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– Eso puede ser algo positivo: ya sabe que lo que provoca su problema es la proximidad a otras personas.

– Sí, la proximidad a los demás.

– Pero el problema, señor Ravel, es que no puede pasarse el resto de su vida solo. Tendremos que encontrar, pues, otra solución. ¿Es usted consciente de ello?

– Sí. Y mucho más porque…

– ¿Sí?

– Mucho más porque lo echo en falta.

– ¿El qué? ¿El contacto con la gente?

– Sí, los demás. Siempre me he sentido un extraño, sin relación con la gente.

– ¿Con la gente con la que trabaja también?

– Sí, nunca hablamos. En Feuerberg estamos cada uno en un pequeño despacho, separados, y nos pasamos todo el día frente al ordenador… Ya ve. El siglo XXI en todo su esplendor. Ayer… Ayer me crucé con una colega en la calle, y ni siquiera me reconoció. O no quiso reconocerme, no lo sé.

– ¿No hace pausas en la máquina de café?

– En nuestras oficinas no hay máquina de café. El señor De Telême está en contra.

– ¿Y para almorzar?

– La mayoría se trae su propio bocadillo y se lo comen en su mesa. Tengo la impresión de que todos los empleados de esa empresa son tan esquizos como yo -añadí, sonriendo.

– Usted no es esquizo, señor Ravel. Se lo repito una vez más, creo que debería eliminar esa palabra de su vocabulario.

Asentí con la cabeza, con aspecto desanimado.

– ¿Verdaderamente no hay nadie con quien hable de vez en cuando?

– Bueno, sí, está el señor De Telême, el jefe. Sabe que estoy loco, de manera que es atento. De hecho, es más bien simpático. Es la única persona con la que alguna vez salgo. Sí. Podría decirse que es un amigo. Una especie de amigo… Aunque siga siendo mi jefe.

– Y cuando sale, ¿adonde va?

Sonreí.

– A un club de blues que frecuentamos bastante, en Neuilly.

– ¿Le gusta el blues?

– Sí, y además, hay tanto ruido en ese club que, si por casualidad tengo una crisis, dejo de oír las voces de mi cabeza…

– Entonces, cuando hay ruido, ¿no oye ninguna voz en su cabeza?

– Prácticamente. Se ahogan.

Ella volvió a escribir algunas notas en su gran cuaderno negro.

– Antes de ayer me dijo que cada vez estaba menos conducido de sus problemas esquizofrénicos. Hoy me dice us ted, finalmente, que empieza a creer en ellos de nuevo. ¿Qué le ha hecho cambiar de opinión?

– No lo sé. Mientras me paseaba por la calle, ayer, creo que me aclaré las ideas. Me di cuenta de que toda mi historia no se sostenía desde el principio.

– Dígame exactamente qué es lo que no se sostenía desde el principio.

– ¡Nada en absoluto! Ya no estoy seguro de nada. Se lo he dicho: ni siquiera estoy seguro de que el doctor Guillaume haya existido realmente.

– ¿No cree que debería verificarlo usted mismo? Eso tal vez le ayudaría. No solo, desde luego, sino con la ayuda de alguien…

– ¿Con usted?

– No. ¿No podría hacerlo con su jefe o, todavía mejor, con sus padres? ¿No tiene ninguna noticia de ellos desde los atentados?

– No. Ni siquiera sé si han vuelto a su casa, en la Rue Miromesnil. Tengo miedo de volver allí. Cuando fui, había, en fin, me pareció que había una cámara. Pero he debido de imaginarlo, desde luego, en medio de mi paranoia.

– ¿Una cámara?

– Sí, sí.

Ella lo anotó.

– Sus padres estarán muy preocupados a estas horas. Debería intentar ponerse en contacto con ellos y preguntarles si pueden ayudarle a aclararse, a discernir lo falso de lo real.

– ¿Y si lo hubiera inventado todo, como con la cámara? ¿Y si mis padres no existen?

– Lo sabrá si intenta verlos, señor Ravel. Eso me parece importante. La soledad en la que se ha encerrado me parece peligrosa. Necesita retomar el contacto con la realidad. De lo contrario, se arriesga a sufrir fases bastante penosas. Sería bueno que estuviera acompañado.

– Mientras la escuchaba, no podía evitar pensar en mis padres. La idea de que ellos también pudieran ser el fruto de mi imaginación me parecía factible y aterradora. Tal, vez el apartamento de la Rue Miromesnil tampoco era real. Tal vez siempre había vivido en ese hotel…

– ¿Qué posibilidades hay de que me haya inventado la existencia del doctor Guillaume? -pregunté, apoyando el mentón en mis puños.

– Si las personas de la Défense le dijeron que esa consulta médica no existía, hay muchas posibilidades de que lo haya inventado, en efecto.

– ¿Igual que invento las voces de mi cabeza? Esas voces no son reales, ¿verdad?

– Son reales para usted, Vigo. Usted las escucha. Pero debe entender que no pueden ser los pensamientos de la gente. Son sus propios pensamientos. Su cerebro confunde su yo y el mundo exterior, igual que su vida psíquica, su imaginario, y los acontecimientos reales que le rodean…

Solté un largo suspiro. Sí. Desde luego. Evidentemente. ¿Cómo podía ser de otro modo? Sin embargo, todo me había parecido muy real.

– Según todas las informaciones, señor Ravel, ninguna de las personas que estaban en el interior de la torre SEAM ha sobrevivido… Ninguna. Y cuando se ven las imágenes, cuesta imaginar lo contrario.

– Entonces, ¿yo no estaba en la torre?

– Probablemente, no.

– ¿Y por qué tengo ese recuerdo?

– Tal vez estaba usted en las proximidades, lo que explicaría sus heridas. O bien ha visto las imágenes de la televisión, que le han impresionado y han provocado en usted una crisis de paranoia; en suma, todo bastante clásico…

– ¿Clásico? -dije, un poco ofendido.

– En el cuadro de los síntomas que padece, sí. Usted le ha dado un significado personal y extraño a un acontecimiento real que, no obstante, es ajeno a usted. Las crisis de esquizofrenia paranoica le dan la impresión al sujeto de ser el centro del mundo, frente a los acontecimientos más aleatorios que, para él, tienen una lógica muy precisa… Tal y como le he leído antes…

– En resumen, ¿las cosas que he imaginado no son sorprendentes para una persona que sufre esquizofrenia?

– Es un síntoma bastante corriente, sí. Usted se ha colocado en el centro de un acontecimiento excepcional, como si usted fuera el protagonista principal, como si pudiera estar en el corazón mismo del mundo entero. Y cuando a este tipo de síntoma se le añade la sensación de que nadie quiere creerle, tal y como usted decía el otro día, se puede hablar del síndrome de Copérnico.

– ¿El síndrome de Copérnico?

– Sí, es un síndrome que se da, a menudo, en pacientes aquejados de paranoia o de esquizofrenia: la seguridad de poseer una verdad esencial, capital, que lo coloca por encima del común de los mortales, pero que el mundo entero se niega a creer.

– ¿Y cree usted que padezco ese síndrome?

– Me parece bastante probable. Usted está seguro de haber descubierto algo extraordinario, la capacidad de escuchar el pensamiento de los demás, y que, además, ese poder le ha permitido escapar al atentado más terrible de nuestra historia. Por otro lado, está usted convencido de que nadie querrá creerle, que el mundo entero niega su verdad, incluso, que hay un complot para impedir que revele su historia… Tiene todos los elementos del síndrome de Copérnico.

– ¡Pero eso es horrible!

– No. Es un síntoma bastante banal.

– ¿Dice eso para tranquilizarme? -dije con ironía.

– En absoluto, se lo digo porque es la realidad, y lo que debe usted volver a empezar a hacer ahora es reconocer la realidad. Pero eso no será fácil, señor Ravel. Comprender que su cerebro le miente no debe llevarlo a excederse en sentido contrario; eso no debe hacerle perder el sentimiento de la realidad, ni de su propia persona. No todo es ilusión, ni alucinación. Hay algo real en lo que usted siente y ve, en lo que usted escucha. Debe volver a aprender a captar la realidad, y a distinguirla.