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– Lo hice. Y continuó respondiéndome que la decisión era vuestra.

– Qué reconfortante me resulta su actitud -repuso Joanna-. La respuesta es no.

Al ver la leve sonrisa que asomó a sus labios, adivinó que había estado esperando su negativa.

– Permitidme que intente persuadiros de que cambiéis de idea. No es demasiado tarde.

– ¿Os referís a mi voluntad de viajar a Spitsbergen?

– Me refiero a todo este asunto -la recorrió con su oscura mirada, pensativo-. Dependéis demasiado del gusto y los caprichos de la alta sociedad, lady Joanna. Serán muchos los que desaprueben no sólo vuestro viaje a Spitsbergen, sino que os hagáis cargo de la hija bastarda de vuestro marido. Sospecho que John Hagan, por ejemplo, quedará consternado. ¿Qué sucederá si llegáis a perder el favor de la alta sociedad londinense?

Se hizo un silencio. Por unos segundos no se oyó más que el tumultuoso rumor de la multitud al otro lado de la puerta, elevándose y descendiendo como una marea.

– Entonces me moriré de hambre -repuso Joanna con tono ligero. Ya había afrontado antes aquellos temores; se negaba a dejarse intimidar por ellos-. Pero afortunadamente eso no le sucederá a Nina, ¿verdad, lord Grant? Porque supongo que David os habrá dejado los medios necesarios para mantenerla, como fideicomisario nuestro que sois.

Se hizo otro silencio. Joanna esperó, enarcando una ceja. Por una vez, Alex Grant pareció… ¿avergonzado? ¿Desconcertado quizá?

– Ware me dejó el mapa de un tesoro -masculló, malhumorado.

Joanna parpadeó asombrada.

– ¿Perdón? ¿El mapa de un tesoro, decís?

Alex se llevó una mano al bolsillo interior de su chaqueta y extrajo un trozo de papel muy fino, amarilleado por el tiempo. Lo desdobló y se lo entregó. Joanna se quedó sin aliento. Era el tosco dibujo de una isla con ensenadas, bahías y calas, con una gran equis señalando un lugar cercano a una playa, en una larga península. Identificó también, como si no pudiera faltar para redondear el tópico, el símbolo de una calavera y dos tibias.

– Vaya… ¿cómo es que David no depositó el dinero en un banco, como habría hecho cualquier persona normal?

Vio que un ligero rubor cubría las mejillas de Alex, y se preguntó si no lo habría pensado él también. No parecía el tipo de hombre habituado a ir por ahí desenterrando tesoros. Casi a su pesar, se sonrió. Resultaba tan gratificante ver a Alex Grant en desventaja por una vez…

– ¿Trajisteis este mapa de Spitsbergen junto con la carta?

– ¡No! -casi gritó Alex-. Churchward me lo entregó. Estaba con el testamento de Ware.

– A mí todo esto me huele mal -comentó Joanna, sacudiendo la cabeza-. Típico de David lo de mostrarse tan misterioso.

– A mí me parece altamente insatisfactorio -le confesó él, tenso.

– Bueno, eso también era típico de David. Era un hombre altamente insatisfactorio en muchos aspectos -miró a Alex: su expresión era inescrutable-. Pero me estoy olvidando -añadió, incapaz de disimular la amargura de su voz- de que, a vuestros ojos, David no podía hacer nada malo, ¿verdad, lord Grant? Estaba por encima de todo reproche. Incluso aunque esperara que vos desenterrarais la fortuna de Nina, cosa que debería haber hecho él -se removió en el sillón-. Es por esa razón que os repito que no podéis acompañarme a Spitsbergen. Ni os agrado ni confiáis en mí, y el viaje será ya de por sí lo suficientemente incómodo como para que encima tenga que soportar vuestra desaprobación a cada momento. Si queréis embarcaros para encontrar ese supuesto tesoro, la elección es vuestra, además de vuestra responsabilidad. Pero no vendréis con nosotros.

El ceño de Alex se había profundizado.

– No tiene absolutamente ningún sentido que naveguemos por separado, lady Joanna.

Le dio la razón en silencio. Pero eso no cambiaba su convicción de que él era la última persona a la que deseaba ver en su barco.

– No necesitamos ser enemigos -continuó Alex-. Podríamos intentar ser amigos, por el bien de la niña.

– Disparáis demasiado alto. Mantengamos nuestras expectativas dentro de lo razonable: me conformo con que mantengamos una relación civilizada. Pero la respuesta sigue siendo no. Sois autoritario por naturaleza… estaríais siempre intentando decirme lo que debo hacer, con lo que terminaríamos discutiendo otra vez. Simplemente el hecho de teneros cerca me hace sentir…

– ¿Qué os hace sentir? -arqueó una ceja, burlón.

– ¡Furiosa! -exclamó Joanna, levantándose. Era cierto. La sala parecía haberse empequeñecido, dominada por la presencia de Alex. La hostilidad hervía entre ellos como una tetera en ebullición.

Alex también se levantó.

– Jurasteis que haríais cuanto estuviera en vuestro poder para traer a Nina a casa. Hasta en eso habéis mentido.

Se lo quedó mirando fijamente, consternada por su tono de desprecio.

– ¿Qué queréis decir?

– Cualquiera con un mínimo de sentido común podría ver que redunda en el propio interés de Nina que aceptéis mi escolta. Pero sois tan terca que no consentís en ello.

– ¡Os prohíbo que me habléis así! -estalló, colérica-. Yo no soy terca. ¡Soy la única de los dos que tiene un poco de criterio! Sólo llevamos diez minutos hablando y ya estamos discutiendo. Lo que Nina necesita es estabilidad y seguridad… ¡y no un par de tutores que andan a la greña como el perro y el gato!

Le dio la espalda antes de enjugarse las lágrimas que amenazaban con escapar por las comisuras de sus ojos. No quería llorar delante de Alex Grant. Ya le había hecho sentirse demasiado vulnerable. Sus sentimientos estaban en carne viva. David había escogido bien cuando le envió a aquel hombre para atormentarla.

– Debéis disculparme -pronunció apresurada-. Es tarde y mi negocio aquí ha concluido.

Se volvió para descubrir que Alex se le había acercado. Demasiado.

– Estáis llorando -dijo con la voz ronca por una extraña emoción que ella no logró identificar.

– ¡Por supuesto que estoy llorando! ¡Llevo una semana horrible! -lo fulminó con la mirada-. Idos, lord Grant. ¿Es que no lo entendéis? ¡No quiero llorar delante de vos!

Pero él ignoró sus palabras. Tenía una mano en su cintura, y el calor de su mano atravesaba el corpiño de seda de su vestido. ¿Cómo había sucedido? La estaba acercando hacia sí, como si deseara consolarla. Nunca antes Joanna había asociado la proximidad física de un hombre con el consuelo: David solamente la había tocado cuando había querido acostarse con ella. Y seguro que a Alex, precisamente, no podía preocuparle menos que estuviera alterada o no. Se sentía confundida, turbada. Ignoraba cuál era la emoción que estaba asomando en aquel momento a su rostro.

Alzó entonces Alex una mano para secarle las lágrimas con el pulgar. A Joanna le dolió el corazón por la ternura de aquel gesto. Levantó la mirada para encontrarse con la deslumbrante intensidad de aquellos ojos grises… y al momento siguiente la estaba besando con tanta delicadeza como persuasión. La sorpresa la dejó temblando.

– Abrid la boca -susurró él, y Joanna sintió que la cabeza le daba vueltas mientras entreabría los labios en una instintiva reacción a su orden y a la presión de los suyos. Alex se los separó aún más con sensual deliberación y ella sintió de inmediato la lenta caricia de su lengua. Sabía a brandy mezclado con la sal de sus propias lágrimas. Un violento calor la asaltó de golpe, abrasándola. Hasta que de repente se separaron y quedaron de pie uno frente al otro, mirándose.

– ¿Qué ha sido eso? -fue Joanna quien encontró primero la voz-. ¿Consuelo?

– Difícilmente lo llamaría yo así -por un instante pareció tan desconcertado y confuso como ella. Lo cual no pudo por menos que provocarle a Joanna una fuerte punzada de placer-. No era eso lo que pretendía hacer -le confesó.