Выбрать главу

Cerró firmemente la puerta del carruaje y se recostó en el asiento con un suspiro. Sabía que Alex no había renunciado a su deseo de escoltarla hasta Spitsbergen. No podía explicarse la atracción que sentía hacia él. Recordó sus propias palabras: «Nunca me entregaría a un hombre que no me respeta». Y la respuesta de Alex: «Pues habéis estado muy cerca de hacerlo».

David Ware no había mostrado la menor consideración para con sus sentimientos y su autoestima, y ella había aprendido de la peor manera posible a no dejar que eso volviera a sucederle. No se entregaría a otro aventurero, a un hombre que sólo se quedaría con ella el tiempo suficiente para disfrutar de los placeres del lecho y que después se marcharía en otra expedición, a la busca de otro desafío, de otra aventura. Ninguna mujer sería capaz de retener nunca a Alex Grant, porque su primer amor sería siempre viajar y explorar.

Además, Alex jamás confiaría en ella, jamás le gustaría, porque la sombra de David siempre se cernería entre ambos. Aunque le contara toda la verdad sobre la crueldad de David, dudaba que la creyera. Había sido amigo de su difunto marido desde la infancia. David le había salvado la vida en una ocasión, y Joanna sabía que se consideraba obligado a guardar lealtad a la memoria de su amistad.

Eso fue lo que se recordó mientras subía a su habitación con intención de dormir. La noche se avecinaba larga, y la cama solitaria.

Siete

El ambiente de la habitación era cargado y sofocante. Olía a polvo y a cera de muebles: lo más opuesto que Alex podía imaginar al aire fresco y al interminable horizonte del mar. Tan pronto como entró allí, se había sentido atrapado y nervioso. Pese a su condición de marinero, miembro de la casta más supersticiosa de los hombres, Alex nunca se había considerado un ser irracional. Sin embargo, en aquel preciso momento, tenía la fuerte convicción de que algo malo estaba a punto de suceder, y sentía una extraña inquietud en el estómago mientras miraba a los hombres que se hallaban sentados alrededor de la mesa.

Aquella semana había resultado extremadamente dura por culpa del inexplicable comportamiento de David Ware al confiarle la tutela de su hija. Alex deseaba perdonar a su amigo y entender por qué había actuado de aquella manera, pero no encontraba explicación racional alguna, más allá de que Ware había querido lo mejor para Nina y había pensado en él como el mejor tutor posible. Pero eso no encajaba con los hechos: dejaba preguntas sin respuesta que habían empezado a atormentarlo en sus noches de insomnio. Si Ware hubiera querido realmente lo mejor para Nina, ¿por qué nunca antes había mencionado su existencia, ni se había tomado interés por su bienestar? ¿Por qué, en su lecho de muerte, no se lo había contado ni había confiado la niña a su cuidado, en lugar de exigir a Joanna que emprendiera aquel peligroso viaje al Ártico para rescatarla?

No parecía haber respuestas satisfactorias, y cada vez le estaba resultando más difícil tanto explicar como cerrar los ojos a los escasamente admirables aspectos del comportamiento de Ware: sus infidelidades, su despreocupación hacia aquéllos que dependían de él, su inflexible dureza con su esposa.

Lejos de ayudarlo, el encuentro de la pasada noche con Joanna había excitado tanto su furia como su frustración sexual hasta un punto insoportable. Se había mostrado firmemente determinado a acompañarla a Spitsbergen y desairado en la misma proporción por su negativa. Se encontraban en un punto muerto. Su irritación aumentaba por culpa del lamentablemente escaso control que parecía tener sobre sus propios deseos físicos: deseoso de Joanna pero desconfiando al mismo tiempo de su persona.

Como si no hubiera tenido suficiente con todo ello, había experimentado el inesperado e indeseado impulso de consolarla en el reservado de aquella taberna. Le habría gustado poder explicar sus lágrimas como una treta femenina, pero instintivamente se había dado cuenta de que no fingía. Su aflicción había sido demasiado real. Las sorprendentes revelaciones de aquella semana la habían afectado demasiado, y él había querido protegerla movido por un sentimiento que nada había tenido que ver con la lascivia. Y eso sí que resultaba particularmente preocupante.

Se pasó una mano por el cuello, intentando aliviar la tensión de sus músculos. Toda aquella situación era enloquecedora. Joanna no podía irritarlo más. Se sentía embrujado.

Joanna, por cierto, también lo había sorprendido. Él había dado por hecho que se mostraría inclinada a tener una aventura amorosa, como tantas viudas de su mismo ambiente. Pero cuando lo rechazó, lo hizo con una pasión que no le dejó la menor duda sobre su sinceridad. En aquel preciso momento había visto a una Joanna diferente, opuesta a la frívola anfitriona de la alta sociedad que había imaginado.

Aquella mañana había intentado ventilar su mal genio y su frustración física con una sesión de esgrima en la academia de Henry Angelo. Lo cual probablemente había sido un error, dado que a esas alturas la pierna le dolía como un demonio, y detestaba el hecho de que notara cada vez más las limitaciones de su vieja lesión. En el fondo de su mente latía el temor, leve pero persistente, de que un día esa herida le impediría seguir explorando y lo confinara en «casa», como una fiera salvaje obligada a vivir el resto de su vida en cautividad. El simple pensamiento le horrorizaba.

Luego, al regresar a Grillon's, fue cuando Frazer lo recibió con la noticia de que el almirantazgo se había dignado por fin a ocuparse de él.

– Deseaban veros inmediatamente, milord -le había informado su mayordomo-. Tuve que decirles que estabais ocupado con ciertos asuntos perentorios. Pero eso fue hace unas dos horas. Me temo que no estarán muy contentos de haber tenido que esperar tanto…

Alex se había preparado para enfrentarse a un glacial recibimiento por culpa de su tardanza: de ahí su sorpresa ante tanta cordialidad. Semejante actitud no pudo por menos que despertar su desconfianza.

– ¡Qué alegría volver a veros, viejo amigo! -Charles Yorke, primer lord del almirantazgo, le estrechó efusivamente la mano.

Yorke no era un hombre a quien Alex profesara un gran respeto. Le disgustaba el hecho de que el primer lord de los mares tuviera que ser un político, no un marinero. ¿Cómo podía un hombre así entender el desafío que entrañaba ser un oficial de a bordo, por no hablar de las experiencias de sus subordinados? Peor aún era la circunstancia de que Joseph, su hermano, ocupara también un sillón en la junta del almirantazgo. Era cierto que Joseph había servido al menos en la marina, pero su nombramiento, para Alex, no era más que un caso de nepotismo. Era consciente de que ésa era la manera en que se conducían muchos negocios y nombramientos, pero eso no significaba que le gustara. Se sentó en la silla que le señaló Charles Yorke mientras procuraba disimular su hostilidad.

Tuvo que recordarse que si estaba allí era para recibir sus nuevas órdenes de viaje. Dado que Joanna había rechazado su oferta de acompañarla a Bellsund, no tenía ninguna necesidad de suplicar a sus superiores que le permitieran viajar de nuevo al Polo Norte. De hecho, no tenía responsabilidades que lo retuvieran en Londres en aquel momento. Muy bien podría salir de aquella oficina en cuestión de minutos para volver a su barco. Así podría escapar del calor sofocante de aquella habitación para respirar de nuevo el aire del mar. Se sentía oprimido, como si las monstruosas montañas de papel que se extendían sobre aquella larga mesa fueran a aplastarlo de un momento a otro. Nunca se había sentido bien en los lugares cerrados. Ya desde su infancia en Speyside, siempre había preferido vivir y trabajar al aire libre.

– Estoy encantado de teneros de vuelta en Londres, Grant -estaba diciendo Charles Yorke-. ¡Y no soy el único! Su Excelencia el duque de Clarence me comentó que anoche causasteis verdadera sensación en el club de boxeo de Cribbs's.