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– Gracias, pero no. -Sloane no sabía cuál había sido la habitación de su madre. -Sólo quería ver la cabaña del árbol. Me encantaría, si no te importa.

Grace se rió y se colocó el pelo detrás de una oreja.

– Claro que no. Mis hijos pasan mucho tiempo ahí. Ven, te la enseñaré. -Condujo a Sloane por la casa hasta la cocina y luego por una puerta corredera de cristal que daba al patio trasero.

Este se extendía ante sus ojos y se imaginó a su madre jugando allí de niña. O tal vez no, teniendo en cuenta la educación represiva y las estrictas normas del abuelo. Pero era innegable que ahora mismo allí había dos adolescentes riéndose y seguramente hablando de chicos.

Del mismo modo que Jacqueline y Raina habían hablado del hombre a quien Jacqueline quería. El hombre llamado Samson. Su padre.

– Chicas, es hora de que Hannah vuelva a casa -gritó Grace.

– ¿Puedo quedarme, Grace? Llamaré a Kendall y estoy segura de que le parecerá bien. Además, no sabe cocinar y prefiero comer aquí. -Una jovencita rubia y guapa muy maquillada llegó corriendo.

Por los nombres pronunciados, Sloane sabía que estaba ante la hermana de Kendall, Hannah. El hecho de que ambas chicas no pararan quietas le recordó a sus hermanas gemelas y se esforzó por no reírse.

Una joven morena tan guapa como Hannah se acercó a ésta.

– Venga, mamá. Hay comida de sobra para todos.

Grace arqueó una ceja.

– Y lo sabes porque… ¿me has ayudado a preparar la cena? -preguntó con sarcasmo.

– Porque siempre preparas mucha comida y, además, Hannah no come mucho, ¿a que no, Hannah?

– Es verdad. En serio. -La hermana de Kendall sostuvo una mano en alto.

– Bueno, hemos quedado para cenar con tu padre en Norman's y Hannah puede venir con nosotras si quiere. Kendall podría recogerte allí mismo o puedo dejarte en casa cuando volvamos. Pero llámala y asegúrate de que le parece bien.

– Genial, mamá, ¡gracias!

– Gracias, Grace. ¡

Las chicas salieron disparadas antes de que Sloane tuviera tiempo de presentarse.

– Lo siento. Ojalá pudiera decir que suelen tener mejores modales, pero son adolescentes y sólo piensan en sí mismas. -Sonrojada, Grace se echó a reír.

– No pasa nada. Tengo hermanas y lo comprendo.

Grace asintió.

– Gracias. Ahí está la cabaña. -Señaló el final de la finca, hacia un árbol grande. -No hay prisa, ¿de acuerdo? Ha sido un placer conocerte.

Sloane le sonrió. -Lo mismo digo.

– No se me ha ocurrido preguntarte dónde vives, pero estoy segura de que volveremos a vernos. -Grace se volvió y se encaminó hacia la casa mientras Sloane se preguntaba por qué no se había molestado en corregirla y decirle que no vivía en Yorkshire Falls.

Ahondar en ese asunto en esos momentos sería una fuente de dolor y, con un padre desconocido en perspectiva, tenía la corazonada de que dolores no le iban a faltar. Se acercó a la cabaña del árbol y se disponía ya a subir por la precaria escalera cuando oyó un ruido en los arbustos. Parecía que hubiese alguien al acecho. Miró hacia la casa, pero Grace ya había entrado.

El corazón comenzó a palpitarle, aunque le parecía una tontería sentir miedo en aquel pueblo tan tranquilo.

– ¿Hola? -dijo tratando de aparentar normalidad.

Volvió a oír crujidos y vio a un hombre que se ponía de pie y se disponía a salir corriendo.

– No, espera. -Algo la impulsó a detener al desconocido antes de que huyera.

La figura se detuvo y se volvió hacia Sloane. Unos ojos familiares la miraron desde un rostro masculino curtido y sin afeitar.

– ¿Samson? -conjeturó.

– Te pareces a tu madre -dijo él sin preámbulos ni formalidad alguna.

– ¿Es eso un cumplido? -Sloane tragó saliva, estremecida. Después de tanto buscarlo, allí estaba. Así de fácil.

– Interprétalo como quieras. -La miró de hito en hito durante unos incómodos instantes y, de repente, se dio la vuelta para marcharse.

– No te vayas, por favor -le suplicó Sloane, presa del pánico.

Samson se detuvo, pero no se volvió.

– ¿Por qué has venido aquí? -le preguntó Sloane; quería saber si lo había empujado el mismo sentimiento que a ella, si el destino era tan desconcertantemente simple.

Samson se encogió de hombros.

– Tampoco es que tenga muchas más alternativas.

– Tu casa. Siento lo del incendio.

– Salvo que encendieras la cerilla, no deberías sentirlo.

Sloane apretó los puños y los abrió. Saltaba a la vista que a Samson le daba igual que alguien se preocupase por él, pero Sloane decidió no darle más vueltas al asunto en esos momentos. Confiaba en que pudiesen pasar más tiempo juntos.

– Pero ¿por qué has venido aquí? ¿Por qué ahora?

– Me cansé de evitar a los polis.

– ¿Cómo dices? -Contuvo el impulso de acercarse a él ya que temía que saliese corriendo.

– No podía ir a ningún sitio público, así que decidí venir aquí. A veces lo hago, cuando las chicas están en el instituto.

– ¿Porque la cabaña del árbol te trae recuerdos? -conjeturó Sloane.

Samson se limitó a gruñir.

Ella lo interpretó como una respuesta afirmativa. Estaba sola y además se había encerrado en el pasado. Sloane pensó que su historia era cada vez más triste y, aunque se alegraba de» verlo, ahora contemplaba su propia vida desde una perspectiva diferente. Samson no le habría brindado las oportunidades que Michael Carlisle le había dado.

– Tengo que irme.

– Pero quiero conocerte. -Cualquier cosa serviría con tal de que no se fuese. -Y he oído decir que querías conocerme.

Samson frunció el cejo.

– Lo que quería era verte de cerca. Para asegurarme. Ahora ya puedo irme.

A Sloane le habían dicho que Samson era hosco y antisocial, pero nunca se había imaginado que sería tan desagradable con ella. «¿Qué esperabas, Sloane, una reunión familiar acogedora y alegre?», se preguntó. Eso no pasaría. Samson no era un Chandler ni tampoco un Carlisle, y Sloane no tenía derecho a esperar que se comportase como uno de ellos. Al fin y al cabo, ya se lo habían advertido.

Pero Samson compartía parte de la sangre que le corría por las venas y no pensaba desaparecer de su vida como si nada. Ya tendría tiempo de analizar la desilusión que sentía, pero en esos momentos no pensaba darse por vencida.

– ¿De qué querías asegurarte? ¿De que era tu hija? -le preguntó.

– Sí. -Samson alargó la mano, como si quisiera tocarla, pero la dejó caer. -Tienes el pelo de tu madre y los ojos de mi madre. Estoy seguro de que eres hija mía. ¿Quién te dijo que el todopoderoso senador no era tu padre? -le preguntó sin ningún tacto.

A juzgar por el tono de Samson, estaba enfadado con el senador y no se fiaba de él. Era cauto, y Sloane lo comprendía. Pero Michael no tenía la culpa y debía explicárselo a Samson. Sobre todo si quería que los hombres de Michael dejaran de perseguirlo.

^Mi padre…, es decir, el senador Michael Carlisle reconoció que no era hija suya -respondió tratando de añadir un efecto realista a la verdad.

Samson alzó la cabeza y sus miradas se encontraron.

– Fui a Washington hace varias semanas. Hablé con el senador y me lo dijo.

La noticia sorprendió a Sloane.

– ¿Qué te dijo exactamente?

– Dijo que te contaría la verdad sobre mí, que ya eras mayor para asimilarla. Como el maldito idiota que soy, lo creí. Sloane entrecerró los ojos.

– Michael no miente -le aseguró a Samson. Estaba convencida de que el senador se lo habría contado. Madeline misma se lo había dicho así.

– Entonces, ¿por qué sus matones me dijeron que desapareciera? ¿Y por qué mi casa saltó por los aires justo después?

Sloane parpadeó a medida que iba comprendiendo los detalles de la situación.

– Todo eso sucedió sin el conocimiento de Michael.