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Eric se sentó a su lado. Raina había redecorado el dormitorio que había compartido con John, su esposo, y desde hacía poco había comenzado a pensar que aquel espacio también era de Eric.

– Como médico tuyo, te aseguro que la farsa no provocó esta enfermedad. -Le tomó la mano y se la llevó al corazón. -Pero como el hombre que te quiere, debo decirte que el estrés que has vivido últimamente no te ha beneficiado.

Raina asintió.

– Lo comprendo, en serio. Sólo deseo que Chase se percate de su error…

Eric la interrumpió al levantarle la mano y besarle los nudillos. Raina pensó que Eric siempre lograba que se callara de forma sorprendente, y el corazón comenzó a palpitarle mientras una sensación cálida le recorría el cuerpo.

– Me gusta cuando me tocas -le dijo.

– ¿Ves lo fácil que es hacerte pensar en otra cosa? -repuso Eric riéndose. -Cada vez que menciones a los chicos tendré que besarte hasta que los olvides.

Raina se apoyó en la almohada y se volvió hacia él.

– Quiero casarme. Quiero que puedas hacerme callar cuando quieras, de día o de noche. -Lo atrajo hacia sí. -Quiero prepararte el desayuno todas las mañanas y que te ocupes de mí todas las noches.

– Raina Chandler, ¿qué pensaría el pueblo si supiera lo muy anticuada que eres? Ella se rió.

– Pensarían lo que ya sé, que tengo suerte de haberte encontrado. Y puesto que la vida es tan corta, no quiero aplazar más el que compartamos nuestras vidas.

– Nunca te lo he impedido.

– Sé que ha sido culpa mía, que he sido yo la que ha insistido en esperar. Sólo quería que mis hijos fueran felices. Eric le acarició la mejilla.

– Y lo son, Raina. Los has criado bien. Ha llegado el momento de que los dejes seguir su propio camino.

– ¿Ahora? ¿Antes de que Chase arregle este desaguisado? Eric le dedicó una sonrisa.

– ¿Qué mejor regalo podrías darles? ¿Qué mejor regalo podrías darte que dejarlos en manos de su criterio y de su destino?

– Para serte sincera, el criterio de Chase es excelente cuando se trata de la familia, pero deja mucho que desear cuando se trata de su vida personal.

Eric soltó una carcajada.

– Te quiero, Raina. Veamos, ¿qué te parece si fijamos una fecha?

Sonó un timbre, y eso evitó que Raina respondiera.

– Es el horno. Estaba calentando la comida de Izzy. Tengo que ir a echar un vistazo antes de que se queme -dijo Eric mientras se levantaba de la cama, -pero no creas que he olvidado dónde nos hemos quedado.

– Claro que no. -Esperó a que Eric saliera por la puerta del dormitorio. Ni se imaginaba lo muy afortunada que había sido la interrupción porque Raina no pensaba casarse hasta que Chase le pidiese a Sloane que se casase con él.

¿Dónde estaba Sloane? Chase había dejado a su madre en su casa hacía horas, en manos del siempre competente Eric, y había vuelto a su domicilio esperando encontrar a su invitada, pero allí no había nadie. Tal como debía ser.

Entonces, ¿por qué no se sentía mejor?

Porque Sloane le importaba, porque la quería a su lado. Frustrado, propinó una patada al suelo enmoquetado.

Recogió las llaves y se dirigió hacia la puerta en el preciso instante en que ella entraba lentamente, ajena al hecho de que Chase había estado yendo de un lado para otro inquieto. El quería respuestas, saber dónde había estado después de la cena, pero al ver la expresión aturdida y desorientada de Sloane, cambió de idea.

De hecho, había caído en la trampa más vieja del mundo. Trató de superar el enfado y exhaló con fuerza. Sabía que Sloane había ido a la antigua casa de su madre, pero de haber ocurrido algo grave ella lo habría llamado. Se lo había prometido.

¿O acaso Raina le había pedido que luego fuese a verla? Ya no lo recordaba.

– ¿Dónde has estado? -La observó con detenimiento para no perderse ningún detalle de su expresión y adivinar qué estaba pensando.

Sloane se encogió de hombros.

– Por ahí. -Pasó por su lado mientras agitaba los brazos junto a los costados. Sin mirarlo a los ojos.

– Has dicho que irías a la antigua casa de tu madre. ¿Te han disgustado los recuerdos? -A pesar de no estar plenamente convencido, le rodeó los hombros con el brazo y la atrajo hacia sí.

Chase sintió que Sloane se resistía, intentando mantener la distancia que él había creado en el hospital. Pero, del mismo modo que a él sus sentimientos más sinceros lo llevaban hacia ella, Sloane acabó cediendo.

Su cuerpo se moldeó con el de Chase y apoyó su peso en él.

– He encontrado a Samson -dijo, mientras sentía que las piernas le flaqueaban.

– ¿Qué? -Chase le dio la vuelta y la sostuvo para evitar que se derrumbara.

Sloane lo miró con los ojos muy abiertos.

– He encontrado a… mi padre. A mi verdadero padre. -Se le quebró la voz y se derrumbó. -He ido hasta la cabaña del árbol y… -Colocó las manos frente a sí, como si implorase. -Y allí estaba, como si se hubiera materializado de la nada.

Así era Samson, pensó Chase. Iba y venía a su antojo sin que a nadie le importara lo suficiente como para fijarse en él. Se dejaba ver sólo cuando le venía en gana. Pero después de la explosión y su posterior desaparición, no era casual que Sloane se lo hubiera encontrado. Era obvio que él había ido a su encuentro. Si no era así, entonces es que Samson había ido a la cabaña del árbol por el mismo motivo que Sloane, en busca de paz y tranquilidad. Chase se preguntaba si ambos habrían encontrado las respuestas que buscaban.

– Ahora ya sabes dónde he estado. -Sloane se estiró e irguió.,

El lenguaje corporal indicaba que ya no necesitaba a Chase, pero él ya la conocía. Percibió el deseo en su mirada, el mismo que lo consumía a él. No sólo se trataba de un deseo físico que cualquiera podría satisfacer, sino también de uno emocional que sólo ella podría calmar. Chase sentía la imperiosa necesidad de poseerla y aliviar su dolor.

– Tengo que descansar -dijo Sloane y se dispuso a irse, pero Chase la detuvo apenas tocándole al brazo. Ella se volvió y arqueó una ceja. -¿Pasa algo?

«Joder, claro que sí», pensó Chase. Pasaban muchas cosas. Desde los sentimientos contradictorios hasta el acuciante deseo de arrastrarla hasta la cama y hacerle el amor… sin palabras, sin preguntas. Pero eso no arreglaría nada, ni sus problemas ni los de ella.

A juzgar por la expresión de Sloane, estaba bastante dolida.

– Has dicho que acabas de conocer a tu padre verdadero y justo después que necesitas descansar. ¿No crees que te has dejado algo importante por el camino?

– Nada de lo que no pueda ocuparme sola. -Sloane apartó la mirada para darle a entender de forma harto significativa que lo excluía a propósito.

– No tienes por qué ocuparte sola de las cosas -le recordó Chase, aunque sus palabras no se correspondían con su voluntad.

Sloane ladeó la cabeza con un aire desafiante que no presagiaba nada bueno.

– ¿Ah, no? ¿Desde cuándo comparto mi vida con alguien?

– ¡Touché!-Chase se estremeció. -Sabes que puedes contar conmigo.

– Sí, lo sé -repuso Sloane bajando la mirada- porque tú, Chase Chandler, eres el salvador de todo el mundo.

Sloane se mordió la cara interior de la mejilla, conteniendo el impulso de hacer lo que Chase le sugería, apoyarse en él y dejar que sus problemas fueran más llevaderos; al menos mientras él la abrazara y la protegiese.

– Entonces déjame hacer lo que mejor se me da -dijo Chase.

Bastó verle la sonrisa torcida y el guiño pícaro para que Sloane sintiera la tentación de ceder. Pero también pensó que Chase se había especializado en acudir al rescate de los necesitados por un único motivo: lo sentía como su deber.

– Ojalá pudiera entregarme con la misma facilidad que tú. -Sloane se esforzó por no mirarlo. -Ahora mismo estás conmigo, pero dentro de nada me habrás dejado. No me malinterpretes, entiendo el porqué…