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Una vez tomada la decisión, ¿Chase retrocedió unos pasos, fuera del alcance de Sloane.

Ella se dio cuenta de inmediato. Junto con lo que le había oído decir a su madre, supo que el gesto de Chase era deliberado. Raina quería que sentase la cabeza con Sloane y Chase no quería saber nada de ese plan. No se arrepentiría. No vivía anclado en el pasado. Eso era lo que había dicho.

A Sloane no le quedaba más remedio que encontrar a Samson, arreglar el desastre en que se había convertido su vida y seguir adelante. Se volvió hacia Chase, resuelta a adoptar el mismo aire indiferente que él.

– Yo correré con los gastos del perro de Samson, pero gracias por ofrecerte -le dijo en un tono más formal y distante de lo normal. ¿Lo había imaginado o Chase se había estremecido al oír aquel tono frío?

– Bueno, independientemente de quién corra con los gastos, Chase puede irse contigo. Aquí ya no tiene nada que hacer. -Raina agitó la mano como para abarcar la habitación, sin percatarse de la frialdad que se había creado entre los dos jóvenes.

– No, no pienso irme hasta que los médicos me digan exactamente qué te pasa y cuál es el diagnóstico -replicó Chase. Y cruzó los brazos con firmeza. Sloane tuvo la impresión de que, más que dejarle las cosas claras a su madre, lo que hacía era volverla a excluir a ella.

– Tonterías -repuso Raina.

Chase arqueó una ceja.

– ¿En serio? Ya te saliste una vez con la tuya, mamá, pero esta vez esperaré a que el médico me cuente la verdad.

Raina frunció el cejo y los labios en señal de desaprobación y luego se volvió hacia Sloane.

– Bueno, antes de que vayas al veterinario, llama al doctor Sterling y asegúrate de que esté en la consulta. La gente del pueblo se aprovecha de su carácter bondadoso y esperan que haga más visitas a domicilio que un médico de los de toda la vida. -Raina jugueteó con los cables conectados al monitor cardíaco. -Quiero marcharme de aquí -farfulló de nuevo.

– Pronto. -Chase señaló el teléfono con la cabeza. -Mamá tiene razón. Llama primero al veterinario.

A Sloane no le gustaba que Chase le dijera en ese tono frío lo que debía hacer, pero sabía que era un consejo sensato, así que se dirigió hacia la mesa y descolgó el teléfono. Marcó el número que Raina le había indicado, escuchó y colgó, resignada.

– Tenías razón. Me ha salido el contestador automático.

– ¿Lo ves? -Raina sonrió, satisfecha de haber estado en lo cierto. -Ahora puedes quedarte con nosotros. -Dio una palmadita en la cama para que Sloane se sentara a su lado.

Ella le dedicó una sonrisa.

– Me gustaría, pero tengo que hacer un recado. -Además, saltaba a la vista que Chase no la necesitaba ni la quería allí.

– ¿Dónde? -preguntó Raina.

– No es asunto tuyo -intervino Chase.

Sloane tosió para disimular un gritito de asombro, tras lo cual se acercó a la madre de Chase y le dio una palmadita en la mano.

– Te agradezco la invitación. Voy a visitar la antigua casa de mi madre -le informó con una sonrisa. -Tengo la dirección que me diste.

– Oh, querida. No deberías ir sola.

– ¿Por qué no? -preguntaron Chase y Sloane al unísono.

Ella quería alejarse del hospital y de aquellos sentimientos contradictorios, y era obvio que Chase deseaba que se marchara.

Sloane le recordaba sus fallos y, al parecer, Chase Chandler tenía unos principios demasiado elevados, inhumanos. No se permitía deseos que se antepusieran a la familia. Sloane inhaló y se irguió. Bueno, peor para él. Ella quería a alguien humano en su vida. Además, tenía que encontrar a su padre. Por mucho que le apeteciera, no era buen momento para sumar las paranoias de Chase a las suyas.

Raina chasqueó la lengua, como si los reprendiera.

– Porque se trata de una experiencia emocional, y Sloane no debería enfrentarse a ella sola.

– Es el pasado de mi madre e, indirectamente, el mío. -Sloane se encogió de hombros para quitarle hierro al asunto, por lo menos hasta que saliera de la habitación. -Me las apañaré.

Raina exhaló exasperada.

– Pero es que no quiero que Chase se quede aquí. Su hijo la fulminó con la mirada y se apoyó en la bandeja portátil que servía de mesita de noche. -Razón de más para que me quede.

– Chase tiene razón -convino Sloane rechinando los dientes. No quería nada que él no estuviese dispuesto a dar. -No se quedará tranquilo hasta que sepa que vas a ponerte bien, y no le culpo. Me enfrentaré a mi pasado familiar, intentaré recoger al perro y luego volveré a casa de Chase. Confío en que Earl llame, o en encontrar una pista sobre el paradero de Samson para dejarlo todo arreglado y regresar a Washington. -Se recolocó la correa del bolso en el hombro. -No quiero ser una molestia para nadie.

– Tonterías. -Raina agitó una mano para restarle importancia. -No molestas a nadie. Pero si averiguas alguna pista, llama a Chase mientras esté aquí o en mi casa -dijo en tono autoritario.

– Aunque me cueste reconocerlo, estoy de acuerdo con mi madre. Si averiguas algo, llámanos. Quienquiera que persiga a Samson es peligroso -recomendó Chase con expresión preocupada y un atisbo de anhelo que era incapaz de ocultar.

Pero el anhelo no bastaba, no si no estaba dispuesto a actuar.

– No te preocupes -contestó Sloane meneando la cabeza. -Sé ocuparme de mí misma. Agradezco todo lo que tu familia ha hecho por mí hasta el momento, pero ahora tienes otras prioridades.

Haciendo un último esfuerzo, se marchó de allí como si Chase no significara nada para ella. No tenía otro remedio que aceptar que, salvo que él resolviese su propio conflicto, estaba sola. No era la primera vez que experimentaba esa sensación, pero ahora que había conocido a Chase, se sentiría más sola todavía.

CAPÍTULO 13

Sloane no perdió la valentía hasta que aparcó junto a la antigua casa de su madre. Al salir del coche, las rodillas le flaquearon y comenzó a temblar. Habría dado cualquier cosa porque Chase la hubiera acompañado, pero lo necesitaban en otro lugar y no le molestaba que estuviera con su familia. ¿Acaso no había ido a Yorkshire Falls para averiguar más detalles sobre la suya? Aunque no supiera con qué se encontraría.

Soplaba una brisa fría, lo cual le estimulaba la circulación y la adrenalina. Se envolvió con la chaqueta vaquera y observó la casa mientras se acercaba a ella. Parecía bien.conservada. Sloane supuso que las niñas que jugaban en el patio trasero y la bandera estadounidense que ondeaba en el porche indicaban que era una casa apreciada por sus ocupantes.

No quería asustar a las niñas presentándose de repente en el patio, así que llamó a la puerta para pedir permiso.

Una mujer abrió.

– ¿En qué puedo ayudarte? -Se secó las manos en los vaqueros y se apoyó en el marco de la puerta.

Al ver a la propietaria, una mujer con una media melena, uñas arregladas y una sonrisa amistosa, Sloane no supo por dónde empezar.

– Tal vez te parezca una tontería, pero mi madre se crió aquí y… bueno, ¿te importaría que echara un vistazo?

La mujer sonrió.

– No, en absoluto. -Abrió la puerta del todo. -Pasa. -Se hizo a un lado y dejó entrar a Sloane. -Soy Grace McKeever.

– Sloane Carlisle -repuso diciendo la verdad. Observó el papel pintado, con motivos florales, y el suelo y el mobiliario de madera oscura. Tuvo el presentimiento de que habían redecorado la casa recientemente y de que habría cambiado mucho desde que su madre viviera allí. -¿Hace mucho que vives aquí?

– Unos ocho años. Por lo que sé, la casa ha cambiado varias veces de manos. -Señaló la amplia entrada y la escalera circular que tenían delante. -No sé qué buscas, pero estás en tu casa.

«Hospitalidad de ciudad pequeña», pensó Sloane sintiéndose bien acogida, pero negó con la cabeza.