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Mis padres… Algún día, a pesar de todo, tendríamos que retomar el contacto. ¿Y si habían vuelto? Tal vez, en aquel mismo momento estaban en la Rue Miromesnil. ¿Habrían encontrado el apartamento tal y como lo había dejado? ¿Como si hubiera pasado un tornado?

Tenía que saberlo. Cogí mi teléfono móvil y me preparé a marcar el número de nuestro apartamento. Pero, cuando acercaba mis dedos al teclado, me di cuenta enseguida de que era incapaz de acordarme de él. Intenté averiguarlo, probar combinaciones distintas de cifras, pero no me venía nada a la cabeza. Decidí entonces consultar el directorio de mi teléfono. Estaba vacío. ¿Jamás lo había llenado? Me resultaba imposible responder y, con sensación de desamparo, me decidí a llamar al teléfono de información.

Un teleoperador me respondió con la cortesía ritual y afectada de los operadores privados.

– Buenos días -respondí yo-, querría el número de teléfono del señor Ravel, que vive en el número 132 de la Rue Miromesnil, por favor.

– ¿En qué ciudad?

– Ah, sí, en París.

– ¿El distrito?

– Está en el VIII, señor.

– Tenga la bondad de esperar, estamos efectuando su búsqueda.

Esperé con los ojos cegados por el sol. Encendí otro cigarrillo.

– Señor -repuso finalmente el desconocido al otro lado del hilo telefónico-, no hay ningún abonado con ese nombre en la Rue Miromesnil.

– ¿Cómo dice? -exclamé.

– No hay ningún señor Ravel que figure en el listín telefónico, en la Rue Miromesnil, en el distrito VIII de París. ¿Quiere que pruebe con una ortografía similar?

– No, es Ravel, como el compositor.

– Lo siento, no hay nadie con ese nombre, señor.

– Está bien -balbuceé-, gracias.

– Gracias a usted, señor, que tenga un buen día.

Él colgó.

Estaba boquiabierto. Necesité unos instantes para decidirme a despegar el auricular de mi oreja.

«No hay nadie con ese nombre, señor. No hay ningún señor Ravel.»

No tuve tiempo para valorar las consecuencias de esa frase asesina. La joven de la sala de espera apareció, de repente, tras la gran puerta cochera del inmueble.

Me levanté de un salto, sin reflexionar. Me debatía entre el deseo de verla y las ganas de huir y la de ceder a la angustia que surgía en mi interior. Me quedé un momento de pie, como un imbécil.

La miré, sobrecogido; su cuerpo estaba sumido en la sombra, mientras que un tenue rayo de luz iluminaba su rostro mate. Antes de cerrar la puerta tras ella, me vio y me dirigió una mirada de sorpresa.

Era demasiado tarde para fingir que no la había esperado. Di unos pasos adelante, con el rostro, sin duda, descompuesto.

– ¿Todavía está usted ahí? -dijo ella con desinterés.

– Eh… sí -dije tontamente.

– Ah. ¿Y qué está usted esperando?

Dudé. Podría haberle hecho creer que quería volver a subir para ver a la psicóloga. Por otro lado, con la impresión que acababa de sufrir («No hay nadie con ese nombre, señor»), la idea no me disgustaba. Pero algo se apoderó de mí y me oí responderle:

– Me gustaría invitarla a beber algo.

Ella se echó a reír, con una risa tan franca que me sobresalté.

– Escuche, honestamente, no necesito verdaderamente, pero de verdad, que alguien intente ligar conmigo en este momento.

Arqueé las cejas. ¿Ligar? Era algo que me sentía incapaz de hacer.

– No intento ligar con usted -le expliqué-. Sólo quiero beber algo…

– ¿Ah, sí? ¿Y por qué?

– Eh, bueno, no sé… Vamos a ver a la misma psicóloga.

Ella volvió a reírse, generosamente, en un tono casi infantil.

La puerta se cerró tras ella.

– ¿Y qué razón es ésa?

En efecto, yo era, sin duda, el único al que le podía parecer que tenía cierta lógica esa respuesta. De todos modos, intenté explicársela.

– Mire, me he dicho que si usted va a verla, a Sophie Zenati, psicóloga, 1.° izquierda, es que usted no está muy bien. Igualmente, yo voy a verla, y, por tanto, estoy mal. Y por eso me he dicho que tal vez podríamos ir a beber algo, así de simple. Estar mal juntos. Porque cuando alguien está mal, va bien compartirlo, ¿no?

– ¿Ah, sí? ¿Ir a beber algo, cuando se está mal, con alguien que está mal? ¡Qué idea tan maravillosa!

– Sí, porque las personas felices no comparten las penas.

– Ah. ¿Es usted desgraciado?

– La verdad es que no. Tengo una dementia praecox.

– ¿Y eso qué es?

– Soy esquizofrénico.

Ella arqueó las cejas.

– ¿Esquizofrénico? ¿Y quiere que vaya a beber algo con usted? ¡Muy bien! ¡Sabe usted hablar con una mujer!

– No muy bien, no. Es parte de la enfermedad. Relaciones problemáticas con los demás.

Esta vez, su sonrisa no fue burlona. Por tanto, era capaz de relajar ese rostro tan duro. Yo, a mi vez, volví a sonreír.

– ¿Y usted es desgraciada?

Ella se encogió de hombros. Pareció calibrarme con la mirada.

– No -dijo ella-. Depresión pasajera…

– Ah. Lo siento, pero le gano -dije, al tiempo que hundía las manos en los bolsillos-: esquizofrenia, es más grave.

– ¡Qué malvado!

Vi que ella empezaba a reír. Después de todo, no era tan torpe.

– Entonces, ¿viene usted? No puede imaginarse el esfuerzo que representa para un esquizofrénico invitar a alguien a beber algo.

Ella sacudió la cabeza y levantó su mano izquierda. Movió su dedo anular para enseñarme su alianza.

– Me esperan.

– Comprendo -dije, bajando la mirada-. Perdóneme. Es que no tengo a menudo la ocasión de conocer a alguien. Así que, en la consulta de mi psicóloga, me he dicho que… Bah…

Dejémoslo estar. ¡Buenos días, en todo caso! Sin duda, nos cruzaremos allí arriba uno de estos…

– Espere -me interrumpió ella-, ¿cómo se llama usted?

Tragué saliva. Luchaba para que mi mirada no se hundiera en la acera, para mantener la cabeza alta.

– Creo que me llamo Vigo. ¿Y usted?

– ¿Cómo que cree usted?

Azorado, me rasqué la cabeza.

– En estos últimos días, me he acostumbrado a dudar de todo, incluso de mi nombre. Lo único cierto es el nombre que está impreso en mi chequera… Vigo Ravel.

– ¿Ravel? ¿Como el compositor?

– Sí. ¿Y usted cómo se llama?

– Agnès.

Intenté enmascarar mi sorpresa. Me había esperado un nombre árabe, o más exótico en todo caso…

– Encantado.

Le tendí la mano. Ella la apretó con una dulzura que no había sospechado.

– Bueno -dijo ella, tras dejar escapar un suspiro-. Me parece bien ir a beber algo enfrente, si insiste usted; pero le aviso, no tengo mucho tiempo… De verdad que me esperan.

Casi no lo podía creer. Hasta donde alcanzaba mi memoria, era la primera vez que le proponía a una desconocida ir a beber algo conmigo, y además, había salido bien. De golpe, me pregunté qué iba a poder decirle. Tendría que mantener una conversación. Enseguida empecé a angustiarme. Ella debió de notarlo, y me dio una palmadita amable en el hombro.

– Allí hay un café al que voy a veces, cuando llego antes de hora -dijo, con el brazo extendido.

– De acuerdo, vamos -murmuré.

27.

Cruzamos juntos la calle y nos instalamos en una soleada terraza. Ella se sentó en primer lugar, y yo tomé asiento torpemente frente a ella. Estaba nervioso, y eso parecía divertirle.