos vehículos más allá, en la calle, y ella estuvo a punto de echar a correr para evitar el frío. -¡Chase!
Una voz femenina pilló por sorpresa a Sloane. Chase se paró a hablar con una guapa morena que lo saludó entusiasmada y le plantó un beso en los labios.
A Sloane le molestó ver que otra mujer conocía a Chase lo suficiente como para darle un beso. Lo cual resultaba ridículo. Aquel hombre tenía vida propia y ella no había sido más que un rollo de una noche.
– He visto el coche y he reconocido la matrícula -dijo la mujer. -Luego he entrado en el supermercado. Ya ves que hoy hago la compra tarde. -Llevaba la bolsa en los brazos. -Acabo de salir y aquí estás. -Lo miraba con sumo placer.
Sloane notó que se le encogía el estómago mientras esperaba la reacción de Chase.
– Hola, Cindy.