Si su padre iba a buscarla, Sloane, lo mismo que Samson, era un blanco andante.
En la cabaña del árbol, el aire olía a otoño. Las paredes de madera impedían que el viento penetrante se colase por todas partes, pero entraban ráfagas de aire frío por una pequeña ventana. Sloane se estaba helando, aunque no importaba. No tenía adonde ir, así que llevaba varias horas sola.
Se hizo un ovillo, cerró los ojos y se recostó cuando, sin previo aviso, el ruido de alguien subiendo por la desvencijada escalera que conducía a la cabaña la pilló desprevenida.
Lo mismo que su visitante.
Samson pasó por la puertecita y se sentó a su lado. Sloane lo miró con recelo, sin entender por qué había ido a su encuentro después de haberla rechazado. Se negó a allanarle el camino, por lo que se sujetó con fuerza de las rodillas y esperó.
– Te mereces un padre mejor. Sloane apretó los puños.
– No eres quién para decidir lo que me conviene. Además, no escogemos a nuestros padres. Eso es cosa del destino. -Lo mismo que se quedaría con el hombre que el «destino» le proporcionase.
Samson llevaba una chaqueta verde enorme y pantalones de soldado arrugados. El viento le había despeinado el pelo cano y el rostro surcado de arrugas evidenciaba los estragos de una vida que no había sido fácil. Pero Sloane percibió en su mirada emociones y afectos intensos que no había visto con anterioridad. Era un hombre que sabía ocultar sus sentimientos y sólo los mostraba cuando confiaba en la otra persona.
Puesto que Sloane había ido a buscarlo al pueblo, tal vez Samson confiara en ella.
– Pues tendrás que cargar conmigo. -Samson hundió las manos en los bolsillos de la chaqueta y se balanceó.
– Es una posibilidad -dijo Sloane esbozando una sonrisa. Respiró hondo y decidió reconciliarse con él. -Prefiero pensar que el destino me ha bendecido con dos hombres buenos y distintos como figuras paternas. La diferencia es que tú has llegado más tarde.
Samson ladeó la cabeza.
– ¿Por qué eres tan buena conmigo?
– ¿Y por qué no? Aparte de que llevamos la misma sangre, nos hemos perdido muchas cosas me gustaría ponerme al día, y conocer así mejor a mi verdadero padre.
– Pues vaya bufón te ha tocado. -Samson se señaló con una mueca de repugnancia. -Supongo que no estoy a la altura del senador, ¿no?
Sloane meneó la cabeza al percatarse de que volvía a referirse a sí mismo en términos humillantes y se preguntó cómo lo habría tratado la vida para que llegase a esos extremos. Pero también se dio cuenta del cambio de tono, lenguaje y modales. Ya no parecía un paleto que no sabía expresarse, sino que se dirigía a ella como lo haría un hombre más educado. «La clase de hombre que habría atraído a Jacqueline», pensó Sloane.
– Nunca te he comparado con Michael, del mismo modo que no me gusta que me comparen con mis hermanas o con mi madrastra. Somos personas diferentes. He venido a buscarte y me alegro de haberte encontrado. ¿Y tú? -Lo miró con recelo.
– Por supuesto que sí.
Sloane se sintió aliviada, pero no pensaba lanzarse a sus brazos y echar a perder aquel momento. Todavía. Tenían que conocerse mejor. Sloane ya había descubierto que si ella se emocionaba más de la cuenta, Samson salía corriendo, así que decidió cambiar de tema.
– ¿A qué viene el papel de paleto? A veces parece que hables como si ni siquiera hubieras acabado la escuela; en cambio otras es como si fueras una persona culta, y te diriges a mí como un auténtico caballero. -Se inclinó hacia él. -¿Por qué recurres a esa tapadera?
– Salta a la vista -farfulló Samson. Sacó del bolsillo lo que parecía un paquete de chicles. -¿Quieres? Sloane negó con la cabeza. -NP, gracias, y no, no salta a la vista.
– Tu madre y yo teníamos sueños. Los dos acabaríamos los estudios; ella trabajaría hasta que se quedase embarazada; yo trabajaría con un anticuario hasta que pudiese montar mi propio negocio para mantener a la familia. -Cambió de postura y el roce de la chaqueta resonó en la cabaña silenciosa. -Me estaba especializando en historia del arte.
– No lo sabía. -Nadie le había hablado de su pasado y Sloane no quería perderse ningún detalle.
– Era imposible que lo supieras. Renuncié a esos sueños cuando renuncié a tu madre. Eso fue el día en que apareció su padre con la prueba de que el mío se había endeudado con un usurero. Pero él mismo traía también la solución.
– ¿A qué te refieres? -La última parte de la explicación había sido un gruñido típico de Samson. Sloane quería saber toda la verdad, y el hombre parecía dispuesto a darle respuestas.
– Me ofreció un cheque para saldar la deuda con el usurero. Si aceptaba el trato, mi padre me cedería la casa. ¿Qué podía hacer? Mi madre ya no tendría que vivir con el miedo a perder un techo bajo el que cobijarse. A mi padre no le destrozarían las rodillas. -Meneó la cabeza y dejó escapar un rugido semejante a una carcajada.
Pero a Sloane la historia no le divertía.
– Ya no se destrozan rodillas -apuntó ella.
– No, sólo vuelan casas por los aires. -Samson alzó la vista del suelo de madera combado. -Gracias a Dios, te has criado en un entorno seguro. Ese fue uno de los motivos por los que acepté el dinero y renuncié a Jacqueline. Para protegerla de mi familia y de mí mismo.
– Por no mencionar que mi abuelo exigió que ésa fuera una de las condiciones, ¿no? El dinero a cambio de que dejaras a Jacqueline -puntualizó Sloane con los dientes apretados.
– Fue un trato excelente para tu madre, ya que disfrutó de una vida maravillosa, por corta que ésta fuera.
La conversación se había vuelto más emotiva de lo que Sloane había previsto, pero puesto que no parecía que Samson fuera a marcharse corriendo, insistió:
– ¿Cómo sabes que Jacqueline no habría disfrutado de una vida mejor contigo? ¿Con el hombre al que amaba de verdad?
Samson se encogió de hombros.
– Ella no tenía elección, y yo tampoco. Tu abuelo dejó bien claro que si él no saldaba la deuda del usurero, seguramente encontrarían a mi padre muerto en un callejón. El banco se quedaría con la casa, y mi madre y yo acabaríamos en la calle. -Se pasó una mano por el pelo despeinado. -Por si fuera poco, mi madre tenía cáncer. No podíamos costearnos el tratamiento y estaba empeorando a pasos agigantados. Yo quería que, al menos, pasase sus últimos días lo mejor posible. Y para eso necesitaba dinero.
Sloane tragó saliva a pesar del nudo que tenía en la garganta, incapaz de creer lo que su padre le estaba contando.
– Por favor, no me digas que le contaste a mi abuelo lo de la enfermedad de tu madre y que él se aprovechó de ello.
Samson asintió:
– Aumentó la suma del cheque sin pestañear y me dijo que me mantuviese lejos de Jacqueline. ¿Qué podía hacer salvo aceptarlo? -Samson relajó los hombros con un gesto de indiferencia, como si aquello fuera agua pasada, pero su expresión desolada y el dolor de sus ojos le dieron a entender a Sloane que él nunca había llegado a sobreponerse.
– Dijiste que, en cierto modo, habías vuelto a por Jacqueline. ¿A qué te referías? -Agitó los dedos helados para que la sangre circulara de nuevo por ellos. Estaba congelada.
– Al principio no volví, no fui a verla ni nada. Estaba más que ocupado con la enfermedad de mi madre y necesitaba todo el dinero que tu abuelo me había dado. No podía permitirme el lujo de disgustarlo. Y entonces mi madre se murió.
– Lo siento. -Sloane se secó las lágrimas que le caían de los ojos al oír mencionar a una abuela a la que no había conocido. Desconocía muchos detalles de su vida y sólo los sabría a través de terceros.
Todo por culpa del egoísmo de un hombre que había querido controlar todo. Se preguntaba si el padre de su madre se habría arrepentido de haber jugado con la vida de quienes lo rodeaban.
Pero nada podía cambiar las cosas, así que se volvió hacia Samson.