De repente la puerta se abrió y Joanna se estremeció cuando una oleada de ruidos alcanzó el reservado: los golpes sordos, el sonido de la carne contra la carne, los murmullos de compasión de la multitud cuando el aspirante llevaba las de perder. Se tapó con fuerza los oídos.
Poco a poco fue consciente de que Alex Grant estaba delante de ella, impecable con su traje vespertino. Vio que movía los labios y dejó de cubrirse las orejas.
– ¿Se puede saber qué diablos estáis haciendo en una taberna de boxeadores, cuando tanto os disgusta ese deporte?
Maravilloso. En el lapso de diez segundos, aquel hombre se las había arreglado para dar al traste con su tranquilidad.
– ¿Cómo sabéis que me disgusta?
– Porque estáis sentada aquí sola, con las manos en los oídos y una expresión tal que si estuvierais comiendo limones -explicó Alex-. ¿Qué estáis haciendo aquí?
– He venido a procurarme un guardaespaldas para que me acompañe a Spitsbergen -contestó Joanna, y señaló a Brooke-. Lord Grant, os presento a Daniel Brooke, antiguo campeón de boxeo. Brooke, lord Grant.
Brooke se inclinó cortésmente ante el recién llegado. Pero con un brillo acerado en los ojos, como si al mismo tiempo se estuviera preparando para una pelea.
Joanna vio que Alex le devolvía a Brooke la misma mirada fríamente evaluadora. Muchos hombres se habían sentido intimidados por el aspecto de Brooke: no era ése el caso de Alex. Era al menos una cabeza más alto y mucho más delgado y menos corpulento, pero su aspecto resultaba igualmente intimidante. Joanna pensó que un hombre tenía que ser fuerte, decidido y valiente para poder sobrevivir en los remotos rincones del mundo que había visitado. Enseguida corrigió, sin embargo, ese rumbo de pensamientos; no por casualidad eran los mismos que la habían seducido la primera vez que vio a David. David Ware, el héroe…
Los dos hombres continuaban midiéndose con la mirada y Joanna sintió algo eléctrico y elemental en el aire, hasta que Brooke retrocedió un paso y asintió con la cabeza, con lo que la tensión se atenuó.
– Un guardaespaldas -pronunció Alex, asintiendo también, y Joanna vio que los abultados músculos de los hombros de Brooke se relajaban un tanto.
– Efectivamente, lord Grant. ¿Cuento con vuestra graciosa aprobación?
Una leve sonrisa asomó a los labios de Alex.
– El viaje que pensáis hacer estará lleno de sorpresas, lady Joanna. Y no todas agradables.
– Ya me lo imaginaba. Desgraciadamente, Brooke no ha aceptado mi oferta porque no le gusta el frío. Es malo para sus articulaciones.
– Gajes de su antigua profesión, supongo -comentó Alex.
– ¿Puedo ofreceros una bebida, señor? -inquirió Brooke, cortés.
– Gracias, pero no. Sólo he venido a hablar con lady Joanna -se volvió hacia ella-. ¿Os dais cuenta de que el boxeo es ilegal, milady?
– Los duques de York y de Clarence están asistiendo ahora mismo al combate, al igual que tres magistrados de Londres. No creo que vayan ellos a tener problemas con la ley.
Alex señaló entonces el sillón que ella tenía delante.
– ¿Puedo? -bajó la mirada a su vaso-. ¿Es eso cerveza?
– Cerveza negra -contestó Joanna, y esperó la inevitable recriminación.
Alex se volvió hacia Brooke:
– Creo que tomaré una bebida después de todo, gracias, Brooke. Brandy, por favor.
Brooke abandonó la habitación después de hacer una reverencia.
– Veo que estáis extremadamente amable esta noche -comentó Joanna.
– Ningún hombre que estuviera en su sano juicio se comportaría de otra manera en presencia de un boxeador -volvió a mirar su vaso-. ¿Estáis quizá embriagada, lady Joanna? La cerveza negra es la más fuerte de todas.
– Lo sé. Es deliciosa.
– Estáis embriagada.
– Hay tantas cosas de mi persona que desaprobáis… -repuso dulcemente, y se volvió ligeramente en su sillón para mirarlo-. ¿Por qué estáis aquí, lord Grant? ¿Y cómo es que sabíais dónde encontrarme, por cierto?
– Me lo dijo Owen Purchase.
– Ah. Entonces también os habrá dicho que Lottie y yo hemos contratado su barco y sus servicios para que nos lleve a Spitsbergen.
– Efectivamente -Alex frunció repentinamente el ceño-. ¿La señora Cummings piensa viajar también?
– Está convencida de que será toda una aventura para ella -explicó, suspirando-. Supongo que habréis intentado disuadir al capitán Purchase de que rechazara nuestra oferta…
– Lo hice. Y fracasé.
Joanna sonrió levemente ante su sinceridad. Empezaba a darse cuenta de que jamás escucharía una mentira de Alex Grant, por muy incómoda que resultara la verdad que tuviera que reconocer. Se trataba de una cualidad que habría admirado en circunstancias normales. Pero la desconfianza que él le profesaba, aquella venenosa semilla que había sembrado David en su alma, siempre se interpondría entre ellos.
– El capitán Purchase es muy leal -dijo ella-. O quizá la razón estriba en el dinero que le ofrecí.
Alex se echó a reír.
– Purchase es, como vos misma acabáis de insinuar, un aventurero -de repente su expresión se transformó, volviéndose afilada, penetrante-. Parece teneros en alta estima. ¿Lo conocéis bien?
– No de la manera que vos imagináis -le espetó Joanna-. Lord Grant, vuestras opiniones resultan ofensivas. ¡Puedo ver que consideráis inconcebible que alguien pueda pensar bien de mí sin que sea al mismo tiempo mi amante!
– Os suplico me perdonéis. Nada más lejos de mi intención que insinuar tal cosa. Brooke parece teneros también en gran estima.
– Los boxeadores me aprecian. Soy su Lady of the Fancy -se rió al ver su expresión-. Vaya, lord Grant. Veo que volvéis a desaprobar mi comportamiento.
– No me gustan los boxeadores -le confesó, tenso-. Como tampoco la popularidad que vos parecéis disfrutar entre ellos. Ser aclamada por una fraternidad de boxeo no me parece precisamente algo muy envidiable.
– Claro que no -replicó Joanna, que ya estaba empezando a perder la paciencia-. Uno tendría que remontar el Ganges en canoa para ganarse vuestra admiración, lord Grant. Ah, pero me olvidaba… -añadió, burlona-. Eso no es aplicable a las mujeres, claro.
Vio que su rostro había recuperado su severidad habitual.
– Es cierto que prefiero que las mujeres se queden en casa.
– Ése es su sitio -repuso Joanna con tono irónico-. Por supuesto.
Reinó un breve silencio mientras Brooke servía la copa de brandy para volver a desaparecer tan discretamente como el más experimentado mayordomo. Joanna podía sentir la mirada de Alex clavada en su rostro, intensa y pensativa. Se sentía tensa, acalorada. Había algo en aquella silenciosa mirada que la desnudaba de todo disfraz y pretensión, dejando sus sentimientos al descubierto. Deseó con todas sus fuerzas que eso no fuera así. Alex Grant era un hombre que sentía tanto desagrado como desconfianza por ella, mientras que él, a su vez, era la última persona por la que deseaba sentir aquella turbadora atracción. Una atracción que parecía tirar de su persona en direcciones opuestas, provocándola, excitándola contra su voluntad.
– No habéis respondido a mi pregunta -le recordó bruscamente-. ¿A qué habéis venido?
– A suplicaros me permitáis acompañaros a Spitsbergen -explicó él, y añadió irónico-: Purchase me aseguró que vos teníais la última palabra. Si me rechazáis, no me quedará más remedio que ganarme el pasaje trabajando como mozo de camarote.
Joanna soltó una espontánea carcajada.
– ¿Mozo de camarote?
– Eso es. Incluso Devlin mandaría sobre mí.
– Eso supondría un lamentable desperdicio de vuestra experiencia y habilidad -reflexionó Joanna-. ¿Le ofrecisteis al capitán Purchase pagar vuestro pasaje?