– … pero una mujer que no tiene nada importante que hacer en la vida, cuya entera existencia se centra en la ociosidad y la frivolidad… nunca sería capaz de sobrevivir a un clima tan hostil.
Joanna no se detuvo a escuchar el resto de sus palabras: estaba demasiado furiosa. ¿Ociosa, superficial? ¿Cómo se atrevía aquel altanero de Alex Grant a insultarla de esa manera? De repente se sintió más determinada que nunca a demostrarle que estaba en un error.
– No -lo interrumpió-. Estáis malgastando vuestro aliento, lord Grant.
Alex se levantó para alejarse unos pasos, furioso. Caminaba con rigidez, como resintiéndose de su antigua herida. Volvió luego con tanta rapidez que Joanna dio un respingo. Apoyando una mano en el brazo del banco, se inclinó hacia ella. Una vez más, su presencia física pareció anegarla. Una marea de calor la invadió por dentro, dejándola estremecida y excitada.
– No lo entendéis, lady Joanna -le dijo entre dientes. Los ojos le ardían. Joanna podía sentir su furia como una fuerza viva-. Han muerto mujeres en viajes menos exigentes que éste.
– Y también han muerto mujeres en su hogar -argumentó, acalorada-, de enfermedad o de parto, o simplemente al arder su ropa al contacto de una vela. Y hombres también. Lord Rugby murió de un resfriado que contrajo en Brighton. Nadie está libre de sufrir accidentes, lord Grant.
– Pero siempre se puede intentar evitarlos, en vez de ir a su encuentro -parecía como si quisiera sacudirla por los hombros-. ¿Por qué sois tan insensata, lady Joanna? Si insistís en partir, entonces tendré que hacer todo lo que esté en mi mano para impedirlo -se irguió-. Nadie os venderá un pasaje. Me ocuparé personalmente de que fracaséis en esta empresa antes de que lo intentéis siquiera.
Finalmente la había tomado de los hombros. La sensación de su contacto restalló como un látigo en su interior, haciéndola estremecerse. La obligó a levantarse. De repente estaban muy cerca, tanto que Joanna podía escuchar su respiración acelerada y oler el aroma de su colonia mezclado con el fresco aire de la mañana. Alzó la mirada hasta sus ojos y volvió a leer la furia en ellos. Y vio también el momento en que se transmutó en otra cosa, una emoción ardiente y primitiva que le robó el aliento.
Inclinó la cabeza. Joanna supo que iba a besarla.
Pero no así: no furioso como estaba. Joanna no llegó a pronunciar las palabras en voz alta, pero sus sentimientos debieron de reflejarse en sus ojos, porque lo vio fruncir ferozmente el ceño como si él también se hubiera dado cuenta, asombrado, de lo muy cerca que habían estado de besarse en público. Retiró las manos de sus hombros como si su contacto le hubiese quemado.
– Lady Joanna… -esa vez pareció como si no pudiera soportar dirigirle la palabra, y mucho menos tocarla.
– Lord Grant.
– Os recuerdo que tenemos audiencia -murmuró con una sonrisa triste-. Aunque, a juzgar por lo que sucedió ayer en vuestra casa, eso debería moveros a arrojaros a mis brazos.
– Procuraré contenerme, por muy duro que me resulte -replicó, fría e irónica a la vez. En realidad se sentía estremecida por dentro. De hecho, había estado efectivamente a punto de lanzarse a sus brazos. El calor de su contacto todavía corría por sus venas.
Dándole deliberadamente la espalda, vio que varias damas se acercaban hacia ellos.
– ¿Cómo es que esas damas visten exactamente igual que vos? -le preguntó de pronto Alex.
– Porque desean imitar mi estilo -respondió Joanna, suspirando-. Pero me temo que ahora tendré que inventarme una nueva moda. Para no parecer como todo el mundo.
– Qué dura y exigente debe de ser vuestra vida -murmuró él-. Me sorprende que os queden energías para planificar un viaje al Ártico, cuando tenéis tantas cosas que hacer aquí.
– Y tantos adornos y bagatelas que vender, ¿verdad? -repuso dulcemente Joanna, citando las mismas palabras que antes había utilizado él-. Disculpadme, lord Grant. Tengo que contratar un barco. Estoy segura de que lo entenderéis.
Tuvo la satisfacción de verlo fruncir el ceño de nuevo.
– Eso lo veremos -después de musitar una maldición, giró sobre sus talones y se alejó.
Cinco
– Por supuesto que lord Grant no querría que os aventurarais a viajar al Ártico, Jo querida -le estaba diciendo Lottie Cummings-. Tiene todas las razones del mundo para estar en contra de que las mujeres viajen, y todas tienen que ver con la muerte de su esposa, pobrecito -sirvió el té en las tazas de porcelana de Sèvres que tanto gustaban a Joanna.
Estaban sentadas en el salón del desayuno de la casa de Lottie, una habitación que la propia Joanna había decorado y amueblado, tan ligera y luminosa como su propia dueña.
– Murió en un horrible accidente -añadió Lottie mientras le pasaba el plato de pastas-, o de escarlatina o de viruela, o de alguna otra espantosa enfermedad. No lo recuerdo exactamente, pero al parecer, lord Grant se culpó a sí mismo porque él había insistido en que lo acompañara en el viaje.
– Pobre -murmuró Joanna, sorprendida ella misma de la punzada de compasión que sintió por lord Grant-. Debió de ser una prueba horrible -aquella pérdida por fuerza tuvo que haberlo marcado. Con sus maneras bruscas y su brutal sinceridad, Alex era un hombre de pasiones intensas. Lo había sentido antes, había percibido aquella emoción volcánica en él. Se estremeció al recordarlo.
– Bueno… -Lottie hizo un vago gesto con la mano y las pastas y bombones de la bandeja bascularon peligrosamente hacia la boca abierta y expectante de Max- eres muy generosa al compadecerlo, querida, cuando se ha mostrado tan descortés contigo. Siempre pensé que tú eras mejor persona que yo. Le preguntaré a Julia Manbury lo que sucedió exactamente con su mujer -añadió-. Ella siempre se acuerda de los viejos escándalos.
Joanna removió lentamente la leche de su té.
– ¿Llegaste a conocer a lady Grant? -era consciente de que su interés no era del todo objetivo. Sentía una extraña inquietud que se asemejaba notablemente a los celos.
Lottie arrugó la nariz.
– Creo que la recuerdo vagamente. Creo que era una mocosa encantadora. No muy inteligente, pero dócil y bonita.
– Tal y como a lord Grant le gustan las mujeres -comentó secamente Joanna-. Calladas y obedientes. David era igual -añadió con amargura-. Esos aventureros están cortados por el mismo patrón: les encantan las esposas sumisas.
– Oh, querida -un brillo de malicia asomó a los ojos de Lottie-. Realmente estás a matar con lord Grant cuando lo comparas tanto con David.
– ¿Cómo podríamos llevarnos bien? Lord Grant me ha jurado que se asegurará personalmente de que nadie me ofrezca un pasaje a Spitsbergen, aunque yo todavía espero persuadir a alguien de que lo haga -suspiró-. Tengo la sensación, sin embargo, de que me saldrá muy caro.
– ¿Ah, sí? ¡Pues yo conozco el barco adecuado para ti! -Lottie se llevó una almendra garrapiñada a la boca-. Mucho me temo que mi querido señor Cummings se ha negado a patrocinar al encantador primo de lord Grant en su descabellado plan de buscar oro en México, lo que ha dejado al pobre Devlin en una lamentable situación económica. El joven posee un cúter a medias con un fantástico capitán americano de nombre Owen Purchase, que parece que luchó en Trafalgar… El capitán Purchase tiene una voz deliciosa -explicó Lottie, distraída-. Yo me derrito de deseo cada vez que la escucho. El caso es que Cummings no es tan receptivo como yo y les ha negado su apoyo… ¡de manera que en este mismo momento ambos están desesperados por encontrar un contratista para su barco!
Joanna se sintió aturdida ante la velocidad de pensamiento y de palabra de su amiga.
– Recuerdo al capitán Purchase -murmuró-. Participó en una expedición con David. ¿Dices que tiene un cúter? ¿Qué dimensiones tiene?
– Oh, no pequeñas, supongo. ¡Y con cañones! ¿No es terriblemente excitante? -le dio una palmadita en la rodilla-. Déjame el asunto a mí, querida. ¡Ya sabes que soy una mujer muy emprendedora! Me encantaría organizarte ese viaje. Necesitaremos muchísima ropa de abrigo. Tendrás que venir conmigo a Oxford Street: he visto unos fantásticos mantones de piel en Sneider's. Nos llevaremos a Max al polo, y a Hanson, mi mayordomo, y a Lester, mi doncella, porque sin ella estaría perdida, y…