Asentí.
– Señor Ravel, ahora que nos conocemos, ¿está usted seguro de que no quiere consultar a un psiquiatra? Su problema es serio, y…
– ¡No! -le corté-. De verdad que no, al menos por el momento, en todo caso. Por favor. Prefiero continuar viéndola a usted. Necesito tiempo. Y referentes. Usted, mis padres… son referentes para mí.
– Ya veo. Bien. ¿Va a retomar el contacto con su familia? -Sí.
– Perfecto. ¿Quiere que lo hagamos juntos?
– No, no. Voy a ir a buscar mis cosas al hotel, después los llamaré yo solo.
– Muy bien. Me parece que ha tomado usted la decisión correcta.
Ella me dedicó una sonrisa de satisfacción. Debía de pensar que habíamos hecho progresos. Sin duda, tenía razón. Poco a poco, volvía a tomar conciencia de mi enfermedad. La crisis desaparecería pronto, o eso quería creer. Y podría volver a tener una vida casi normal, trabajar, seguir un tratamiento…
– Bien -dijo ella, poniendo las manos sobre su mesa-. Ya hemos hecho bastante por hoy. ¿Quiere que volvamos a vernos dentro de dos días?
¿Una rutina, una referencia? Sí, tenía ganas, lo necesitaba.
– Sí que quiero, sí -dije, mientras me retorcía las manos.
Ella consultó su agenda y fijó una nueva cita.
– Perfecto. Entonces, hasta la vista, señor Ravel. Retome el contacto con su familia e intente reconstruir un poco las cosas con ellos, ver cuáles de sus recuerdos son reales y cuáles, fruto de su imaginación. Pero tómese su tiempo. No se apresure. Es inútil querer hacer demasiado… Podría empezar por verificar quién es su psiquiatra…
– Entendido.
– Dentro de dos días, me contará cómo le ha ido.
Dije que sí con la cabeza y pagué la consulta. Mientras rellenaba el cheque, me fijé en mi nombre escrito en caracteres de imprenta: «Vigo Ravel». Nunca había imaginado mi patronímico. Visiblemente, el Crédit Agricole me reconocía como tal… Vigo Ravel.
Le di la mano a mi psicóloga y salí de su despacho. Al cruzar la salita de espera, vi a la mujer con la que me había encontrado dos días antes, en el mismo sitio. La reconocí enseguida: era la esbelta treintañera, de pelo corto y oscuro, con rostro fino, frágil, y los ojos de color verde, unas cejas atusadas y la piel tostada, tal vez, por el sol del Magreb. Estaba sentada, inmóvil, preparada para abrirle el corazón a la psicóloga, un alma en la sala de espera, con las lágrimas al borde de las palabras. En esa ocasión, su cita era después de la mía. Olvidando quién era, le dirigí un gesto amistoso de cabeza. Ella me devolvió lo que parecía una sonrisa.
En el rellano, cerré la puerta detrás de mí y me quedé inmóvil de repente, con los puños apretados. No me moví, como prisionero de la mirada de Medusa. Pero había sido más bien un ángel el que me había clavado al suelo.
Aquella joven, su tristeza, su silencio… No conseguía sacarme su rostro de la cabeza. Había algo en su mirada verde oscura… Fuerza y debilidad a la vez, como un arrebato roto, y esa pequeña luz enternecedora, una linterna encendida en una noche de pesadilla. Tenía el aspecto frágil y duro de la gente que ha sufrido. Conozco bien esos rostros.
Y, entonces, al final de esta extraña semana, a manera de conclusión, tal vez, como colofón, bajé las escaleras del inmueble y me fui a sentar a un banco que había en medio de la acera, decidido a esperarla. Para volver a verla.
25.
Cuaderno Moleskine, nota n.° 127: Nicolás Copérnico.
Desde que la psicóloga mencionó el síndrome de Copérnico, la vida de ese astrónomo polaco me ha obsesionado… Me parece que tengo que conocerlo. Para intentar comprender, he buscado su rastro en los libros de historia. He anotado su biografía, como para hallar resonancias en ella, explicaciones y un poco de tranquilidad.
Nikolaj Kopernik nació el 12 de febrero de 1473, en Torun. Lo he buscado. Era la capital de la Prusia polaca. Su padre, que era panadero, murió cuando Copérnico tenía diez años. Pregunta: ¿la pérdida prematura de su padre lo empujó a sondear los misterios del universo? ¿Ya poner en cuestión toda la cosmogonía de su tiempo? Tal vez. ¿Qué soledad tan grande pondría a un hombre a interrogar así el cielo y su inmensidad? No estoy lejos de pensar que Copérnico debía de tener también angustias. Eso lo tenemos en común.
Después, fue adoptado por su tío, que era el obispo de Cracovia… Resulta irónico cuando se sabe que la Iglesia será durante tanto tiempo su mayor y más violento adversario. En realidad, la obra de Copérnico marca, en la historia, el inicio de las divergencias entre ciencia y religión… Veo algo ahí. Veo a un hombre que, tocando con el dedo una pequeña esquina de verdad, molestó profundamente a sus contemporáneos porque puso en cuestión el sistema de creencias y, por tanto, de poder, de la clase gobernante… Pero no nos precipitemos. Yo no he descubierto que la Tierra gira alrededor del Sol. Yo me engaño.
En todo caso, esta adopción le permitió a Copérnico cursar estudios con brillantez. Así, se inicia en las artes liberales en la Universidad de Cracovia. Después, su tío lo nombra canónigo de Frombork. En ese puesto, asume, en realidad, más responsabilidades financieras que religiosas.
A continuación, se desplaza a Bolonia, en Italia, para estudiar derecho canónico, medicina y astronomía. Allí conoció a Domenico María Novara, uno de los primeros científicos que puso en cuestión el sistema geocéntrico, tesis que entonces era la admitida por toda la cristiandad y según la cual la Tierra estaría en el centro del universo. Copérnico se aloja en casa de su profesor, que le transmite su pasión por la astronomía. Juntos, observan el eclipse de Aldebarán por la Luna, que tuvo lugar el 9 de marzo de 1497.
En 1500, Nicolás Copérnico se convierte en profesor de matemáticas en Roma, donde también da algunas conferencias notables sobre astronomía. Después decide irse a Padua para estudiar medicina. Recuerdo, de paso, que en esta misma universidad, un siglo más tarde, también dará clases un cierto Galileo. Paralelamente, Copérnico obtiene su doctorado en derecho canónico. Vuelve después a Polonia para cumplir con su deber de canónigo.
Además de trabajar como administrador y como médico, no abandona jamás sus investigaciones en astronomía, y consagra siete años de su vida a escribir De Hypothesibus Motuum Coelestium a se Contitutis Commentariolus, un tratado de astronomía que anuncia ya los principios del heliocentrismo, pero que no se publicará antes del siglo XIX.
Sin embargo, en 1512, trabaja en la que será la obra de su vida: De Revolutionibus Orbium Coelestium. Invirtió dieciocho años en acabarla. Este ensayo, tan magistral como controvertido, no se publicará hasta poco antes de la muerte de su autor. En efecto, Nicolás Copérnico muere en Frombork el 23 de mayo de 1543, unos días después de haber recibido el primer ejemplar impreso.
Me complace creer que murió con su libro entre las manos. Bien agarrado.
26.
Mientras esperaba a los pies del edificio de la psicóloga, disfrutaba de la luz de un día magnífico, con los brazos colocados sobre el largo respaldo verde de aquel banco parisino. Me sentía bien, acunado por el ronroneo de los coches y los caprichos del viento, y el verano urbano satisfacía todos mis sentidos. No vi pasar el tiempo, pero sentí enseguida el ardor del sol en mis mejillas y mi frente.
Mientras fumaba cigarrillo tras cigarrillo, no podía evitar pensar en la joven de la sala de espera. ¿Qué me pasaba? ¿Estaba empezando a sentir una atracción? ¿Así era como los hombres se enamoraban? No. Seguro que no. El amor tenía que ser algo más complicado. Se habían escrito muchos libros, y se habían cantado muchas canciones. Pero entonces, ¿qué? ¿Qué quería yo de esa mujer de la que no sabía nada?
Tal vez necesitaba sentirme menos solo. Porque compartimos al menos una cosa: aquel pequeño despacho desordenado del primer piso, sus confidencias y sus secretos. Sí, sin lugar a dudas, tenía ganas de hablar con alguien que compartiera esa extraña realidad, la de nuestra psicosis o nuestras neurosis, la de nuestras confesiones. Porque, a pesar de lo que le había dicho a la psicóloga, la idea de hablar con mis padres no me encantaba particularmente. Por el contrario, reencontrar el sentido de la realidad hablando con aquella joven, en vez de con ellos, me parecía una excelente iniciativa.