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– Tendrás que ponerte botas -le advirtió Joanna.

– ¡Sólo si son lo suficientemente elegantes! ¡No quiero ninguna de esas botazas que suele llevar la gente pobre! -se estiró de nuevo para elegir un bombón y sonrió como una gatita satisfecha-. De cualquier forma, no necesitas preocuparte por el barco. ¡El capitán Purchase acogerá encantado la idea de que contrates la Bruja del mar y lo saques así de sus apuros! Devlin y él nos llevarán al polo. Voy a mandar un recado a Dev ahora mismo.

Joanna pensó que Alex Grant se volvería loco de furia cuando se enterara de que no sólo había desoído sus advertencias en contra de viajar a Spitsbergen… sino que además había reclutado para ello a un amigo suyo y a su propio primo. No podría detenerla. Y sin embargo, mientras se decía eso, una traicionera sensación le recorrió la sangre: el anhelo de que Alex estuviera de su lado, y no contra ella.

– ¿Teníamos que encontrarnos aquí, Purchase? -Alex paseó la mirada por la taberna con un gesto de cierto desagrado. La pequeña sala estaba mal iluminada y llena de humo, con un bullicio de voces y risas. Olía a cerveza y a perfume barato.

Estaban en los bajos fondos de Holborn, y resultaba evidente que el local ofrecía algo más que bebidas. La hermosa joven que lo saludó a su llegada se había mostrado decepcionada cuando Alex rechazó su oferta de compañía. Se limitó a pedir y a pagar una pinta de cerveza: nada más lejos de su intención que darse un rápido revolcón con una de aquellas mujeres. Eso no le habría reportado ningún alivio, y la perspectiva no se le antojaba ni remotamente atractiva. A quien deseaba era a Joanna Ware. Joanna, con su cuerpo grácil y esbelto, que si no había visto sí que había imaginado con todo lujo de detalles… Joanna, en quien no confiaba y a quien sin embargo deseaba con una lascivia que lo consumía. Joanna, a quien quería castigar por su insistencia en viajar sola al Ártico para rescatar a la pequeña Nina, inconsciente de los peligros a los que se exponía.

Pero él frustraría fácilmente aquel plan. Para eso había ido a aquel antro esa noche.

– Te veo de mal humor -le dijo Owen Purchase, inclinando su silla hacia atrás al tiempo que se llevaba la jarra de cerveza a los labios-. Tengo entendido que, últimamente, ése es tu estado habitual.

– Supongo que te lo habrá dicho Dev -Alex tomó asiento en un banco, detrás de la tosca mesa de madera-. Supongo que él también estará aquí, en el piso de arriba, en compañía de alguna joven, ¿verdad?

– ¿Qué eres ahora? -se sonrió Purchase-. ¿Su padre?

– A veces me siento como si lo fuera -rezongó-. Quiero sacarlo de este lugar y advertirle que tenga cuidado con la sífilis…

– Es joven, Grant. Los jóvenes tienen que aprender a cometer sus propios errores. Nunca escuchan a los mayores -bajó la jarra, apoyó los codos sobre la mesa y contempló a su colega con un brillo de diversión en sus ojos verdes-. Y tengo entendido que los mayores tampoco. David Ware, por ejemplo.

– Ya has oído las noticias, entonces.

– He oído que Ware te nombró tutor de su hija bastarda junto con su viuda -dijo Purchase-. Y que andas intentando impedir que ella viaje a Spitsbergen para rescatar a la chica.

– Y se dice también que tú estuviste en Queer Street porque Cummings y sus amigos banqueros se habían negado a financiar tu disparatado viaje a México -repuso Alex-, de modo que ahora piensas dejar que lady Joanna contrate tu barco para emprender su aún más disparatado viaje a Spitsbergen.

Purchase se echó a reír, con sus blanquísimos dientes brillando en su bronceada tez.

– Las malas noticias viajan rápido. Me haré con esa fortuna en México y te demostraré que estás equivocado.

– Tal vez. Mientras tanto, ¿puedo persuadirte de que no aceptes la oferta de lady Joanna?

Purchase se quedó callado por un momento y sacudió lentamente la cabeza.

– Ya estoy comprometido. Firmé los papeles esta misma tarde.

Alex sintió una punzada de asombro seguida de otra de furia. Joanna, según parecía, no había perdido el tiempo.

– Maldita sea -masculló entre dientes-. La ignorancia y el dinero forman una fatal combinación.

Purchase enarcó las cejas.

– Te muestras muy vehemente, Grant. ¿Por qué?

Alex podía sentir como perdía la paciencia por segundos, tal y como le había sucedido en el parque de Lincoln's Inn, cuando Joanna le dejó claro que pretendía ignorar su consejo de no viajar a Spitsbergen.

– El Ártico no es lugar para una mujer -dijo bruscamente, intentando dominar su furor-. Tú lo sabes bien, Purchase.

– Tiene un clima duro, desde luego.

– ¡Duro! -estalló Alex-. ¡Es letal! ¡Y estamos hablando de una mujer que no sabe vivir sin lujos! No tiene la menor idea de lo que es el hambre, las privaciones, el frío implacable…

– Pronto lo descubrirá -repuso Purchase, desapasionado.

– Pronto morirá -él mismo se sorprendió de la violencia de sus sentimientos.

Owen Purchase se lo quedó mirando de hito en hito.

– No sabía que esa mujer te gustara, Grant.

– No me gusta -le espetó Alex.

El capitán se encogió de hombros.

– Si no es la preocupación por lady Joanna lo que anima esos sentimientos tuyos, ¿qué es entonces? ¿Remordimientos por lo de tu esposa?

Alex sintió que el estómago le daba un vuelco. Remordimientos. Culpabilidad.

Ni a sus más cercanos amigos les había confiado la culpabilidad que sentía por la muerte de Amelia, y mucho menos la vergüenza que lo acosaba día a día. Había sido él quien había obligado a Amelia a viajar en su compañía. Suya era la responsabilidad de su muerte.

Al principio la culpabilidad lo había consumido por entero: había sido como una bestia voraz que casi lo había engullido, destruido. De algún modo, con el tiempo, había encontrado la manera de convivir con ella, de aplacarla, serenarla. Pero cuando Joanna Ware, en su ingenuidad, le había expresado su determinación de viajar al Ártico, la bestia se había despertado para clavarle unas garras tanto o más agudas que antes. Todos sus recuerdos habían regresado de golpe. Amelia había emprendido aquel viaje… y había muerto. Y de alguna manera, sin saber cómo ni por qué, eso mismo le ponía más furioso que nunca con Joanna.

– Lees demasiada poesía, Purchase. Tu propia imaginación te domina.

Purchase se echó a reír.

– Si tú lo dices… -se inclinó hacia delante-. Lady Joanna me pagará en efectivo, por adelantado -hizo un elocuente gesto-. ¿Qué puedo decir? Soy un aventurero, Grant, y no suelo rechazar ofertas semejantes. Sabrás que Dev y yo formaremos la tripulación. Zarpamos en una semana.

– ¿Una semana? -exclamó Alex-. Sólo aprovisionarte te llevará más tiempo.

– El dinero manda. Y el de lady Joanna es poderosamente persuasivo.

– Es una locura -Alex se recostó en su asiento, presa de una mezcla de exasperación, frustración y una muy reacia admiración hacia la tenacidad de lady Joanna Ware-. Supongo, por supuesto, que no habrás reforzado tu barco para resistir el hielo.

– La Bruja del mar no tiene casco acorazado, pero es un velero lo suficientemente duro como para soportar todo eso.

Alex se puso a trazar con su jarra lentos círculos sobre la mesa, pensativo.

– ¿Te has planteado reconsiderar tu comisión?

Purchase negó con la cabeza.

– Lo siento, Grant.

– Entonces dame pasaje a mí también.

– ¿Como tripulante?

– Como viajero. Lo pagaré.

– ¿Por qué?

– Porque yo también soy tutor legal de Nina Ware, y me siento obligado a garantizar su seguridad.

– Tengo la impresión de que Ware escogió bien cuando te nombró tutor de la niña, Grant. Puede que lo odies por haberte cargado con la responsabilidad, pero sé que siempre cumplirás con tu deber.

– ¿Y bien?

– Tendrás que preguntarle a lady Joanna si desea que la acompañes -respondió Purchase, sonriendo de oreja a oreja y disfrutando claramente del momento-. Ella es quien tiene la última palabra.