Chase siempre había mantenido su vida íntima en privado. En ese pueblo, si se hubiera llevado a una mujer a la cama y ésta se hubiera quedado a dormir, todos los habitantes lo sabrían. Llevaba mucho tiempo saliendo con Cindy, pero siempre se veían en casa de ella, por lo que hasta entonces había conseguido mantener la discreción mientras gente como Lucy y su entrometida madre no sabían qué pensar.
Todo eso debería haber impedido que fuera tan iluso como para creer que si dejaba que Sloane se alojara en su casa nadie se iba a enterar. Negó con la cabeza y musitó:
– Mierda.
Lucy permanecía impasible.
– Por mi parte, he pensado que como tú y yo nos conocemos desde hace siglos, podrías darme la primicia en exclusiva -sugirió, bajando la voz. -Recuerda que yo soy quien la ha oído en tu habitación.
Chase se sorprendió al notar que se sonrojaba. Hablar de su vida sexual con Lucy era algo parecido a hacerlo con su madre. Y, teniendo en cuenta lo aficionada que era Lucy a cotillear y su larga amistad con Raina, equivalía a lo mismo. Pronto todo el mundo estaría enterado.
– Lucy… -dijo con tono de advertencia.
Ella pilló la indirecta e hizo un saludo militar.
– Sí, jefe. En seguida vuelvo al trabajo. -Pero la oyó carcajearse hasta el final del pasillo.
Chase se aseguró de que Ty Turner, su hombre de confianza, tuviera la situación controlada y lo llamara al busca sólo si surgía algo relacionado con la noticia de la explosión, pero que se hiciera cargo de todo lo demás sin molestarlo. Cuando por fin pudo volver a su dormitorio esperando averiguar algunas respuestas, ya había transcurrido una hora entera.
Pero Sloane no estaba allí. Le había dejado una nota que decía que había salido a comprar algo de comer porque en la nevera no tenía nada para el desayuno. Mientras esperaba, se tumbó con la ropa puesta y se tomó un respiro. Confiaba en que volviera y respondiera a sus preguntas.
Chase había hecho tanto por Sloane en tan poco tiempo, que ésta quería que el desayuno fuera un pequeño gesto para darle las gracias. Además, comiendo sería más fácil hablar y le permitiría tener las manos ocupadas mientras le revelaba sus secretos.
Entró en Norman's a las nueve en punto de la mañana y se encontró con Izzy en la puerta, con el mismo delantal que el día anterior y el pelo recogido en un moño.
– Sabía que volverías. -La mujer abrazó a Sloane como si fueran viejas amigas. -Nunca te habría mandado a ver al viejo merluzo de Samson si hubiera sabido que la casa iba a explotar. -Izzy la abrazó aún más fuerte, claramente aliviada.
– No te sientas culpable -dijo Sloane jadeando.
– No te preocupes, Rick me dijo que no dijera nada de que te había mandado allí y eso haré. -La mujer por fin la soltó y retrocedió para coger unas cartas de al lado de la caja registradora. -Pero alguien es responsable del accidente. El dichoso Samson. Ese hombre no presta atención ni a su talla de zapatos. En su caso, es mucho pedir que se dé cuenta de que huele a gas y llame a quien corresponda. -Blandió las cartas en la mano mientras hablaba. -¿Quieres una mesa?
– En realidad quiero desayuno para llevar -dijo Sloane agradecida por el cambio de tema.
Izzy se inclinó hacia ella.
– ¿Para dos? -preguntó guiñándole el ojo. -Conozco a Chase desde que era pequeño y sé que tiene un buen apetito.
Sloane suspiró. Al parecer, Chase no bromeaba cuando decía que en el pueblo las noticias volaban, al menos sobre ciertos temas.
– Yo quiero un café con leche y azúcar y una de esas enormes magdalenas de arándano que tan buena pinta tienen. -Señaló el surtido de apetitosos pasteles y dulces varios. Y dado que Izzy ya sabía que se alojaba en casa de Chase, no se molestó en disimular. -Y también me llevaré lo que más le guste a Chase para desayunar.
Izzy le dio una palmadita en la cara y le dedicó otro guiño, que hizo que Sloane se sonrojara de inmediato.
– Yo me encargaré de vuestro desayuno -le prometió.
Sloane se preguntó cuánto tardaría el resto del pueblo en enterarse que había pasado la noche con Chase Chandler. Se sentía inquieta mientras esperaba su pedido. Por suerte, nadie la abordó, y en cuestión de minutos hubo pagado la bolsa llena de comida y estuvo lista para marcharse.
– Cuídate y ya nos veremos. -Izzy añadió unas servilletas extras a la bolsa. -Gracias, Izzy.
La mujer mayor sonrió ampliamente. -Es un placer.
Las patas de gallo y las líneas de expresión de su rostro afable daban fe de los años que había vivido y de las muchas sonrisas que había dedicado. Si Izzy era una muestra del tipo de gente de aquel pueblo, Sloane supuso que su madre habría guardado buenos recuerdos del lugar. Por lo menos así lo esperaba.
Y durante el tiempo que ella pasara allí, Sloane decidió que quería conocer el sitio. Empezaría visitando tiendas y conociendo a gente y, a lo mejor, de paso, descubría algo más sobre Samson.
– ¿A qué hora abre El Desván de Charlotte? -le preguntó a Izzy.
– Beth Hansen, la encargada, suele abrir a las diez. A no ser que haya estado de marcha con su novio. Entonces abre más bien a las diez y cuarto -asintió Izzy con complicidad.
Sloane advirtió en seguida la intención de la mujer de contarle más cotilleos, pero ella no tendría intimidad si no respetaba la de los demás.
– Iré más tarde.
– No te lo pierdas. Tienes cosas sexys. Prendas que harían babear a cualquier hombre normal, no sé si me entiendes. Aunque a mi Norman ya le da igual. -Señaló con el dedo a su marido, que estaba guisando en la cocina.
Era más información de la que Sloane necesitaba, pero Izzy no se daba cuenta, y continuó sin hacer una sola pausa.
– Sin embargo, a un hombre joven y viril como Chase -arqueó las cejas de forma insinuante, -estoy segura de que no hace falta que diga más.
«Decididamente no», pensó Sloane. Pero Izzy era amable y bienintencionada, así que Sloane sonrió.
– Ya me encargaré de decirle a Beth y a Charlotte que les haces buena publicidad. -Decidió marcharse antes de que Izzy le contara nada más.
Se dio la vuelta, encaminándose hacia la puerta, y estuvo a punto de chocar con una rubia de edad parecida a la suya. Agarró la bolsa con fuerza para que no se le cayera el desayuno.
– Lo siento.
– No ha sido nada. -La mujer se hizo a un lado para dejar pasar a Sloane. -Eres nueva en el pueblo.
Ni siquiera se lo preguntaba, pensó Sloane. Al parecer, en aquel lugar reconocían de inmediato una cara nueva. Nada que ver con Washington, donde veía a gente distinta todos los días.
Sloane asintió.
– Estoy de paso. -No quería ser maleducada, pero ya habían pasado muchos minutos desde que había salido de la casa. No quería que Chase volviera y pensara que había huido para evitar hablar.
La guapa rubia sonrió.
– Yo también estaba de paso cuando llegué a Yorkshire Falls. Luego decidí establecerme aquí. Perdona, soy Kendall Sutton, bueno, Kendall Chandler. -Meneó la cabeza y sonrió. -Supongo que todavía no me he acostumbrado al nuevo apellido. Estamos recién casados -explicó.
Entonces cayó en la cuenta.
– Eres la mujer de Rick.
Kendall asintió, sonriendo.
– Soy Sloane…
– Carlisle -susurró Kendall. -Lo sé. Rick me ha hablado de ti. Pero a diferencia del resto del pueblo, puedes confiar en mi discreción.
La calidez que Kendall desprendía le hizo pensar que en efecto podía confiar en ella. Eso y el hecho de que estuviera casada con el hermano de Chase. Los Chandler le parecían hombres listos y prudentes en el trato con otras personas.
– Te lo agradezco -repuso Sloane.
Kendall le aguantó la puerta abierta.
– No sé cuánto tiempo piensas quedarte, pero si en algún momento necesitas una amiga o quieres compañía, llámame.
– Descuida. -A Sloane le cayó bien la mujer de Rick. Mientras volvía al coche, pensó que le gustaban muchas cosas de aquel singular pueblo del norte del estado, incluida la gente amable que la saludaba al pasar y el ritmo de vida más pausado que en Washington.