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Alex soltó una maldición.

– Purchase…

– No te preocupes. Si te rechaza, siempre podrás trabajar de mozo de camarote -volvió a sonreír, hasta que la expresión de Alex se relajó al fin, aliviado-. Así está mejor. Dime, ¿qué diablos te ha sucedido para convertirte en un oso tan cascarrabias?

– Lady Joanna pone constantemente a prueba mi paciencia -contestó Alex, sucinto. Cada vez que la recordaba afirmando desafiante que viajaría al Ártico y que su ropa de abrigo bastaría para protegerla del frío polar, experimentaba una violenta punzada de irritación. En aquel momento no había sabido si sacudirla por los hombros o besarla. Precisamente el hecho de que hubiera querido besarla constituía el mayor problema.

– Ah -Owen Purchase se irguió en su asiento-. Lady Joanna es una gran mujer…

Alex lo fulminó con la mirada.

– Es tu lascivia la que habla, Purchase.

– Podría retarte en duelo por eso, Grant, pero me caes demasiado bien para matarte. Admito que siento una cierta inclinación hacia lady Joanna.

– La quieres para ti.

El capitán no lo negó.

– Era demasiado buena para Ware.

– Me sorprende oírte decir eso -repuso Alex, tenso-. Tú admirabas a Ware tanto como yo.

Estaba sinceramente sorprendido. Nadie criticaba a David Ware. Había sido un héroe. Todo el mundo lo sabía.

– Oh, vamos, Grant. Ware era un capitán condenadamente bueno, pero también un marido condenadamente malo. Lo sabes perfectamente. Eras tú quien siempre tenía que ir a buscarlo a los burdeles para que pudiera embarcar a tiempo.

– Y a cambio -replicó Alex- me salvó la vida, Purchase. No me pareció un mal trato.

– Ah, bueno… -se lo quedó mirando pensativo-. Entiendo tu sentido del deber.

– Dudo que lo entiendas -repuso Alex al tiempo que se frotaba el muslo para calmar el dolor, constante recordatorio de su lesión-. Ware pudo haberme dejado morir en aquella grieta, Purchase. Debería haberlo hecho, porque arriesgó su vida por mí, en lugar de asegurarse de que uno de los dos sobreviviera para guiar a nuestros hombres de vuelta a casa. Así que no me hables de sus debilidades.

– Yo no he dicho que Ware no tuviera un gran coraje físico. Pero… ¿acaso no entiendes que lo hizo por su propia gloria? Lo verdaderamente responsable habría sido no haber puesto en peligro su propia vida y la de vuestra tripulación, en lugar de jugar a los héroes.

– Basta ya -masculló Alex entre dientes. Se daba cuenta de que el deseo que sentía Purchase por Joanna había empezado a nublar su juicio. Quizá habían sido amantes en el pasado y ella había emponzoñado sus pensamientos en contra de su marido. O quizá aún lo seguían siendo. De repente estaba hirviendo de furia.

Purchase apuró entonces su jarra.

– Una cosa más y dejaré de tentar mi suerte. ¿Nunca se te ocurrió pensar que su sentido de la disciplina era excesivo? -un brillo de desprecio asomó a sus ojos-. Sí, sus hombres lo obedecían, pero no lo amaban como los tuyos a ti… por muy inapropiado que resulte hablar de «amor» con un inglés.

– Escocés -lo corrigió Alex, aunque con una leve sonrisa.

– Peor aún -murmuró Purchase-. No me extraña que seas tan adusto. Es el duro hierro de tu alma.

– Dev dice que la culpa la tiene mi educación calvinista -se interrumpió, sacudiendo la cabeza-. Pero dejemos esto, Purchase. Sólo conseguiremos discutir y no quiero pelearme contigo.

Por un instante la tensión pareció flotar en el aire, hasta que la expresión del americano volvió a relajarse.

– ¿Otra? -inquirió, alzando su jarra.

– No, gracias. Necesito localizar a lady Joanna y persuadirla de que me permita acompañarla en su viaje. Por el bien de la niña.

– Recurre a tu encanto, si es que tienes alguno, Grant -le aconsejó Purchase, ladeando la cabeza-. De cualquier forma, tienes suerte. Lady Joanna acaba de doblar en este preciso momento la esquina de Castle Tavern.

Alex se asomó a la ventana de mugrientos cristales. La tarde estaba ya muy avanzada y la luz primaveral comenzaba a desaparecer, dejando el cielo veteado de rosa y oro. Los faroles de las calles ya habían sido encendidos y las luces de las posadas, tabernas y garitos de juego moteaban el empedrado. Las multitudes de la noche, escandalosas y alborotadoras, apestando a ginebra y cerveza, atiborraban el estrecho callejón. Holborn a aquellas horas era el último lugar donde habría esperado ver a Joanna Ware.

– ¿Qué diantre estará haciendo aquí?

Purchase llamó a una de las extremadamente atractivas taberneras para que le rellenara la jarra.

– Es la Lady of the Fancy.

– ¿La qué?

– La patrona del club de boxeo -explicó Purchase-. Su protegida. Creo que hay combate esta noche.

– ¿Lady Joanna asiste a combates de boxeo? -Alex no salía de su asombro.

– Es el deporte de moda en la alta sociedad. El duque de York será uno de los patrocinadores que asistirán esta noche.

– Por mí como si asiste el propio rey. No me parece un espectáculo apropiado para una dama.

– Pues díselo a ella cuando la veas -repuso el capitán con tono risueño, antes de hacer un guiño a la camarera que acababa de sentarse a su lado-. Seguro que eso te será de gran ayuda cuando intentes persuadirla de que te permita acompañarla a Spitsbergen -suspirando, volvió a alzar su jarra de cerveza-. Buena suerte, Grant. La necesitarás.

Seis

– Un caballero desea veros, madame -Daniel Brooke, antiguo boxeador de éxito que dirigía a la sazón la posada de Tom Belcher, la Castle Tavern de Holborn, entró en el pequeño reservado y se inclinó con reverencia ante Joanna.

La escena resultaba extremadamente cómica, ya que Brooke era bajo, ancho, calvo y musculoso: de hecho, parecía casi más ancho que alto. Era el primo pequeño de Jem Brooke, un hombre al que Joanna no podía estar más agradecida. Jem, otro antiguo boxeador de categoría, la había protegido durante un tiempo de la ira de David, tras la terrible paliza que recibió por culpa de su fracaso a la hora de proporcionarle un heredero. A la mañana siguiente al suceso, Jem se presentó misteriosamente ante su puerta diciéndole únicamente que un caballero le había enviado para asistirla. Joanna no había tenido idea de quién había podido ser aquel misterioso caballero, ni de cómo había llegado a enterarse de su situación. En cualquier caso, la estatura, corpulencia y habilidades de Jem habían resultado de gran ayuda cuando David se aventuró a ir a buscarla aquel mismo día, haciendo valer sus derechos matrimoniales. Jem lo había arrojado a la calle con una sola mano.

Pero una vez que David volvió a embarcarse, Joanna ya no necesitó de un guardaespaldas. Durante un tiempo ayudó a Jem a abrir una taberna propia en Wapping, donde actualmente servían platos de pescado particularmente sabrosos. Pero, de algún modo, en el proceso había terminado convirtiéndose en la dama preferida de los boxeadores, patrona y mascota suya a la vez: una Lady of the Fancy. Y entonces ya no tuvo corazón para confesarles que aborrecía la lucha y la violencia de cualquier clase.

Era por eso por lo que estaba en aquel momento sentada sola en aquel reservado, con un vaso de cerveza negra en la mano, mientras en la sala adjunta peleaban en un improvisado cuadrilátero el actual campeón, Hen Pearce, y un joven aspirante. Iba por su segundo vaso y el fuerte sabor de la malta ya le había hecho entrar en calor. Joanna rara vez bebía, y habitualmente sólo vino y champán. Aquella bebida era mucho más vulgar, pero la relajaba. La última semana había estado salpicada de sorprendentes revelaciones, en las cuales los peores sucesos del pasado habían terminado por aflorar, al igual que sus propios sentimientos. Sus emociones estaban en carne viva: de ahí que en aquel momento, escondida en aquel rincón, con cincuenta hombres aclamándola en la habitación de al lado, se sintiera oscuramente y secretamente a salvo.