Alex reprimió una mueca de disgusto. Había pasado la mayor parte de la noche intentando escapar de un eufórico gentío que no había dejado de brindar por él y de invitarlo a bebidas… hasta que casi se había caído de la silla con tanto exceso. Afortunadamente, Yorke no parecía esperar una respuesta de su parte.
– Para el almirantazgo sería un gran placer que entrarais a trabajar aquí durante un tiempo -hizo un gesto magnánimo-. Sería una buena promoción para vos. En un año o dos podríais ascender quizá a oficial de bandera…
Alex vio que Joseph Yorke sonreía con los dientes apretados, asintiendo con la cabeza.
– Sois un héroe, Grant -continuó Charles-. Un ídolo del gran público.
Alex experimentó una punzada de asombro. ¿Trabajar en el almirantazgo?
– Os estoy muy agradecido, caballeros. No entiendo, sin embargo…
– ¡Claro, por supuesto! -exclamó Charles Yorke-. Sois un simple marinero, ¿verdad, Grant? Esa modestia vuestra… -desvió la mirada hacia otro de los miembros de la junta, James Buller, un político de carrera, como esperando que dijera algo.
– El gobierno está contento con vos, Grant -dijo Buller con su voz atiplada-. Necesita un héroe ahora que Nelson ya no está con nosotros. Cochrane es demasiado extravagante y llamativo, aparte de contestatario. Además, los exploradores están de moda.
– Comprendo -repuso Alex, sombrío, y miró a sir Richard Bickerton, antiguo compañero de armas de Nelson, que le hizo un leve guiño de complicidad.
– Sois famoso, Grant -constató Bickerton-. Sé lo mucho que os gustará la idea.
– Desde luego, señor -dijo Alex, y aspiró profundamente-. Pero, caballeros, me hacéis un honor excesivo. Yo lo único que deseo es recibir nuevas órdenes de viaje y regresar a mi barco.
Un tenso silencio se alzó de pronto en la mesa. Alex miró a Charles Yorke, que se había puesto a juguetear con su pluma.
– ¿Señor? -inquirió cortésmente, a la espera.
– El caso es, Grant… -empezó Yorke- que no hay dinero para más exploraciones por el momento, ya lo veis. No es posible lo que nos pedís.
– El gobierno no se lo puede permitir -confirmó Buller con humor sombrío.
– La situación podría cambiar dentro de unos años, por supuesto -continuó Yorke-, pero por ahora necesitamos que os quedéis aquí, en la capital, haciéndoos ver, trabando contactos. Sois un hombre famoso, como bien ha dicho Bickerton. Seréis el mejor embajador de la marina en la alta sociedad londinense. ¡Un huésped de honor en todos los actos sociales! ¡Cenas, bailes, veladas! ¡Una vida agradabilísima!
Alex soltó muy lentamente el aire que había estado conteniendo. Aquello pintaba cada vez peor. Podía ver su futuro ante sus ojos: encadenado a una mesa en algún absurdo trabajo del almirantazgo durante el día, pasando las tardes y noches en interminables eventos hasta que la buena sociedad terminara cansándose de él, o una nueva estrella rutilante lo desplazara. Sintió en aquel momento que las paredes de aquella habitación se cerraban sobre éclass="underline" se sintió atrapado, aterrado ante la perspectiva de no volver a recibir nunca más otra comisión de servicio, otro destino.
Podía ver que Joseph Yorke lo miraba con disgusto y un punto de envidia. Pensó en lo irónico que resultaba que lo envidiaran por algo que ni siquiera había buscado en primer lugar: la fama y afecto del gran público. Sobre todo cuando lo único que quería era escapar precisamente de toda aquella popularidad.
– Caballeros -tensó la mandíbula, consciente de la furia y de la extraña desesperación que se estaba apoderando de él-. ¿Podría pediros que reconsiderarais vuestra decisión? Yo soy un marinero. No estoy hecho para ejercer de embajador del almirantazgo en la sociedad de la capital.
– Eso coincide exactamente con mi opinión, Grant -terció de pronto Joseph Yorke, mostrándose de acuerdo con él-. Y es lo que les dije a mis compañeros. Carecéis en absoluto de modales y habilidades sociales.
– ¡Absurdo! -exclamó Charles, interrumpiendo a su hermano antes de volverse hacia Grant-. ¡La alta sociedad os adora!
– Pero yo no la adoro a ella -replicó Alex-. Por favor, os suplico que no me asignéis ese papel.
Era consciente de que la diplomacia no era su fuerte. Nunca había sido un político ni había cultivado los contactos necesarios para prosperar, lo cual hasta ese momento no le había importado. Solamente había sido un marinero, un explorador. Sus hombres eran como Devlin y Purchase, jóvenes deseosos de aventuras y éxito, eficaces y atrevidos. El almirantazgo los había querido en el mar… hasta ahora. Porque ahora parecía que eran los políticos y los financieros quienes estaban al mando, que no quedaba ya dinero para exploraciones y que él estaba a punto de ser promocionado para un oficio en el que sus únicas responsabilidades serían seducir a la alta sociedad y lucirse como heroico explorador en los salones de baile de Londres. El simple pensamiento le revolvía el estómago. Sentía el impulso de dimitir de la marina, antes que aceptar aquel trabajo. Tragó saliva. Era mayor y más sabio que Devlin, y no podía rechazar una orden del almirantazgo por un capricho. Pero… ¿qué remedio le quedaba cuando la única opción que le ofrecían era encadenarse a una mesa durante el día y desfilar por las noches para divertimento de las multitudes?
La mayoría de los miembros de la junta lo miraban con absoluta perplejidad. La expresión de Joseph Yorke era de envidia. Sólo Bickerton tenía un brillo de comprensiva simpatía en sus ojos.
– Entiendo vuestra necesidad de haceros a la mar, viejo compañero -dijo Bickerton-. Pero… -su encogimiento de hombros indicaba que se encontraba en minoría, y que por tanto la discusión estaba perdida.
– Caballeros -repitió Alex. De repente había vislumbrado un destello de esperanza, y decidió encomendarse a él-. Os suplico consideréis la alternativa que estoy a punto de proponeros.
Charles Yorke estaba frunciendo el ceño, molesto de que su generosidad no hubiera encontrado la respuesta que había esperado.
– ¿Una alternativa, Grant? ¿Una alternativa a cultivar el trato y la aprobación del Príncipe Regente, así como de las clases directoras de la sociedad?
– Creo -pronunció solemnemente Alex- que será de vuestro agrado.
Se hizo un silencio. Todo el mundo lo miraba expectante.
– Es una misión de caridad. Una que estoy moralmente obligado a cumplir.
Charles Yorke se inclinó hacia delante, ceñudo.
– Continuad, Grant. Una misión de caridad, ¿eh? Me gusta como suena.
– Cuando David Ware murió, dejó una hija ilegítima. El asunto salió a la luz hará un par de días. Yo fui nombrado uno de los tutores de la niña. El otro tutor no es otro que la viuda de Ware, lady Joanna.
Un rumor de comentarios y especulaciones recorrió la mesa.
– Un asunto vergonzoso -sentenció uno de los miembros de la junta-. ¿En qué habría estado pensando Ware?
– Qué desfasado por su parte colocar a su esposa en semejante situación -comentó fríamente Joseph Yorke-. Nada más opuesto a su personalidad.
– Desde luego -convino Alex-. Ware dejó a su hija al cuidado de un monasterio ortodoxo en Spitsbergen, un lugar poco ideal para una niña pequeña. Considero mi deber asistir a lady Joanna acompañándola en el viaje de rescate que piensa emprender para buscar a la niña y traerla a Londres consigo. Así que ya lo veis, caballeros… es por eso por lo que tengo la imperiosa necesidad de regresar al Ártico lo antes posible.
Vio que Bickerton esbozaba una leve sonrisa, como aprobando la conveniencia de su estrategia: la sinceridad.
– Buen trabajo, Grant.
Buller, sin embargo, se mostraba cauto.
– No hay dinero con que financiar esa expedición -empezó.
– Y sin embargo… ¡qué maravillosa aventura! -exclamó Charles Yorke alzando las manos y sonriendo de oreja a oreja-. Ya estoy viendo los titulares de las gacetas… «¡Intrépido aventurero parte al Polo Norte en misión de rescate! ¡Héroe polar acude al auxilio de una viuda indefensa y una niña huérfana!». ¡Absolutamente espléndido, Grant! Al príncipe le encantará. Y a los periódicos. ¡Al público en general!