De repente, las puertas se abrieron de par en par y salió una doctora. Chase la reconoció; era la que se había ocupado de Sloane en cuanto los conductores de la ambulancia la metieron en el hospital en una camilla.
Se levantó de un salto.
– ¿Cómo está?
La doctora lo miró con expresión recelosa pero comprensiva.
– Estable -repuso, como si no estuviera segura de que debiera facilitarle esa información. -Está aturdida, pero quiere ver a su padre. -Chase se sintió aliviado. Sloane estaba despierta y podía hablar. Gracias a Dios. -¿Sabes si está aquí? -le preguntó.
Chase trató de responder, pero el nudo de la garganta no se lo ponía fácil.
– No lo he visto. -Después de sentarse junto a Sloane en la ambulancia y de ver cómo la entraban en el hospital, Samson había desaparecido.
Maldita sea.
Chase miró alrededor de nuevo, pero aquel hombre excéntrico no estaba allí.
– ¿Puedo verla? -preguntó Chase, incapaz de disimular su tono esperanzado.
La doctora negó con la cabeza de forma rutinaria.
– En cuanto le asignen una habitación, ya te avisaremos si ella quiere verte. -La doctora hundió las manos en los bolsillos blancos de la bata. -Mientras tanto, te prometo que está bien atendida. -La doctora le puso la mano en el hombro. «Deben de dedicar el mismo gesto a todo el mundo», pensó Chase, frustrado. -Si el padre de la señorita Carlisle llega, dile que su hija quiere verlo.
Antes de que Chase pudiera replicar, un hombre imponente, con traje y corbata -ni más ni menos que el senador Michael Carlisle, -se acercó a la doctora a grandes zancadas.
– ¿Ha dicho que Sloane quiere ver a su padre?
La mujer asintió.
– ¿Y usted es…?
– El senador Michael Carlisle -respondió con el aire autoritario que tan rápidamente le había ayudado a ascender en política. -Quiero ver a mi hija ahora mismo.
Madeline permanecía junto a su esposo, llorando. No miró a su alrededor y no vio a Chase a su lado. Lo cual era comprensible, teniendo en cuenta lo muy alterada que estaba. Por otra parte, puesto que Chase había recibido instrucciones de ella de vigilar y velar por la seguridad de Sloane, él sería la última persona a la que Madeline querría ver en esos momentos.
A pesar de todo, Chase quería hablar con el senador, no sólo de Sloane, sino de sus directores de campaña y de todo el asunto, incluido quién sería el mejor periodista para cubrir la noticia. El único capaz de proteger tanto a Sloane como los intereses del senador. Sin embargo, Chase sabía que no debía abordarlos antes de que viesen a su hija.
Frustrado e impotente, se limitó a ver cómo el senador conducía a Madeline Carlisle, con la mano en su espalda, a través de las puertas de urgencias para ver a su hija. Había llegado la familia que la había criado y que la quería. Se asegurarían de que recibiese los mejores cuidados posibles, algo que Chase había sido incapaz de hacer.
Le propinó una patada al suelo de linóleo. Cada vez se sentía más frustrado, pero también más resuelto. Sloane estaba viva y ahora él tendría una segunda oportunidad. Se moría de ganas de decírselo y de empezar su nuevo futuro.
Mientras no moviera el cuerpo, Sloane no sentía mucho dolor.
Los fármacos que le habían administrado comenzaban a hacer efecto, pensó mientras apoyaba la cabeza en la almohada. Todavía no se había sobrepuesto a la conmoción de lo ocurrido y, en cuanto el dolor hubo remitido un poco, quiso ver a Samson. Le habían dado una buena noticia, pero desconocía su paradero. No le habían disparado ni herido, pero en cuanto le hubieron asegurado que Sloane se recuperaría, se había marchado sin dejar rastro.
«Vaya novedad», pensó Sloane. No recibiría muestras de cariño paterno. Aunque durante unos instantes, en la cabaña, le había parecido que estaba a punto de penetrar en su duro caparazón. Algo que no podría intentar de nuevo salvo que le dieran el alta. '
Llamaron a la puerta y se sobresaltó, y el movimiento repentino e impulsivo hizo que le doliera el hombro. Sé llevó la mano buena a la zona de la herida y apoyó la palma sobre los gruesos vendajes.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y entraron
Madeline y Michael. Sloane ya los había visto en la zona de urgencias, pero ahora era la primera vez que estaban a solas, sin médicos ni enfermeras. Sonrió y les hizo una seña con la mano sana. -Pasad.
Madeline se sentó en la cama y Michael se acomodó en una silla.
– No sabes cuánto me alegro de que estés bien. Tus hermanas también. Te mandan todo su cariño y me han suplicado que las dejara venir, pero quería que estuvieran a salvo hasta asegurarme de que tú también lo estabas. -Madeline le sujetó la mano con fuerza. Se le habían humedecido los ojos. -Cariño, cuando te dije que vinieras a Yorkshire Falls no tenía ni idea de que podía ser peligroso.
– Porque no te lo dije, no quería que te preocuparas innecesariamente. -Sloane suspiró.
Recordaba con claridad el día en que oyó a los hombres de su padre hablar sobre quién era su verdadero padre; teniendo en cuenta todo lo sucedido, le parecía que eso había sido hacía mucho tiempo. Sobre todo por el esfuerzo emocional que había realizado con Samson y Chase. En ese sentido, se sentía mucho mayor de lo que era.
Madeline la reprendió:
– Lo que quieres decir es que no querías que te prohibiese conocer a tu verdadero padre. Pero eres adulta y no podría habértelo impedido.
^NQJ pero tal vez me habrías enviado con un guardaespaldas, y eso no habría sido una buena idea en un pueblo con tantos fisgones. -Sloane se rió, pero se recompuso de inmediato al recordar que, de hecho, Madeline sí le había enviado un guardaespaldas. Un hombre llamado Chase Chandler y, aunque éste se había esforzado por proteger su cuerpo, le había destrozado el corazón.
Aunque no le fue fácil, Sloane intentó sobreponerse. No podía permitir que Madeline y Michael supieran que el dolor emocional superaba con creces el que le había causado la bala, y que el mayor de los hermanos Chandler era el culpable.
Al parecer, un agente de policía había ido al aeropuerto por orden de Rick Chandler para recibir a sus padres y ponerlos al corriente de la situación. Sloane sabía que Michael todavía no se habría recuperado de la impresión, aunque procurase no mostrar su desasosiego.
Les dedicó una sonrisa forzada y prosiguió con la parte de la conversación relativa a la familia.
– Además, a Samson no le habría sentado bien que un guardaespaldas me siguiera a todas partes.
Michael frunció el cejo al oír aquel nombre.
– Ya hablaremos de Samson -intervino con la voz autoritaria de siempre. -Pero antes necesito saber que estás bien. Los médicos me han dicho que la bala te atravesó el hombro limpiamente, y más que nada te están tratando la conmoción. Pero tú ¿cómo te encuentras? -Se inclinó hacia ella y le rozó la frente con los labios, como solía hacer cuando era niña.
El gesto le resultó reconfortante y familiar, tal como debía ser la caricia de un padre, pensó Sloane, agradecida de que aquel hombre le hubiera ofrecido una vida tan maravillosa, sobre todo comparada con la de Samson.
– ¿Cómo estás de aquí? -le preguntó Michael dándose un golpecito en el pecho a la altura del corazón.
Sloane sonrió por su comprensión innata. Le bastaba oír su voz potente y afectuosa para saber que su vida volvía a ser la de siempre. Nunca debería haber dudado de eso ni de él. Si hubiera acudido a Michael tras averiguar la verdad sobre Samson, se habrían ahorrado mucho dolor.
– Estoy bien, de verdad.
– No se está bien cuando a uno le disparan. -Michael se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro por aquel espacio reducido. -No se está bien cuando te traicionan los hombres en quienes más confías -dijo alzando la voz.