– Entonces ya entiendes mucho más que yo -la interrumpió Chase. Se pasó la mano por el pelo antes de pellizcarse el puente de la nariz, un gesto que Sloane sabía que denotaba reflexión y que hacía que aún le resultase más atractivo. Maldita sea.
– Ha sido un día largo. Entre la repentina enfermedad de tu madre y la aparición de mi padre, bueno, ya no necesitamos más dramas en nuestras vidas.
– No, pero ahora mismo yo sí te necesito a ti -declaró con voz ronca, y Sloane no dudaba de ello. «Ahora mismo.» Eso era lo que le molestaba.
A pesar de esas aprensiones, también se sentía liberada. Chase no había cambiado de actitud desde que se habían conocido, era ella la que lo había hecho. Sloane deseaba el mismo final feliz que tanto ansiaba Raina, y lo quería con Chase. Sabiendo que nunca lo conseguiría, decidió pasarlo bien con él una última vez.
Tras el encuentro con Samson, Sloane se sentía más vulnerable que nunca. Se tragó el orgullo y le tendió la mano.
– Yo también te necesito -admitió.
CAPÍTULO 14
Gracias a Dios. Tal vez fuera egoísta, pero Chase no sería tan idiota como para no aceptar lo que Sloane le ofrecía. Mientras la tomaba de la mano, la miró a los ojos y vio irrevocabilidad, una irrevocabilidad a la que no le apetecía enfrentarse en esos momentos.
No cuando podía gozar con ella y consolarla al mismo tiempo. No sabía cuál de las posibilidades lo satisfacía más, pero sí sabía cuáles serían las consecuencias de dejarse llevar por los impulsos del corazón. Sin embargo, éste no debía dictarle el futuro, a no ser que quisiera renunciar a sus sueños. Otra vez. En esta ocasión tenía en sus manos revelar una noticia que daría el espaldarazo definitivo a su carrera. Otro asunto es que tuviera que ser a expensas de Sloane.
Dejó de pensar en ello para concentrarse en deseos más acuciantes; y el blanco de éstos era Sloane, la mujer que lo atraía de forma especial, la mujer que mejor lo comprendía.
Primero comprobó el cerrojo de la puerta que daba al estudio de,4a planta baja y luego a la entrada. En cuanto se hubo asegurado de que no los molestarían, fue al encuentro de ella. Presentía que sería la última vez que estarían juntos y, en caso de ser cierto, se aseguraría de que resultara inolvidable para ambos.
Sloane se apoyó en la pared con una mirada seductora y resuelta. Le tendió la mano y Chase se le acercó de buena gana. No supo quién fue el primero en besar, pero en cuanto saboreó los labios húmedos de Sloane quiso probar el resto, y no pensaba esperar.
Entre un beso apasionado y otro, lograron llegar al dormitorio, donde se deshicieron de la ropa al igual que de toda inhibición. En un abrir y cerrar de ojos, Chase estaba en la cama junto a ella, cuyo cuerpo desnudo y sensual lo esperaba deseoso.
Chase inclinó la cabeza y se concentró en uno de los generosos pechos; se lo masajeó con una mano mientras se acercaba a la boca el pezón erecto para lamérselo. Sloane arqueó la espalda y gimió de placer; entonces le empujó la cabeza dándole a entender que su otro pecho quería el mismo trato.
Complacido, Chase recorrió con la lengua la distancia que separaba ambos senos.
– Humm -susurró Sloane con sensualidad.
Chase le rodeó el otro pezón y se lo mordisqueó mientras le sujetaba el pecho con la mano. Quería continuar recreándose con el cuerpo de Sloane, pero el suyo estaba tenso, necesitaba liberarse, y no pensaba negarle ese placer.
Chase le separó los muslos y, mientras sus miradas se encontraban, la embistió y notó que Sloane ya estaba húmeda, preparada. Y mientras sentía que se liberaba, el sexo era lo último en lo que estaba pensando, a medida que una emoción inesperada y abrumadora se apoderaba de él.
El teléfono despertó a Sloane de un sueño profundo y placentero. No se había dado cuenta de lo cansada que estaba, pero había dormido toda la noche sin despertarse ni una sola vez. Se dio la vuelta al mismo tiempo que Chase respondía.
– ¿Sí?
Sloane cerró los ojos y dejó que la envolviera el sonido de la profunda voz de Chase. Consciente de que al cabo de unos minutos se levantaría y desaparecería para siempre de su vida, esos últimos minutos le resultaron amargos. Pero no tenía otra elección. Sloane no quería seguir siendo un compromiso para Chase. Quería que la relación fuera de igual a igual o no tenerla.
– Eh, hola, Román. ¿Dónde estás? -le preguntó Chase.
Sloane se acomodó en su lado de la cama y escuchó.
– Pues quédate en casa de mamá -dijo Chase. Al ver la mirada de Sloane, añadió: -Están de camino a Yorkshire Falls, pero llegarán tarde. Están pintando su casa de aquí y los vapores no le convienen a Charlotte.
Sloane asintió y Chase volvió a dirigirse a su hermano.
– ¿El coche de Eric está en la entrada de la casa? Pues quédate con Rick -farfulló. Por su evidente tono de frustración, resultaba obvio que Chase no quería acoger a su hermano y a su cuñada.
Al parecer, no le apetecía que los molestasen. O tal vez pensase que Sloane ya tenía ocupado el cuarto de los invitados. En cualquier caso, se equivocaba.
Sloane iba a marcharse.
– Chase, diles que se queden en el cuarto de invitados. -Se irguió y se cubrió los pechos desnudos con la sábana.
Chase sostuvo una mano en alto, indicándole que esperara, sin escucharla.
– ¿No hay una habitación libre en la casa de invitados de Pearl y Eldin? Así Charlotte no tendrá que subir escaleras. Chase escuchó a su hermano y luego frunció el cejo. -¿Qué pasa? -preguntó Sloane.
– Al parecer, Charlotte ya ha tenido contracciones. El médico le ha dicho que descansara y que nada de escaleras -le explicó Chase. -¿Cómo dices, Román? -volvió a concentrarse en la llamada de su hermano.
Sloane esperó.
Chase se pasó la mano por el pelo y se quejó: -Pearl y Eldin ¿qué? -preguntó con incredulidad. -¿Qué invitado iban a tener? Aparte de Kendall, hace años que no reciben visitas. Si tuvieran compañía, lo sabríamos. Pearl nos lo cuenta todo. Sloane se rió.
– ¿Recuerdas las bolsas de la compra rebosantes? -le recordó a Chase. -Está claro que en la casa hay alguien más.
De repente, Sloane cayó en la cuenta. Su padre. Samson se ocultaba en casa de Pearl y Eldin, lo cual explicaba que estuviera cansado de «evitar a los polis». Trataba de eludir a Rick continuamente, ya que vivía delante de sus narices. Si la situación no fuera tan patética, incluso habría resultado divertido.
– Sé que aquí también hay escaleras -dijo Chase. -Venid y ya se nos ocurrirá algo.
Perfecto, pensó Sloane, porque en cuanto ella se fuera, a Chase le vendría bien tener compañía.
La voz de Chase hizo que volviera a escuchar la conversación con su hermano.
– Pearl y Eldin no pagan alquiler y encima ahora tienen invitados. ¿No crees que se están aprovechando? -Chase escuchó y luego añadió: -Sí, hasta luego. -Colgó sin dejar de farfullar.
– Hoy estás de un humor de perros. -Sloane lo miró con recelo.
Chase dejó escapar un largo suspiro.
– Entonces ven a alegrarme el día. -Le tendió los brazos y esperó que Sloane fuera a su encuentro. Pero al mirarle, Sloane percibió la misma cautela que ella sentía en el corazón.
Había llegado el momento.
Negó con la cabeza.
– No puedo. Los dos necesitábamos lo de anoche, pero lo nuestro se ha acabado, ¿no crees?
Chase se irguió en la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho, barrera que no disuadiría a Sloane.
– Lo has decidido tú -repuso él.
Sloane se rió con amargura.
– Pues no. -Se levantó, recogió una de las camisetas de Chase y se la puso. Al menos estaría tapada hasta que llegase a la habitación de invitados, se duchase, hiciese las maletas y se marchara. -Lo has decidido tú -dijo en voz baja.