– ¡Espera! -Joanna se llevó una mano a la cabeza, que había empezado a darle vueltas-. ¿Piensas ir tú también?
Lottie la miró con expresión apenada:
– ¡Por supuesto que sí, querida! No iba a organizar este viaje para ti para luego quedarme en tierra, ¿no te parece?
– ¿Y me estás sugiriendo que me lleve a Max a un viaje al Polo Norte? ¿Y a tu mayordomo y a tu doncella?
– Necesitaremos sirvientes -repuso con toda tranquilidad su amiga-. ¿Cómo nos las arreglaremos si no? Max se moriría de tristeza si lo dejaras en Londres; de todas formas, él ya lleva su abrigo de pieles, aunque no estaría de más que le consiguiéramos unas botitas, no vaya a ser que las patas se le queden pegadas al hielo…
– ¿Pero por qué habrías de querer ir tú a Spitsbergen? -inquirió Joanna-. Tengo entendido que es el lugar más incómodo y desagradable del mundo.
– Oh, no lo dudo… ¡pero qué maravillosa aventura sería ésa, Jo querida! Yo siempre he querido viajar, pero nunca había encontrado la excusa necesaria… ¡Impondremos una nueva moda! ¡Un nuevo estilo!
Joanna la miró desconfiada. Detrás del deseo de Lottie de abandonar todas las comodidades del hogar tenía que haber algo más que aburrimiento… ¿Tendría James Devlin algo que ver en ello? Últimamente, el joven parecía haberse ganado la confianza de Lottie.
– ¿Qué pensará el señor Cummings de todo esto? Dudo que se alegre de ver a su mujer emprendiendo un viaje de meses al Ártico.
– Oh, el señor Cummings no me dará problema alguno. Sólo sirve para gastar dinero, y yo podría ayudarlo en esa tarea dedicándolo a una buena causa. Por lo demás, se merece que le den una buena lección -eligió un bombón de la bandeja de plata-. En cuanto al viaje, lo único que no entiendo es esa frenética necesidad que te ha entrado de reconocer como tuya a esa pequeña hija bastarda de David… ¡y cargarte con la responsabilidad de criarla! La verdad es que todo eso me parece extraordinario y…
– Por favor, Lottie -la interrumpió Joanna-. No es culpa de la pobre Nina que David la engendrara fuera de su matrimonio. Y, por favor, no hables de ella como si fuera una extraña mascota que fuera a adoptar.
– Oh, muy bien. No la llamaré así si no te gusta, pero convendrás conmigo en que resulta ciertamente extraño que quieras hacerte cargo de su persona.
Lottie clavó en ella su inquisitiva mirada y Joanna pensó por un momento en confesárselo todo. Cuando estaba a punto de hacerlo, sin embargo, cambió de idea. A Merryn habría podido confiarle sus sueños y anhelos de ser madre, y cómo la necesidad de tener un hijo la había devorado como una súbita e inesperada pasión. Pero con Lottie… La relación que mantenía con ella nunca había sido de profunda amistad. Lottie era amable y generosa, pero también terriblemente indiscreta y absolutamente incapaz de lealtad. Joanna sabía que el escandaloso legado de David ya daría lo suficiente que hablar en la alta sociedad londinense como para que encima su amiga contribuyera a los rumores.
– David me pidió que cuidara de Nina -explicó un tanto incómoda, consciente de que aunque había dicho la verdad, no era ésa la verdadera razón.
– Eso ya lo sé, querida -repuso Lottie, tan poco perceptiva como siempre-. Pero David está muerto. Ya podría pedirte lo que fuera, que a ti nada te obligaría a cumplirlo. Podrías perfectamente dejar a la mocosa en Spitsbergen y olvidarte de ella. Yo lo haría. Piensa en los rumores que correrán por Londres cuando todo el mundo se entere -frunció el ceño-. Tú disfrutas actualmente de los favores de la alta sociedad, Jo querida, pero me pregunto si podrás soportar esto. Tu primo John Hagan lo desaprobará y…
Joanna la interrumpió con un gesto de impaciencia.
– ¡No soporto a ese hombre! ¿Piensas acaso que me afectará en algo su opinión?
– Quizá no, pero tiene influencias. Y a veces creo que te olvidas de que es él quien posee la casa de Half Moon Street. Si quisiera, podría ponerte las cosas muy difíciles, querida. Y ahora mismo te encuentras sola y desprotegida, con muy poco dinero.
– ¡Gano varios miles de libras al año! -protestó-. Y tengo la pensión y la herencia de…
– Lo sé. Como te he dicho, muy poco dinero. ¡Con eso no me alcanza a mí ni para sombreros! -la contempló admirada-. Me asombra que con esa miseria que ganas puedas vestir con tanta elegancia.
Joanna se quedó callada. Sabía que había un punto de verdad en lo que le estaba diciendo Lottie. A veces se olvidaba de lo muy precario que era su lugar social. La alta sociedad londinense la había acogido con los brazos abiertos, pero en cualquier momento podría repudiarla.
Cuando se enteró por vez primera de la existencia de Nina Ware, ni por un momento se le había pasado por la cabeza abandonarla a su suerte. Tanto su corazón como su cabeza se rebelaban ante el simple pensamiento. Era imposible. Quizá Alex pretendiera ejercer de tutor de la niña movido por su sentido del deber. En su propio caso se trataba, además, de una cuestión de amor.
Sabía, sin embargo, que David le estaba exigiendo mucho más que hacerse simplemente cargo de una hija ilegítima. Le estaba imponiendo un alto precio a pagar, al pedirle al mismo tiempo que defendiera a Nina de los prejuicios y la crueldad de una sociedad que la marcaría para siempre con el estigma de la bastardía. Si aceptaba el desafío, Joanna sabía que ella misma podría verse también condenada y marginada. No tenía más hogar que la casa de Half Moon Street, que pertenecía a John Hagan desde la muerte de David. Hagan había consentido generosamente que continuara viviendo allí, pero ahora que ella había rechazado su proposición de matrimonio… ¿demostraría esa misma generosidad en el futuro? Y luego estaba el hecho de que no tenía más ingresos que su herencia y el dinero que ganaba con sus encargos. Si a su regreso a Londres nadie quería contratarla, si la sociedad le negaba sus favores, estaría arruinada.
Estremecida ante la perspectiva, procuró ahuyentar aquellos pensamientos para concentrarse únicamente en la pequeña, huérfana y sola en aquel lejano monasterio. Una vez más el corazón le rebosó de amor: un amor que fortalecía su decisión de rescatarla y llevarla a casa, fueran cuales fueran las dificultades que tuviera que arrostrar.
– Te acompañaré en el viaje como carabina y te ofreceré todo mi apoyo -le aseguró Lottie con tono consolador. No esperó su respuesta: su pensamiento ya había saltado a otro asunto-. Me pregunto si Merryn querría acompañarnos en este viaje. Creo que sería bueno para ella. Así la sacaríamos de su mundo y la presentaríamos a algunos jóvenes oficiales. Siempre la veo tan alicaída…
– Es que es así de callada -dijo Joanna-. Sé que te cuesta entenderlo, Lottie, pero Merryn es feliz tal como es.
– ¡Pero no puede quedarse aquí! No tiene amigos ni ningún lugar donde vivir. Y nosotras nos marcharemos pronto, si queremos preparar la expedición este verano.
– Le preguntaré a Merryn qué es lo que quiere hacer. Mientras tanto, tenemos el problema práctico de contratar el barco.
– Y la cuestión de la ropa -le recordó Lottie.
– Por supuesto. Pero probablemente el barco sea lo más importante.
– Querida, ¿qué puede ser más importante que la ropa? -Lottie se recostó en el sofá, alzó los pies en el aire y admiró sus zapatillas rojas, que asomaban bajo la falda de su vestido-. Me pregunto si el señor Jackman podría diseñarme unos zuecos a la moda para utilizarlos en la nieve.