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– Habla claro, jovencita. ¿Quién no sabía qué? -Samson dio una patada en el suelo de tierra con la desgastada zapatilla de deporte.

Samson había vuelto a bajar la mirada, aunque seguía allí, lo cual era todo un1 progreso.

– Los hombres de Michael actuaron por su cuenta, sin consultarle. El no sabe que te amenazaron. Estoy segura de ello.

– ¿Y por qué estás tan segura?' ¿Porque ha sido un dechado de virtudes y siempre te ha contado la verdad?

Sloane se estremeció y aceptó la bofetada verbal. Tenía parte de razón, pero ella se sentía obligada a defender al hombre qué la había criado.

– Michael siempre ha obrado en mi interés, o en lo que creía que era mi interés -le explicó. -Tal vez me ocultara la verdad, pero es un hombre de palabra. Si dijo que me lo contaría, es porque iba a hacerlo. Sus hombres actuaron por cuenta propia. Apostaría mi vida si fuera necesario.

– ¿Ha sido buena? -le preguntó Samson en un tono que sorprendió a Sloane. Inspiró hondo, desconcertada. Durante unos instantes, un hombre preocupado y cariñoso había sustituido al viejo hosco. -¿Ha sido una vida buena?

A Sloane se le humedecieron los ojos.

– Sí, ha sido una vida maravillosa.

Samson suavizó la expresión del rostro.

– Me lo imaginaba. Lo comprobé en persona cuando regresé a por tu madre. Se había casado con otra persona. -Sin mediar palabra, Samson se sentó sobre la hierba, como si no pudiese soportar el peso que suponía contar aquella historia.

Sloane se agachó y se quedó en cuclillas junto a él.

– ¿Fuiste a buscar a Jacqueline? -Sloane arrancó una brizna de hierba y la retorció entre los dedos; le era más fácil concentrarse en algo material que en el doloroso pasado de sus padres.

– Es una forma de hablar. -Samson entornó los ojos y miró hacia el sol. -Me aseguré de que vivía bien. Pero entre otras amenazas, su padre me dijo que si no me mantenía lejos de su hija, se aseguraría de que los usureros que le habían prestado dinero a mi padre fueran a por él. Tu abuelo dijo que Jacqueline sólo tenía dieciocho años y que yo no podría mantenernos a los dos. Si aceptaba sus condiciones, dijo que haría desaparecer las deudas de mi familia.

– Y aceptaste.

Samson asintió.

^Antepuse la familia a mis deseos. No tenía elección.

«Como Chase», pensó Sloane estableciendo un paralelismo inesperado. Dos hombres dispuestos a renunciar a ella por el bien de la familia. Se dio cuenta de que el planteamiento era irracionaclass="underline" Samson no sabía que Jacqueline estaba embarazada, mientras que Chase se había apartado de Sloane de manera plenamente consciente.

– No sabías que Jacqueline estaba embarazada, ¿verdad? -preguntó Sloane para asegurarse.

– No, pero estaba casada con alguien que tenía dinero y que le proporcionaría una vida mucho mejor de la que yo podría haberle ofrecido.

Sloane trató de contener las lágrimas en vano.

– ¿Cómo supiste de mi existencia? -le preguntó susurrando.

– Por las imágenes. Cuando comenzó la campaña presidencial te vi en la televisión con el senador. Tu pelo rojo ondeando al viento. Fui a la biblioteca, averigüé cuándo habías nacido y até cabos. -Tosió y acabó riéndose. -Apuesto a que creías que tu viejo ni siquiera sabía qué era una biblioteca, sin embargo antes era más listo, antes de que la vida se interpusiera en mi camino.

Sloane levantó una mano, pero pensó que no serviría de nada y la dejó caer. No sabía qué decir.

– En cuanto supe la verdad, fui a ver al todopoderoso senador. Me dijo que te contaría la verdad y que nos conoceríamos. Al cabo de una semana, un hombre se presenta en mi casa y dice que el senador ha cambiado de idea. No pensaba arriesgar su carrera por alguien como yo. Reconocer la verdad supondría una amenaza para la campaña. -Golpeó la hierba con la mano. -Yo lo único que quería era verte una vez, hablar contigo, comprobar que eras hija mía y marcharme. -Se levantó, dispuesto a hacer precisamente eso.

– Samson, espera. -Sloane se puso en pie de un salto para detenerle pero, en ese preciso momento, oyó que Grace la llamaba.

– No estoy de humor para ver a nadie. -Samson se dirigió hacia los arbustos.

Sloane se quedó muda. No quería despedirse todavía, y menos sin saber cómo volver a dar con él.

– ¿Sloane? -Grace la llamaba desde el porche entarimado de la casa.

Sloane miró hacia allí.

– Ya voy. -Cuando se volvió, Samson había desaparecido.

Dejó caer las manos a los costados, desalentada por la oportunidad que acababa de dejar escapar.

Regresó a la casa pensando en Samson. Había conocido a su padre, y no había imaginado que todo acabaría tan rápido. Mientras recorría el césped en el que su madre había crecido, se estremeció al pensar que en aquel pueblo se sentía como en casa, o al reconocer el extraño vínculo que había sentido con el hombre excéntrico que había huido en cuanto había aparecido otra persona.

– Sólo quería decirte que nos marchábamos -le dijo Grace mientras Sloane subía la escalera del porche. -Las chicas están en el coche, las voy a llevar a cenar. -Fingió estremecerse ante esa idea. -Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras.

– Gracias, Grace, has sido muy amable.

– No hay de qué. Te he visto con alguien. ¿Hablabas con los vecinos?

– Algo así. -Sloane se encogió de hombros, ya que no quería revelar el escondite de Samson. -Creo que yo también me marcho.

– Pero si ni siquiera has subido a la cabaña. -Grace señaló hacia lo lejos. -Es un lugar increíble. Sloane sonrió.

– Entonces tendré que volver otro día, si te parece bien. Grace asintió.

– Por supuesto que sí. Vamos. Te acompañaré hasta la calle.

Mientras salían por el camino de entrada, Grace habló de cosas triviales hasta que llegaron a los coches. El vehículo de alquiler de Sloane bloqueaba el paso del monovolumen de Grace.

– ¿Lo ves? Habría tenido que moverlo de todas maneras para que pudieras salir.

Grace se dispuso a abrir la puerta del coche y se detuvo.

– Hannah me ha dicho que cree que eres la nueva novia de Chase.

Sloane se rió.

– No sé qué es peor, lo rápido que corren los rumores en un pueblo o la visión que tiene de las cosas una adolescente.

– ¿Quieres decir que Hannah exagera? -Grace se llevó la mano al pecho y adoptó una expresión de perplejidad. -Cuenta, cuenta -dijo riéndose.

Sloane puso los ojos en blanco.

– Digamos que eso es la punta del iceberg.

A Grace se le iluminó el rostro de curiosidad y se frotó las manos.

– Parece una historia interesante.

– Que no vale la pena contar -repuso Sloane tratando de ocultar en vano la desilusión que sentía por el rumbo que había tomado su relación con Chase.

Se despidió de Grace y de las chicas antes de subir al coche y salir del camino de entrada.

Trató de contener la espiral de emociones y evitar cualquier pensamiento o sentimiento relativos a Samson. Necesitaba tiempo para asimilar la conversación que habían mantenido, para comprender los hechos que lo habían convertido en el hombre que era. Sin embargo, no pensar en Samson significaba concentrarse en Chase. Y la perspectiva tampoco era halagüeña.

A pesar del dolor, el sentido común le indicó, que no podía culparlo de no entregarse; al fin y al cabo, él nunca le había prometido tal cosa. Había tenido suerte de que la ayudara tras el accidente y debería sentirse agradecida por el tiempo que habían compartido. Era una buena persona, un hombre que en otra vida habría sido un marido maravilloso.

Pero Chase Chandler ya había tomado una serie de decisiones y Sloane no figuraba en ninguna de ellas.

– Si no fuera porque parece imposible, diría que yo misma me provoqué los problemas cardíacos. -Raina observó su dormitorio, contenta de estar de nuevo en casa, un tanto asustada por la dolencia y sintiéndose más que culpable por lo que les había hecho a sus hijos.