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– Lo cual significa que te ha contado que vivimos en pecado -dijo Pearl, bajando la voz. -Si Eldin no estuviera mal de la espalda, me llevaría en brazos a casa y nos casaríamos. Pero hasta que no pueda, vivimos en pecado. -Asintió, satisfecha de la explicación.

– Entiendo -musitó Sloane. Kendall tenía razón cuando había dicho que la mujer resumía la situación con facilidad. -Kendall me acaba de decir que tenéis alquilada su casa de invitados.

– En vida de su tía Crystal, nos dejaba vivir en la casa grande a cambio del mantenimiento, bendita sea su alma. -Pearl sorbió por la nariz. -Luego Kendall vino al pueblo y arregló lo que nosotros no podíamos, y nos proporcionó un sitio para vivir más conveniente. La casa de invitados no tiene escaleras, así que a Eldin le va mejor por lo de la espalda.

– ¿Vais a dar una fiesta? -Kendall señaló las bolsas de comida.

Pearl empezó a toser.

– No, qué va. Es que a mí me cuesta cocinar, y es más fácil avituallarse para toda la semana. -Entiendo -dijo Sloane riendo.

– Tenemos que marcharnos -dijo Eldin. -Si no se lo impidiera, Pearl se pasaría el día hablando.

– Eldin Wingate, si no tienes nada agradable que decir, entonces mantén la boca cerrada. -Pearl le lanzó una mirada de fastidio. -Adiós, Kendall. Ha sido un placer conocerte, Sloane. Chicos, dadle recuerdos a Raina de mi parte.

– Descuida -dijeron Chase y Rick al unísono.

La pareja de ancianos se encaminó a la salida del restaurante y Pearl no dejó de cotorrear ni un solo instante.

– Parecen agradables. -Como temía echarse a reír otra vez, Sloane se mordió la cara interior de la mejilla y no miró a nadie.

– Quieres decir raros -apuntó Chase.

– Diferentes -añadió Rick.

– Son viejos e inofensivos.-Kendall se rió por lo bajo. -Mejor que os andéis con cuidado, porque algún día la*gente hablará de los viejos hermanos Chandler y sus curiosas costumbres.

Sloane exhaló un suspiro de anhelo.

– Creo que debe de estar bien envejecer en un lugar donde todo el mundo te conoce y te acepta tal como eres.

El sonido de su propia voz la sorprendió. Se dio cuenta de que había pensado en voz alta y miró a sus acompañantes, que la observaban como si hubiera perdido la chaveta. Lo que no sabían era que en ese pueblecito llamado Yorkshire Falls en realidad estaba recuperando la cordura y su propia identidad.

Chase se detuvo en el umbral de la habitación de invitados. La puerta estaba abierta, y Sloane estaba de pie junto a la cómoda de madera, arreglándose la camiseta, también ajustada y de manga larga, pero con las letras USA en la parte delantera.

Llamó a la puerta.

– ¿Preparada para lidiar con tus amigos moteros? -preguntó al tiempo que entraba en el cuarto.

– ¿No habrás querido decir si estoy preparada para encontrar a mi padre? -Se volvió hacia él y le dedicó una cálida sonrisa, aunque Chase advirtió el deje de nerviosismo en su voz, o el hecho de que la sonrisa no se reflejara en su mirada.

Tenía miedo.

– Estaré a tu lado en todo momento -le prometió, acercándose a ella. -Pero ¿eres consciente de que quizá no encontremos a Samson? -Quería que estuviera preparada para lo peor.

Sloane asintió.

– Espero que Earl haya tenido noticias de él. En todo caso, quizá pueda hablarnos del posible paradero de Samson. -Tomó aire y exhaló con fuerza. -En seguida estoy lista. -Cogió un fular de la.cómoda y se lo anudó al cuello.

– Te he traído una cosa. -Le enseñó la camisa que había cogido del armario.

– ¿Qué es eso?

– Una camisa mía. -Se la abrió para que se la pusiera como si fuera una chaqueta. -Por si nuestros amigos los moteros están allí.

Sloane arqueó una ceja en señal de sorpresa. Chase se encogió de hombros.

– Es mejor no correr riesgos. Así queda claro que eres mía antes de que entremos por la puerta. -Se cruzó de brazos, decidido a salirse con la suya. E incluso más decidido a no permitir que su mirada de ojos muy abiertos y el mohín de sus labios brillantes le afectara.

«Muy difícil», pensó mientras ella introducía complacida primero un brazo por la manga y luego el otro y se envolvía en la camisa, igual que a él le gustaba rodearla para que se sintiera segura. No le resultaba fácil aceptar que podía protegerla físicamente pero no a nivel emocional del trastorno que le suponía la búsqueda de Samson. Odiaba la impotencia que eso le generaba, y todavía odiaba más las implicaciones de ese sentimiento.

Se acercó a él y Chase la agarró por las solapas de forma instintiva, se la aproximó y la besó en los labios. Ella los separó y él le introdujo la lengua en la boca cálida y agradable. No había sido consciente de cuánto lo necesitaba. Desde que gozaba de la compañía de Sloane, observándola con su familia y viendo cómo disfrutaba de la vida del pueblo, su deseo por ella había aumentado.

Se estaba enamorando de aquella mujer y eso no entraba en sus planes.

Sloane dio un paso atrás e interrumpió el beso con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

– Me gusta cómo te apoderas de mí.

– ¿Significa eso que llevarás la camisa?

Sloane bajó los brazos para que viera que las mangas le colgaban más allá de las manos.

– Es demasiado grande -dijo, lanzándole destellos picaros con la mirada.

– Remángatelas. -No pensaba correr riesgos, no con su seguridad. Y reconoció también que no pensaba tolerar que otro hombre se interpusiera entre ellos.

Sloane alzó el brazo y le hizo un saludo militar con la mano tapada por la camisa.

– Sí, señor. -Se volvió hacia el espejo riendo. Cogió un brillo de labios y se dispuso a retocarse el maquillaje.

Chase volvió al salón a esperarla, negando con la cabeza incrédulo, intentando conciliar a Sloane Carlisle, la «hija» del senador, con la mujer que tanto estaba disfrutando del juego. No del juego de buscar a Samson sino de interpretar el papel de mujer de Chase Chandler.

Y mentiría si dijera que él no lo estaba disfrutando también.

CAPÍTULO 11

El Crazy Eights no había cambiado desde la última visita de Sloane: el olor a humo seguía impregnando el ambiente y el alcohol corría a raudales ante sus ojos. Sin embargo, había una diferencia nada desdeñable. Cuando entró en la sala de billar del fondo, tenía el apoyo de Chase y de su familia.

No valía la pena engañarse, esa presencia significaba mucho para ella. Por mucho que quisiera a su familia y ellos también la quisieran, siempre había notado que había diferencias entre ellos; las suficientes como para pensar que ella era rara sin saber bien por qué. Con Chase, Rick y Kendall, no sólo sentía su apoyo incondicional, igual que lo había sentido mientras crecía, sino que se sentía a gusto. Encajaba.

Recorrió la sala llena de humo con la mirada. Los moteros rodeaban una mesa del fondo y Dice miró hacia ellos el tiempo suficiente como para reconocerlos. Era obvio que había vis$› a Chase detrás de ella, y como la «propiedad» había quedado clara la primera noche, decidió dejarla en paz. Teniendo en cuenta que Kendall iba agarrada de Rick, Sloane decidió que su nueva amiga también estaba salvada. Esa noche, los moteros no iban a suponer ningún problema.

Al darse cuenta de la situación, se acercó a Chase.

– No hacía falta que llevara tu camisa.

– Sí, sí hacía falta.

Sloane la miró con curiosidad.

– Porque no quiero que la lleves -se limitó a decir.

Para ser un hombre de pocas palabras, acababa de ser muy elocuente. Tragó saliva y continuó escudriñando el local.

Parecía como si Earl y sus amigos no hubiesen abandonado la mesa desde que los vio por primera vez, y decidió no postergar su conversación con ellos. Sloane se adelantó a Chase y se acercó al viejo.

– Hola, Earl. ¿Qué tal?

– Hola, guapa. -Le dedicó una sonrisa desdentada. -¿Has venido a que te dé otra paliza? -Cogió el taco de billar y lo apoyó en el suelo.