– Ya me lo imagino.
Se mordió el labio inferior. Se sentía aturdida y acalorada. El aire parecía restallar de tensión. Procedente de la otra sala llegaba hasta ellos el rugido de la multitud, tan atávico como el acelerado latido de su pulso. Había algo igualmente primitivo en los ojos de Alex, pero no la asustaba. La atraía, de hecho.
– Pero ahora que ya he empezado… -la estaba acercando de nuevo hacia sí- confieso que llevaba queriendo hacer esto desde hacía tiempo. En el parque de Lincoln's Inn, e incluso antes…
Pudo haberlo detenido. Sabía que debería haberlo hecho. Alex Grant no le gustaba, y sin embargo, por algún motivo, aquella aversión no hacía sino aumentar la atracción que sentía hacia su persona. Convocaba una cruda pasión que la seducía y horrorizaba a la vez. Era como una oscura corriente de atracción que la tentaba con su perversa dulzura, hasta el punto de que se abrazó a él, en lugar de rechazarlo. Y, cuando se vio dentro del círculo de sus brazos, ni lo entendió ni le importó.
Esa vez no fue tan tierno como la primera vez. Su boca se apoderó de la suya con toda la pasión que Joanna siempre había sospechado habitaba en él. Y ella se abandonó entonces al peligro y a la excitación, alzando las manos hasta su cuello. El beso fue tan urgente y primario que la dejó temblando. De pronto desapareció la dama de hielo, la mujer a la que David Ware había llamado frígida, estéril. Fue consciente por un segundo de que jamás antes había experimentado nada parecido, de que nunca había vivido una intensidad semejante, un deseo tan feroz. Era lo que siempre había buscado en vano, sin encontrarlo. Emitió un leve gemido de rendición mientras sentía su dura necesidad apretándose contra ella. Una ardiente espiral de deseo se anudaba y apretaba en su interior. Ansió de pronto que le hiciera el amor allí mismo, en aquel reservado de taberna, con el rugido de la multitud resonando en sus oídos.
Cuando finalmente la soltó, Joanna se llevó los dedos a la boca con gesto incrédulo, palpándose los labios húmedos e irritados por la vehemencia del beso.
– Vaya -murmuró Alex-. Esto ha sido interesante.
¿Interesante? ¿Así lo llamaba él? Joanna se lo quedó mirando fijamente, toda ofendida. La había besado con ternura y deseo, con una fiera pasión que le había dejado temblando… ¿y lo juzgaba interesante? La verdad era que sólo necesitaba abrir la boca para hacerle enfadar.
– Me alegro de que lo penséis -repuso con tono helado.
Su sonrisa era pura perversión. Parecía condenadamente satisfecho consigo mismo. El disgusto y la furia de Joanna crecían por momentos.
– Parece que no necesitáis gustarme para que os bese -dijo Alex, mirándola con expresión ardiente-. Ni yo gustaros a vos para que me devolváis el beso.
– Es inexplicable -estaba roja como la grana-. Porque vos no podéis desagradarme más.
– Y sin embargo… -le acarició una mejilla con un dedo.
Tuvo la sensación de que la piel le ardía ante su contacto. Sin saber cómo, resistió el poderoso impulso de permitir que le acunara la mejilla en el hueco de la mano, intensificando la caricia. Se sintió simultáneamente mortificada y fascinada por su propia reacción ante él. Estaba sintiendo ya de nuevo como crecía su excitación en su interior, apretándose como el nudo de una soga.
– Y sin embargo me deseáis -terminó Alex la frase.
– Deseo también un carruaje de cuatro caballos y un collar de diamantes de Hatton Garden -repuso Joanna-, pero nunca los tendré. Eso no sucederá. Como no sucederá tampoco ninguna clase de affaire entre nosotros.
– ¿Ah, no? -su voz era peligrosamente dulce. Bajó la mano hasta la base de su cuello: su contacto era tan suave como el roce de un ala de mariposa.
Joanna contuvo la respiración: sabía que el pulso que latía en aquel punto estaría acelerado, desbocado. Alex delineó entonces con un dedo su delicada clavícula… y deslizó la mano bajo el escote de su vestido para acariciarle fugazmente la parte superior de un seno. Fue una caricia rápida, pero de efectos tan intensos que por poco se le doblaron las rodillas. Los pezones se le endurecieron instantáneamente y un débil gemido escapó de sus labios. La mirada de Alex era fija, oscura, consumida de deseo.
Acto seguido le bajó una hombrera del corpiño del vestido y continuó la caricia con los labios, deslizando la boca por la tersa piel de su cuello y la deliciosa línea de sus senos, hasta el valle que se abría entre ellos. La mente de Joanna se vio asaltada por todo tipo de eróticas imágenes, derretido su cuerpo en aquella lánguida sensación de placer. Aquello era un juego, un desafío, una prueba a la que él la estaba sometiendo, y sabía que debía detenerlo, tenía que hacerlo… Pero no quería debido precisamente a la red de sensual deleite en la que estaba atrapada.
Sintió la palma de su mano contra su seno, cálida a través de la seda de su camisola. La caricia de sus dedos volvió a arrancarle un gemido. Tambaleándose, estiró una mano con intención de sujetarse en algo y rozó el borde de la mesa: su alianza de oro arañó la madera. Aunque nimio, el detalle logró llamar su atención, y no porque sintiera que estaba siendo desleal de alguna forma a la memoria de David, sino porque le recordó quién era Alex. El mejor amigo de su difunto marido, un hombre capaz de despreciarla y, al mismo tiempo, de hacerle el amor de la más exquisita de las maneras.
Se apartó rápidamente, asqueada de sí misma, y Alex la soltó. Estaba respirando tan aceleradamente como ella. Por un momento ninguno de los dos dijo nada, hasta que Alex sonrió.
– ¿Habéis cambiado de idea? ¿Podré acompañaros?
Joanna se quedó tan desorientada que al principio no supo de qué estaba hablando. Luego recordó: Spitsbergen, el Ártico, el viaje…
– ¿Me habéis besado solamente para intentar seducirme y lograr así mi consentimiento?
Alex pareció acoger divertido la desilusión que traslucía su voz.
– No. No me habría detenido de haber querido seduciros.
– Fui yo quien se detuvo. No vos.
– Sabía que terminaríamos discutiendo sobre eso, como de tantas otras cosas -le lanzó una desafiante mirada-. Habéis disfrutado.
– Vos también -alzó la barbilla.
– En eso sí que estamos de acuerdo.
Volvió a reinar un tenso silencio.
– Sí que llegáis a resultar irritante. Es desconsolador que pueda llegar a encontraros tan exasperante y al mismo tiempo…
– ¿Y al mismo tiempo haceros desear rasgarme la ropa y hacerme el amor? -sonrió al ver su expresión ofendida-. Disculpadme, pero ya sabéis lo muy directo y sincero que soy.
– Lo que desee o no desee hacer da exactamente lo mismo -declaró Joanna-. No podéis acompañarme a Spitsbergen.
Pronunció las palabras con un tono tal de determinación que logró sorprenderlo.
– ¿Me rechazáis… después de esto?
– Esto ha sido un error, lord Grant -retrocedió un paso-. La hija de David es lo único que nos ha reunido, y yo pienso ir a rescatarla a Spitsbergen. Vos iréis a donde os mande el almirantazgo, imagino -le sostuvo la mirada-. Y dado que siempre habéis dejado claro que no deseáis ningún tipo de responsabilidad o lazo emocional con nadie… quizá prefiráis ejercitar en el futuro vuestra tutoría legal mediante abogados. ¿Me equivoco?
Para entonces, Alex ya estaba furioso:
– ¿Continuáis insinuando que yo eludo mis responsabilidades? Pues no es cierto: pretendo asumir la que tengo para con Nina. Así que os acompañaré en ese viaje y velaré por vuestra seguridad. Vos difícilmente podréis garantizarle un buen hogar si caéis enferma, herida o muerta.
– Pero yo no os quiero conmigo -replicó Joanna, cada vez más irritada por su terquedad-. ¡Ya os lo he dicho! ¿Es que no veis que…?
– Puedo ver que tenéis miedo de nuestra mutua atracción -le espetó Alex, brutal-, y que ésa es la verdadera razón de vuestro rechazo -sus iris habían adquirido un intenso color gris oscuro-. Tenéis miedo de que si pasamos algún tiempo juntos, acabemos convirtiéndonos en amantes… porque eso es lo que ambos queremos.