– A lo mejor luego me convences para que eche una partida. Ahora mismo quería invitarte a una copa.
– ¿Has oído eso? Alcohol gratis -gritó al amigo con el que estaba jugando. -Ahí veo que hay sitio. -Señaló hacia un reservado con capacidad para cuatro personas. -Venga, Ernie. La señorita invita al whisky.
Sloane abrió la boca, pero en seguida la cerró. Si quería respuestas de Earl, mejor que no le discutiera lo de tomar una copa con su amigo.
– ¿Quién es esa linda felina que va contigo? -le preguntó Earl a Sloane, señalando a Kendall con una inclinación de cabeza.
– Un felino es un gato, inútil. -Ernie soltó una tos seca que dejó preocupada a Sloane.
– Es. Kendall -contestó a modo de presentación, señalando a Earl y a su amiga.
– Es mi mujer -aclaró Rick, con una especie de gruñido.
Sloane se alegró de que no hubiera sacado la pistola o enseñando el arma para demostrar su territorialismo de macho que tan habitual parecía en aquel lugar. Pero Rick era todo un profesional.
– ¿Qué os parece chicas? ¿Os sentáis con nosotros y le dejamos la mesa de billar a vuestros hombres? -sugirió Earl.
Kendall alzó la mirada. A Chase le palpitaba un músculo de la mandíbula y Rick en seguida deslizó la mano hacia la cintura de su esposa.
Maldita sea. Sloane necesitaba esa conversación, y sabía que Chase lo comprendería.
– Me parece perfecto -dijo pues, antes de que alguien pusiera alguna objeción. -¿Kendall? -Sloane lanzó una mirada suplicante a su amiga, pero dejó de preocuparse en cuanto vio en la mirada de Kendall que ésta estaba más que dispuesta a la aventura, a pesar de lo furioso que parecía su marido.
– Me parece bien. -Kendall confirmó la corazonada de Sloane.
– Estaremos aquí. -Chase señaló la reja que había junto a la mesa de billar. -Aquí mismo. -Y dirigió una mirada furibunda a Earl mientras le hablaba con tono amenazador.
– No recuerdo la última vez que estuvimos con unas mozas tan guapas como vosotras. -Earl cogió a Sloane del brazo y la condujo a la mesa mientras Ernie imitaba a su amigo y hacía lo mismo con Kendall.
Sloane lanzó una mirada de agradecimiento a Chase, quien inclinó la cabeza y no le quitó los ojos de encima ni un instante, por lo que se sentía segura y protegida.
Le gustaba ser la mujer de Chase Chandler.
– Esto no me gusta. -Chase bebía lentamente una cerveza sin quitarle ojo a Sloane, que bebía y hablaba con Earl y su amigo Ernie.
– ¿Y crees que a mí sí? -Rick indicó a la camarera con un gesto que le trajera otra cerveza. -La próxima vez, recuérdame que no me ofrezca a ayudarte.
– Cállate. -Chase se recostó en el asiento y decidió emplear el tiempo de forma inteligente y observar. Siempre le habían intrigado las distintas facetas de Sloane, aunque tenía que reconocer que nunca la había visto como la hija del senador, sino como una mujer relajada. Muy distinta de Madeline Carlisle y cómoda en su mundo. Había querido verla con su camisa puesta por algún motivo que no era racional.
No consideraba que esa Sloane fuese una fachada. Sin embargo, la mujer que se presentaba ante el mundo cuando hacía campaña a favor del senador Carlisle, sí lo era. Sloane quizá fuera más informal y relajada que su familia pero eso no significaba que, por naturaleza, le gustaran los excesos. Sin embargo, a juzgar por cómo se tomaba un chupito tras otro con Earl y Ernie, necesitaba permitirse el lujo de ser libre. Igual que la noche en que se habían conocido.
Chase se dijo que, teniendo en cuenta que había reprimido sus necesidades a favor de las de su familia durante demasiado tiempo, su rebeldía era positiva. Sin duda, cuando acabara su tiempo juntos agradecería la oportunidad de disfrutar de su libertad.
Cruzó los brazos sobre el pecho y asintió. Sloane y su situación resultaban perfectas para un hombre que deseaba evitar las relaciones y el compromiso, e incluso mejor para el reportero que quería ser el primero en revelar su historia. Así pues, ¿por qué esa idea lo hacía sentir vacío?
Sloane estaba mareada. Vertiginosamente mareada. Lo más probable es que al día siguiente tuviera una resaca considerable, pero por el momento estaba relajada y en compañía de Earl. Y éste tenía mucha información que darle. Por desgracia, sólo estaba dispuesto a hablar cuando las mujeres acompañaban sus respuestas con un trago de alcohol. Ella y Kendall habían conseguido convencer al viejo de cambiar el vodka por whisky para librarlas del desagradable sabor, pero el efecto era el mismo. Sloane estaba borracha.
– ¿O sea que ayer hablaste con Samson? ¿Y qué te dijo? -Sloane hizo girar el vaso entre las manos. Cuando bajó la mirada vio dos. No dos manos, que era normal, sino dos vasos, que sabía que no existían.
– Sí, señora. Llamó. A mí también me sorprendió, porque no suele gastarse el dinero en llamar por teléfono. -Earl describió círculos con los hombros y se llenó el vaso. -El muy idiota dijo que se había quedado sin casa por culpa de un incendio, pero que no me preocupara, que está escondido en un lugar seguro. -Earl desvió su atención al vaso de Sloane y se lo llenó hasta la mitad. -¿Has tomado alguna vez un coscorrón? -preguntó el viejo, pasando del tema preferido de Sloane al de Earl.
– Voy a buscar el ginger-ale -dijo Ernie, aprovechando la idea antes de que Sloane o Kendall tuvieran tiempo de responder.
Se dirigió a la barra y volvió al cabo de unos minutos con un litro de soda.
– Muchas botellas en la mesa -apuntó Kendall arrastrando las palabras. -¿Estáis conchabados con el dueño? -Observó la soda con curiosidad. Era obvio que tampoco sabía lo que era un coscorrón, pero a juzgar por el brillo de los ojos del viejo, estaban a punto de descubrirlo.
Earl se rió entre dientes.
– Somos buenos clientes. No le importa darnos botellas siempre y cuando se las paguemos. Y has dicho que invitabas tú. -Miró a Sloane con recelo, como si quisiera recordárselo.
– Y lo mantengo. -No le importaba pagar las bebidas, pero se estaba acercando a su límite de alcohol. Con un poco de suerte, con dos o tres preguntas como máximo sabría lo suficiente como para largarse de allí.
– Llena y hasta el fondo. -Ernie llenó del todo el vaso de chupito de Sloane con ginger-ale mientras Earl le explicaba los detalles más importantes del trancazo. Señaló el vaso de chupito. -Tapas el vaso ese con la palma de la mano y golpeas la parte de abajo contra la mesa. Se formarán burbujas y entonces te lo bebes de un trago. -Sonrió, satisfecho con sus indicaciones. -Ya verás con qué facilidad te baja el alcohol.
– El chupito baja entonces mejor, ¿eh? -Lo miró fijamente. Le veía los dientes borrosos y era incapaz de distinguir el espacio vacío que tenía en la boca. -¿Te importaría decirme por qué no me lo has dicho hace cinco tragos? -preguntó Sloane irónicamente.
Tomó aire para armarse de valor, golpeó el vaso y se tragó el chupito, pero por culpa de las burbujas empezó a toser hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas. Aunque tenía que reconocer que el hombre estaba en lo cierto.
– Ha sido mucho mejor -dijo, cuando fue capaz de hablar.
– Mi turno. -Kendall se echó a reír con un tono agudo y lo bastante elevado como para perforarle los tímpanos a Sloane. -Primero las preguntas. ¿Dónde dijo Samson que estaba?
Teniendo en cuenta lo que habían bebido, a Sloane le alucinaba que aún fuera capaz de centrarse en el tema de conversación que les interesaba. Le debía una a Kendall, y a la mañana siguiente le llevaría personalmente el café a modo de agradecimiento; eso si es que conseguía levantarse de la cama.
Las dos mujeres habían llegado a una especie de acuerdo tácito. Para evitar que alguna de ellas se emborrachara demasiado, alternaban las preguntas y, por tanto, los chupitos. Sloane no se imaginaba cómo se sentiría si hubiera estado allí ella sola. Probablemente estaría ya caída debajo de la mesa. Earl se encogió de hombros.