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Se volvió y colocó la mano encima del asiento de ella.

– ¿Estás segura de poder lidiar con mi madre? -le preguntó a Sloane.

– Estoy segura de que sabré defenderme. -Se le había escapado un rizo de la cola de caballo y se colocó el mechón detrás de la oreja. -Raina parece inofensiva.

Chase arqueó una ceja, pero no dijo nada a propósito de ese comentario.

– Ya la he llamado esta mañana y le he contado de qué quieres hablar con ella. Comprende la necesidad de mantenerlo en secreto.

– No hacía falta.

Notó el tono inflexible de la voz de Sloane, el que nunca dejaba de recordarle que quien la había educado era el senador Michael Carlisle, experto en conseguir lo que deseaba, y su mujer, Madeline, la esposa fuerte de ese hombre.

– Lo he hecho porque he querido.

– Podía habérselo explicado yo -dijo Sloane.

– No querrás que ella difunda el rumor sobre Samson y, sin querer, revele precisamente la noticia que quieres ocultar.

No es que le preocupara que su madre se enterara de la relación de Sloane con Samson o de que lo estaba buscando. Nadie se tomaría más en serio que Raina la protección de una persona que le importara. En cuanto le hubo explicado los motivos por los que necesitaba su discreción, Chase confió en que cumpliría su promesa. Su madre sólo se dedicaba a los cotilleos cuando estaba aburrida, y para mantener el espíritu de comunidad. En un caso así, antepondría las necesidades de Samson y Sloane, y guardaría silencio.

No obstante, Sloane seguía callada. Parecía no estar muy contenta con su intromisión y se sintió obligado a justificarse. Lo cual lo sorprendió. Siempre había tomado las decisiones que le parecían bien sin dar explicaciones a nadie. Como cabeza de familia y del periódico, nunca había tenido que justificar nada.

Pero no quería que aquella mujer pensara que había pasado por encima de sus necesidades y deseos. Sus sentimientos le importaban.

– Me pareció conveniente preparar el terreno -dijo, incómodo y agarrando con fuerza el volante al hablar. Sloane asintió.

– De acuerdo. Pero ahora que lo has preparado, ya me espabilaré -insistió.

Su tono calmado lo sacaba de quicio. Odiaba mostrarse como un padre preocupado cuando en realidad no era más que un amante implicado. Además resultaba difícil librarse de las viejas costumbres, y no podía evitar querer cuidar de ella.

– Y no te marches hasta que vuelva -añadió él.

– Sí, señor -contestó saludando militarmente.

Chase hizo una mueca.

– ¿Tan malo soy? -preguntó.

Sloane se rió y la ligereza de su risa le permitió liberar buena parte de la tensión emocional que tenía acumulada.

– Digamos que te conviene que me gusten los hombres con carácter. -Lo dijo bajando la voz y con un tono grave que no dejaba lugar a dudas.

El se inclinó hacia ella con una mano en el volante.

– Cuando volvamos a casa ya hablaremos de tu debilidad por los hombres dominantes.

– Promesas, promesas. -Cogió la manija de la puerta y. se volvió para darle un breve beso en los labios antes de salir del coche.

Se ajustó el jersey de cuello alto que llevaba y cruzó el jardín delantero de la madre de Chase contoneando las caderas, de buen humor a pesar de todo lo que sucedía a su alrededor. Chase admiraba sus agallas. Supuso que las dos mujeres se llevarían bien. Se agarró con más fuerza al volante sabiendo que esa idea debería preocuparle mucho más de lo que en realidad le preocupaba.

En cuanto Sloane entró en casa de Raina, Chase volvió a la carretera y se dirigió hacia la salida del pueblo. Ahora que sabía cuál era el peligro potencial, se había prometido que no dejaría sola a Sloane. Teniendo en cuenta que las dos mujeres estaban juntas y no por ahí buscando problemas, por ese lado podía quedarse tranquilo. A no ser que considerara a Raina un problema, pensó con ironía. Pero estaba convencido de que Sloane sabría lidiar con lo que su madre le presentara y reaccionar de la forma adecuada.

Mientras tanto, Chase pensaba aprovechar al máximo su tiempo a solas. No dejaba de pensar en la expresión de Cindy después de que lo viera con Sloane y tenía la intención de ir a Harrington para terminar oficialmente una relación que ya hacía tiempo que estaba acabada. Luego pensaba hacer un poco de investigación periodística sobre el abuelo de Sloane, el senador Jack Ford, y su relación pasada con el esquivo Samson Humphrey.

Sloane esperó en la sala de estar mientras Raina preparaba un té. Recorrió una librería tras otra observando las fotos de Chase y sus hermanos de niños, y viendo la progresión hasta la edad adulta. Habían sido unos niños preciosos y de mayores eran incluso más guapos. Y cuando Raina se saliera con la suya, tendrían familias también maravillosas. En el caso de Román y Charlotte, ese día no estaba muy lejano, dado que Chase le había contado que la mujer de Román estaba embarazada de ocho meses. Después de conocer a la mujer de Rick, Kendall, a Sloane no le cabía la menor duda de que esa otra pareja de guapos engendraría también a unos bebés hermosos.

Pero los hijos de Chase podían ser los más increíbles de todos, y esa visión estaba en exceso clara en su mente. Unos diablillos de pelo negro y ojos azules. Pero de repente la realidad se le apareció con toda su crudeza: él había decidido descartar esa idea. «Qué lástima», pensó mientras notaba cierta calidez en el vientre y una tristeza inesperada.

Se centró en las fotos y la tristeza de su interior fue aumentando cada vez que veía a Chase. La expresión se le había ido endureciendo con cada año que pasaba. Había llevado demasiado peso sobre sus anchos hombros, más de lo que ningún adolescente debería tener que cargar. Pero lo había llevado bien, y su familia se había beneficiado de su sentido del deber y de su cariño.

– ¿Te gustan las fotos? -preguntó Raina al entrar en el salón con dos tazones blancos llenos de té. -Esas son como una cronología. No te imaginas cuántas veces las miro porque me hacen sonreír. -Le tendió un tazón.

– Gracias. -Sloane aceptó la bebida y notó el calor de la cerámica en las manos. -Tiene todos los motivos del mundo para sonreír. -Miró a su anfitriona.

Sloane sólo había visto a Raina una vez, pero se fijó en que parecía un poco pálida aun a pesar del maquillaje. No procedía hacerle ningún comentario al respecto, pero Sloane se quedó algo preocupada.

– Tiene tres hijos increíbles -dijo Sloane, centrándose de nuevo en la conversación.

– Ya son unos hombres. -Raina meneó la cabeza como si le costase creerlo. -El tiempo vuela. Dos ya están casados. -Sonrió, claramente complacida.

– He conocido a su nuera Kendall -dijo Sloane.

– ¿No es maravillosa? Su tía Crystal era una de mis mejores amigas.

– ¿Ah, sí?

Raina asintió.

– Crystal murió hace poco y Kendall vino aquí para ocuparse de sus asuntos. Luego vino su hermana, Hannah, y ahora las dos viven aquí. Hannah es una chica rebelde, pero Kendall y Rick saben cómo lidiar con ella. -El tono de Raina transmitía su orgullo. -Tiene entereza y dice lo que piensa. Exactamente lo que quiero en una nieta.

– Porque así es como es usted. -Sloane se rió.

– Por supuesto. -Raina cruzó la estancia y se acercó al largo sofá. -Espero que no te importe, pero estoy un poco cansada y prefiero sentarme. -Se acomodó en el sofá y le hizo un gesto a Sloane para que se sentara en el sillón situado frente a la gran mesa de centro.

Esta dejó el tazón en un posavasos y tomó asiento.

– Espero llegar a conocer a Hannah mientras estoy aquí.

– ¿Cuánto tiempo piensas quedarte? -preguntó Raina sin atisbo de vergüenza.

– ¿Me lo pregunta por educación o para saber cuánto tiempo tiene para hacer de casamentera? -preguntó Sloane riendo por lo bajo.

– Este Chase no tiene vergüenza. ¿Te ha estado contando rollos sobre su madre?