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– ¿Qué pasó luego? Tu madre falleció y tu padre… Samson se aclaró la garganta.

– Ya había desaparecido. Lo suyo no era ocuparse de los demás, ni en la salud ni en la enfermedad. Abandonó a mi madre al final de sus días.

Sloane abrió unos ojos como platos.

– Vaya manera de agradecerte lo que habías hecho por él.

– Creía que se lo debía por haberme engendrado.

Sloane meneó la cabeza, pero sabía que las palabras de conmiseración no servirían de nada.

– Cuando te quedaste sin tus padres, ¿por qué no volviste con Jacqueline?

– Tu abuelo era senador, y un hombre muy listo. Me hizo firmar un acuerdo. Acepté que el muy cabrón no me exigiría que le devolviera el dinero… salvo si yo iba a buscar a Jacqueline. -Negó con la cabeza; el abatimiento y el arrepentimiento se apreciaban en los hombros caídos y emanaba dolor por los cuatro costados. Dolor por las cosas que había hecho… y por las que no -Acepté una suma de dinero descomunal. No habría podido devolverla ni en diez vidas.

Sloane exhaló y se dio cuenta de que el aliento se condensaba ante su boca. «Maldita ventana abierta», pensó mientras se frotaba los brazos con las manos. Ni siquiera la chaqueta la protegía.

– Las amenazas económicas no me habrían apartado de Jacqueline. -Samson parecía estar concentrado en la conversación, ajeno al frío. -Pero cuando fui a verla, estaba casada. Parecía feliz y supe que estaba bien cuidada, que tenía todo lo que yo no podría darle. -Samson se secó los ojos con una manga. -Así que volví a casa.

– Y te encerraste en ti mismo. -Ahora Sloane lo comprendía. Lo comprendía todo y por qué se había convertido en un solitario.

– En el pueblo era más fácil que me dejaran en paz. -Cortó el aire con la mano, como para eliminar a las personas de su vida. -Aunque había gente que insistía. Pearl me traía pastelitos, e Izzy y Norman me enviaban comida tras la muerte de mi madre. Pero yo no quería su compasión. Cuando vi que los buenos modales no surtían el efecto deseado, comencé a ser grosero y seco con ellos. -Hizo una mueca. -Funcionó a las mil maravillas y me dejaron tranquilo.

A pesar del tono orgulloso, Sloane percibió que sus palabras eran huecas. Perder a Jacqueline y luego a toda su familia debió de causarle un dolor terrible.

– Te debes de haber sentido muy solo. -Sloane ladeó la cabeza, esperando que defendiera su independencia y dijera que no necesitaba a nadie.

Era un misántropo que no quería compartir sus sentimientos con nadie. Pero lo que le dijo a continuación la sorprendió.

– No le deseo a nadie lo que viví -murmuró, y se dirigió hacia la ventana. -Pero salí adelante y estoy bien. Que me zurzan si no es cierto. -Se puso bien erguido, interpretando como siempre el papel del hombre solitario.

– Sé que estás bien, pero reconoce que podrías estar mejor. -Sloane se arrodilló y se alegró de que ese movimiento le reactivara la circulación. -Ahora tienes familia y tendrás que cargar conmigo -dijo, devolviéndole lo que Samson había dicho antes.

El hombre pronto sabría que Sloane Carlisle era una mujer a la que no era fácil disuadir. Samson tal vez no quisiera ciertas emociones, pero eran del todo inevitables. Sloane era su hija, la única persona de carne y hueso en el mundo con la que tenía un vínculo de sangre. Había llegado el momento de que lo reconociera con un abrazo. Y Sloane pensaba disfrutar de ese primer abrazo padre-hija.

Se levantó, avanzó hasta la ventana abierta y se dispuso a tocar a Samson, pero en ese preciso instante, se oyó un ruido en el exterior y luego experimentó una sensación ardiente que le atravesaba el hombro izquierdo. El impacto la arrojó contra la pared y Sloane gritó, sorprendida. Se llevó la mano al hombro mientras veía destellos blancos y estallidos de luz a su alrededor.

– Maldita sea -Samson corrió hacia ella y la ayudó a sentarse en el suelo.antes de arrodillarse a su lado. -Cuidado. -Le apartó la mano para inspeccionarle el hombro.

Sloane miró hacia abajo. ¿Por qué tenía sangre en las manos?

– Te han disparado -dijo Samson con voz temblorosa.

Sloane comenzó a verlo todo borroso. Le pareció que Samson se quitaba la chaqueta y murmuraba: «Hay que detener la hemorragia», pero no estaba segura.

Sin embargo, cuando le presionó el hombro, un dolor intenso, penetrante e insoportable le recorrió todo el cuerpo hasta el corazón. Ladeó la cabeza y cerró los ojos para huir de aquella agonía, pero no podía escapar de su propio cuerpo.

Llegaban otros ruidos del exterior… ¿Tal vez pasos? Voces, sin duda. Oyó a Samson hablando. Deseó que Chase estuviera a su lado, interpretando su papel de salvador, pero él estaba con su familia. Su principal obligación. Sloane había salido de su vida. ¿O Chase había salido de la suya? Sintió unas náuseas terribles y la desorientadora sensación de que estaba perdiendo el equilibrio.

«Déjate llevar», se dijo. Si lo hacía, escaparía del dolor, y eso era lo que más le importaba, pensó mientras se hundía en el olvido.

– Tendrías que haberme dejado conducir -masculló Chase.

– Estás demasiado agitado -repuso Rick mientras reducía la velocidad al llegar a un ceda el paso.

Chase fulminó a Rick con la mirada, quien, tras saber que Samson había desaparecido, había cogido las llaves del coche y, como el policía que era, había indicado a sus hermanos qué debían hacer. No quería que Samson se paseara solo por el pueblo sin protección alguna.

No le había reprochado a Chase no haber seguido a Sloane cuando había tenido la oportunidad, porque su hermano ya se lo reprochaba lo suficiente a sí mismo como para que, encima, él lo sermoneara. El instinto le decía a Chase que padre e hija estaban juntos, y que aquello no acabaría bien.

– Acelera, ¿quieres? -le dijo a su hermano.

Rick no le hizo caso y Román alargó la mano desde el asiento trasero y la apoyó en el hombro de Chase para darle ánimos.

Llegaremos a casa de los McKeever en seguida.

La vieja cabaña del árbol, donde Sloane había visto a Samson por primera vez, era el único lugar al que a Chase se le ocurría que Sloane iría para estar sola. Estaba seguro de que no volvería a su casa. Se había esforzado lo indecible para apartarla y alejarla de él.

Maldición.

Finalmente, tras lo que a Chase le pareció media hora pero apenas habían sido cinco minutos, Rick aparcó junto al bordillo, frente a la casa. No había ningún coche en la entrada, lo que indicaba que los McKeever todavía no habían vuelto, algo que ya se habían imaginado después de que los llamaran desde el coche y no respondieran.

– Tal vez nos hayamos alarmado sin motivo -dijo Román para tratar de tranquilizar a Chase.

– Ya, me gustaría oírte decir lo mismo si estuviéramos buscando a Charlotte.

Román frunció el cejo.

– No te pases.

Chase saltó del coche antes de que Rick hubiera apagado el motor. Rodeó la casa, seguido de sus hermanos, y se dirigió hacia el patio trasero. Tenía la boca seca y las sienes le palpitaban. No sabía qué se iba a encontrar y le daba igual irrumpir allí como un loco aunque Sloane estuviera sola en la cabaña. Lo importante era que estuviera bien.

Las hojas secas crujían bajo sus pies y hacían demasiado ruido para su gusto, pues seguramente delatarían su presencia, pero no podía impedirlo. Oyó un sonido apagado e indistinguible en las inmediaciones y Chase se detuvo junto a una pícea azul; el instinto le indicó que avanzara con cautela.

– ¿Qué pasa? -susurró Rick.

Chase se encogió de hombros.

– No lo sé, pero he oído algo.

Rick le hizo una seña a Chase para que se quedase donde estaba.

– Iré por detrás -dijo, con la pistola en una mano, mientras con la otra señalaba hacia la cabaña y la ventana.

Sin previo aviso, una figura solitaria irrumpió en escena corriendo por entre los árboles, dejando hojas pisoteadas a su paso. Al mismo tiempo, Samson asomó la cabeza por la ventana. -Llamad a la ambulancia -les gritó.