A Joanna se le secó la garganta al escuchar aquellas palabras. Eso era precisamente lo que más temía.
– Eso si no acabamos matándonos antes -sugirió con falso tono cortés.
Alex sonrió de nuevo:
– Sería un riesgo que merecería la pena correr.
– No pienso lo mismo.
– ¿Pretendéis fingir acaso que nada sucede entre nosotros?
– No. No puedo negar esta impertinente e incómoda atracción -Joanna hizo un gesto de impotencia-. Pero no deseo tener un affaire con vos.
Alex se acercó entonces nuevamente a ella.
– Sí que lo deseáis. Puedo ver que sí. Lo que sea que os quema por dentro, me quema igualmente a mí, Joanna.
Abrumada por su cercanía física, no pudo hacer otra cosa que encogerse de hombros.
– Ya lo veis: siempre estamos en desacuerdo -alzó la cabeza para encontrarse con la intimidad de su mirada-. No niego que os deseo -le confesó, sincera-. Ni me gusta ni lo entiendo, pero…
Se interrumpió. La mano de Alex había vuelto a posarse sobre su cintura: su contacto cálido, compulsivo, parecía atraerla hacia sí. Volvió a apartarse, sobrecogida. Ni por un momento pensaba que aquel hombre era como su difunto marido. Alex podía ser demasiado directo e incluso brutal, pero no insincero ni deshonesto. Lo sentía. Lo sabía instintivamente. Jamás le haría físicamente daño. Y sin embargo, permitirse tener un affaire con él sería una locura. Porque una vez que su deseo se hubiera consumido, no quedarían nada más que reproches y un mutuo desagrado.
– No lo haré -declaró-. Me consideráis vana y frívola como tantas otras damas de la alta sociedad, pero no lo soy, y aunque lo fuera, vos seríais el último hombre al que tomaría como amante. Nunca me entregaría a un hombre que no me respeta.
– Pues habéis estado muy cerca de hacerlo.
– Razón por la cual no pienso volver a veros -replicó Joanna.
La temperatura de la habitación cayó de golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta para dejar entrar un frío viento invernal.
– Pues me veréis de sobra -dijo Alex-. Porque pretendo viajar en ese barco.
– No os quiero a bordo: ya os lo he dicho.
– Vuestros deseos no cuentan para nada en todo esto. Como tutor de Nina, no puedo permitir que os pongáis a vos misma en peligro por culpa de vuestra propia estupidez.
Joanna apretó los dientes.
– ¡Qué arrogante que sois! No necesito héroe alguno que me proteja. No se me ocurre una posibilidad peor -tras recoger su capa y su sombrero de la silla donde los había dejado, abrió rápidamente la puerta-. Brooke -llamó, lanzando al mismo tiempo a Alex una desafiante mirada-. Lord Grant se marcha.
– Milord -el boxeador le hizo una cortés reverencia que apenas logró disimular su hostilidad, antes de hacerse a un lado para franquearle la salida. Alex lo ignoró. Tomando la mano de Joanna, se la besó.
Joanna sintió el roce de sus labios en la piel y reprimió la reacción que la sacudió por entero. Viendo aquello, Brooke se afirmó bien sobre sus pies, preparándose para pelear.
– ¿Milady? -pero ella negó con la cabeza. Alex se apartó galantemente para que pasara primero y salieron juntos.
Ya había caído la noche y hacía calor. Los socios del club de boxeo habían abandonado la taberna una vez acabado el combate, ebrios de cerveza y buen humor por el dinero que habían ganado. Cuando vieron a Joanna, estallaron en vítores y se apresuraron a rodearla, haciéndole reverencias, deseosos de besar su mano. Aquello pareció darle fuerzas y, de repente, empezó a soplar besos a sus admiradores, lo cual los exaltó aún más. El ceño de Alex se profundizó.
Dos socios, ambos muy jóvenes y elegantemente vestidos, hicieron una aparatosa reverencia a Joanna y empezaron a competir recitando sonetos en su honor. Mientras tanto, los miembros más escandalosos de la multitud empezaron a abuchearlos con tales gritos que ella se vio obligada a intervenir.
– Idos a casa a dormirla, lord Selsey -dijo cuando uno de los jovencitos intentó besarla y a punto estuvo de desplomarse en la calle-. Estáis bebido.
– Ni hablar, madame -repuso Selsey-. Estoy lo suficientemente sobrio como para ofreceros mi mano y mi corazón…
– Otra vez -suspiró Joanna-. Me temo que vuestro tutor legal no lo permitiría.
– Podríamos fugarnos -sugirió esperanzado, rebotando esa vez contra una farola. Apenas se mostró ligeramente decepcionado cuando Brooke lo agarró del pescuezo y lo arrojó a un lado.
– Me temo que en este momento no necesito preocuparme en absoluto por vuestra seguridad -le dijo Alex a Joanna, abriéndose paso entre la multitud para llegar a su lado-, dado que debéis de tener a más de un centenar de hombres a vuestro servicio.
– Sí -sonrió-. ¿No es maravilloso?
– Son gente borracha y vulgar.
– Y totalmente devotos a mi persona -replicó ella-. Los amo.
– ¡Nosotros también os amamos, madame! -gritó un boxeador, que fue coreado por la multitud.
Selsey, que estaba siendo sostenido por su igualmente borracho amigo, se había quedado mirando a Alex con ojos como platos.
– ¡Hey! -exclamó-. No puede ser… ¡milord, sois vos! ¡Lord Grant, es un inmenso honor conoceros, señor! -ensayó otra reverencia y a punto estuvo de rodar por el suelo-. Amigos… -se dirigió entonces al gentío- éste es Alex Grant, el explorador. Ya sabéis, el hombre que se enfrentó con un puma para salvar la vida de su amigo y que descubrió las ruinas de Azer… Azerban… que descubrió ciertas ruinas en un desierto, vamos, y que…
En cuestión de segundos, según le pareció a Joanna, Alex se vio rodeado de admiradores. La multitud de socios y aficionados se apresuró a alabar al último héroe que se había dignado a visitar su santuario.
– ¡Un beso! -gritó alguien-. ¡Un beso de nuestra Lady of the Fancy para lord Grant!
Alex se volvió hacia ella, con una perversa expresión de desafío asomando a sus ojos.
– ¿Qué decís, lady Joanna? Seguro que no querréis decepcionar a vuestros admiradores.
– Por supuesto que no -repuso, imprudente.
Se puso de puntillas, con la intención de besarlo en una mejilla. Pero Alex tomó su rostro entre sus manos y la besó en los labios.
– Yo creía… -dijo cuando él por fin la soltó, sujetándola al mismo tiempo cuando la vio tambalearse- que no teníais deseo alguno de popularidad, lord Grant.
– Y no lo tengo. Pero sí que tenía un gran deseo de volveros a besar.
– Hipócrita -lo insultó, y lo oyó reír.
De repente la multitud se tragó a Alex para llevárselo lejos de allí.
– Me temo que he sido totalmente eclipsada -murmuró Joanna mientras se ajustaba los guantes-. He perdido a todos mis admiradores en favor de lord Grant… ¡y él todavía les hace ascos!
– Sabe aprovecharse de sus ventajas -comentó Brooke, mirándola de reojo-. Me gustaría verlo pelear.
– Pues estuvisteis a punto de verlo esta noche -repuso Joanna-. Hace unos minutos pensé que ibais a atacarlo.
Brooke se encogió de hombros.
– No lo habría hecho, milady. No cuando parecéis haberos encaprichado de su persona.
– ¡No es verdad! -exclamó, ruborizada-. Brooke, yo…
– Avisadme en cuanto deje de gustaros… para enfrentarme con él -le abrió la puerta del coche de caballos que le había conseguido-. Éste es Tom Finn -le presentó al cochero-. Tom se encargará de llevaros sana y salva a casa.
Al volver la mirada, Joanna pudo ver al duque de Clarence abrirse paso entre la multitud para darle una palmadita a Alex en la espalda. Los dos prácticamente fueron transportados en volandas por la multitud en busca de la cervecería más próxima. Pensó que le estaba bien empleado que se hubiera convertido en héroe, a su pesar, de la fraternidad de boxeo. De esa manera tendría que pensárselo dos veces antes de expresar su severa desaprobación.