No supo qué pensar de su tono de voz. ¿Se alegraba de verla o no?
– Hace tiempo que no sé nada de ti. -Le dijo sin que pareciese ofendida ni quejumbrosa, pero resultaba evidente que sí estaba un poco decepcionada.
– He estado ocupado. Bueno, deja que te ayude a llevar la compra. -Chase le cogió las bolsas.
– ¿No vas a presentarme a tu amiga? -preguntó Cindy en cuanto se fijó en Sloane, que había optado por envolverse todavía más en la chaqueta de Chase y observar la escena.
El exhaló un largo suspiro.
– Cindy, te presento a Sloane. Sloane, ella es mi… -se quedó callado el tiempo suficiente como para que Sloane entrecerrara los ojos- amiga Cindy. -Chase acabó las presentaciones apretando la mandíbula, claramente insatisfecho.
Sloane tampoco es que estuviera encantada. Todo apuntaba a que tenían algún tipo de relación y a ella le gustaría saber de qué tipo, aunque él no parecía muy comunicativo.
Tras la torpe presentación, Chase ayudó a Cindy a llevar las bolsas al coche y se despidió. Pero no sin darle un rápido beso en la mejilla, lo cual hizo que Sloane se consumiera de celos.
¿Cuándo era la última vez que un hombre le había provocado ese tipo de emociones? Nunca. Se mordió el labio inferior y se acomodó en el asiento del pasajero del coche de Chase, preguntándose qué hacer o decir a continuación.
– Podemos hacer un trato. -Se oyó soltar a sí misma sin haberlo pensado en absoluto.
– ¿Qué tipo de trato? -preguntó él mientras accionaba la llave del contacto, se incorporaba a la carretera y se dirigía a casa, antes de mirarla por el rabillo del ojo.
– Tú me cuentas qué relación tienes con Cindy y yo respondo a tus preguntas sobre Samson.
Durante el trayecto, Chase paró en un Burger King y, como estaban muertos de hambre, comieron en el coche. Sloane sabía que él esperaba respuestas, pero ella tenía que telefonear en cuanto llegaran a casa, y Chase comprendió su necesidad de contactar con Madeline antes que nada.
La llamada tranquilizó a Madeline, que estaba histérica. Gracias a Román, que había hablado con Rick, su madrastra se había enterado de la explosión. Sloane prometió llamarla más a menudo a partir de entonces, aunque sobre ese asunto de la casa tenía poco que contar. Chase había llamado a Rick desde el móvil cuando salieron del salón de billar y, aunque los bomberos seguían investigando, por el momento consideraban que la explosión había sido un accidente.
Si se dejara guiar sólo por las emociones, Sloane se habría sentido inclinada a aceptar esa explicación. Conocía a Frank y a Robert desde niña y le costaba creer que fueran capaces de infligir daño físico voluntariamente a otra persona. No obstante, cuando pensaba con la cabeza y recordaba las amenazas de Frank, le entraban dudas. Fuera como fuese, se negaba a dejar que Madeline cargara con ese peso.
Según su madrastra, Michael estaba frenético porque Sloane sabía la verdad sobre su origen y todavía no había hablado con él. Sloane prometió que lo haría pronto e incluso lo habría hecho en aquel mismo momento por teléfono de no ser porque su padre estaba en una reunión, planeando la estrategia con Robert y Frank. Según su madrastra, estos dos no parecían preocupados por la «enfermedad» de Sloane o su ausencia de los actos de campaña y, tal como habían acordado, Madeline sólo le había contado la verdad a Michael.
Sloane optó por no mencionar a Chase ni el hecho de que le hubiera encomendado cuidar de ella, y colgó. Supuso que Madeline tenía derecho a tomarse ciertas libertades propias de las madres. Una vez zanjados más o menos los asuntos domésticos, Sloane se cambió de ropa y regresó a la sala de estar.
Después de todo lo que había pasado a lo largo del día, estaba agotada. De no ser por los asuntos que todavía tenía pendientes, seguro que se habría quedado dormida en seguida, tranquila al pensar que su secreto seguía a salvo.
Pero todavía tenía que lidiar con Chase.
Exhausto y acelerado a la vez, Chase puso los pies encima de la mesita de delante del sofá. Echó una ojeada al teléfono y vio que la luz roja se había apagado. Sloane había colgado.
Al cabo de unos instantes, salió de la habitación de invitados, el cuarto pequeño que Chase le había adjudicado mientras estuviera en su casa.
– Debajo de la mansa superficie corren aguas bravas, ¿no? -dijo.
– ¿Qué quieres decir con eso?
– Pues que contigo nunca se sabe. Me has dejado atónita con tu actitud dominante en el bar. -Se acomodó en un rincón del sofá, en el lado opuesto al de él, aunque a Chase le llegaba su fragante aroma a vainilla. Ahora que habían acordado que se alojaría allí, Sloane había dejado unas cuantas cosas en el único cuarto de baño de la casa.
Le había preguntado si le importaba y él había dicho que no. Era mentira. Sloane ya estaba convirtiéndose en difícil de olvidar.
Se había quitado la ropa del bar y se había puesto unos pantalones de chándal grises y una vieja camiseta rosa que se le ceñía a la altura de los pechos. Y no llevaba sujetador.
Chase intentó tragar saliva pero se le había secado la boca.
– ¿Habrías preferido que Dice hiciera lo que hubiera querido contigo?
– No. -Se echó a reír. -Pero ahora sé que Chas? Chandler tiene muchas facetas.
– Lo mismo podría decir de ti, Sloane Carlisle. -Motivo por el que no podía arriesgarse a llevársela a su habitación, a su cama. Otra vez no.
Aunque ella le había transmitido todas las señales adecuadas esa misma noche, no estaba dispuesto a aceptar su invitación silenciosa. Se sentía tan atraído por todos los aspectos de su personalidad, incluso por lo que aún no conocía, que suponía un verdadero riesgo para su futuro.
Lo cual lo llevaba de nuevo a sus secretos.
– Creo que ha llegado el momento de que, para empezar, me digas por qué estabas en el Crazy Eights y, para continuar, por qué tenemos que volver el viernes por la noche.
– ¿Tenemos? -Arrugó la nariz sorprendida por el plural elegido.
El frunció el cejo al darse cuenta de que ella quería cambiar de tema.
– Sabes perfectamente que no pienso dejarte ir sola. Así que cuéntame por qué tenemos que ir allí.
Sloane se recostó en el cojín y cerró los ojos. Los rizos sueltos le caían sobre los hombros y su intenso color rojizo contrastaba con el gris apagado del sofá. Ella añadía color y luz a una existencia anodina. Chase tenía ganas de tumbarla allí mismo y empaparse de esa luz de la única forma que sabía.
«Ahora no, Chandler. Ándate con pies de plomo», se advirtió.
– Antes de hablarte de Samson -dijo ella devolviéndolo a la realidad, -necesito estar segura de que puedo confiar en ti. -Ladeó la cabeza y lo miró a los ojos.
– No es que crea que se deba pagar por los favores, pero hoy te he salvado la vida. Dos veces -le recordó. -¿Y sigues preguntándote si puedes confiar en mí?
El tono dolido de su voz la pilló por sorpresa. Era periodista. Se suponía que su interés por ella se basaba en los hechos, no en los sentimientos. Pero, por el motivo que fuera, su interés no tenía nada que ver con todo eso.
Se mordió los labios brillantes y se paró a pensar antes de hablar.
– Me han enseñado a recelar de los reporteros. -Se retorcía los dedos con nerviosismo.
Estaba erigiendo una barrera mucho más alta y resistente que la que él hubiese podido levantar jamás.
– No es posible cambiar quienes somos.
– Cierto. Y no puedo olvidar ciertas cosas que has dicho. -Exhaló un suspiro. -Cualquier cosa que te cuente que pudiese ayudarte en tu carrera es susceptible de herir a personas que quiero. Así que, perdona, pero necesito saber y preguntar hasta qué punto eres de fiar, Chase.
El deseó poder tranquilizarla al respecto, pero su instinto y la adrenalina empezaban a bombear con fuerza en su interior.
– ¿Estás pidiendo mi silencio? -Porque si su secreto era tan grande como insinuaba, se preguntó si realmente podría cumplir tal promesa.