– ¿De verdad es usted esquizofrénico? -preguntó ella como si fuera una pregunta banal.
Al menos, me alivió la angustia: era ella la que se encargaba de dirigir la conversación.
– Eh, sí, creo -respondí-. Es un poco complicado, en este momento. Como le decía antes, ahora dudo de todo. Pero, globalmente, sí, a grandes líneas, creo que puede decirse que soy esquizofrénico.
– Ah, ¿y eso qué quiere decir? ¿Acaso, a veces, se cree usted que es Napoleón, ese tipo de cosas?
Sonreí. Tenía una franqueza llena de ingenuidad, de la clase que sólo tienen los niños. O tal vez, la similitud de nuestros supuestos sufrimientos nos invitaba a fraternizar más fácilmente. Era agradable.
– No. Estese tranquila. No me creo ni Napoleón ni Ramsés II. No obstante, tengo problemas bastante graves -admití casi con orgullo.
– ¿Ah, sí? ¿Cuáles?
Dudé. Aquello se estaba volviendo un interrogatorio. Pero, después de todo, yo me lo había buscado.
– Oigo voces.
– ¿Como Juana de Arco?
– Sí, como Juana de Arco.
– De acuerdo -dijo simplemente, como si esa explicación le bastara.
Pero sentí ganas de darle más detalles.
– A veces, tengo la impresión de que oigo los pensamientos de la gente; pero en realidad, parece ser que son alucinaciones producidas por mi cerebro.
Hizo un gesto de compasión.
– Eso debe de dificultar bastante las cosas…
– Sí -confesé-, atravieso un período particularmente difícil.
– Me lo imagino -dijo ella, asintiendo con la cabeza-. Pero ¿no debería ver también a un psiquiatra para tratar ese tipo de problemas?
– Bah, es una larga historia. Veía a uno, pero ya no lo veo desde los atentados del 8 de agosto… No sé si es cierto, pero creo que estaba allí en el momento de las explosiones. Desde entonces, mi vida ha sido un embrollo.
En ese mismo instante, el camarero del café se acercó a nuestra mesa con su uniforme negro y blanco.
– Buenos días, señores.
Agnès hizo un gesto amistoso con la cabeza. Estaba en territorio conocido.
– ¿Qué desea usted?
– Un café -pidió la joven.
– Dos -confirmé yo.
– Y dos cafés, dos -gritó el camarero antes de desaparecer en el interior.
Lo miré sonriendo. Había algo tranquilizador para mí en las caricaturas humanas. Esos clichés eran como pruebas irrefutables de la realidad.
– ¿Y usted? -dije yo acercando mi sillón a la mesa-. ¿Cuál es la razón de su… depresión pasajera?
La vi fruncir el ceño. Era, de nuevo, el rostro frágil que había visto en la sala de espera…
– Bah… Nada terrible. Soy un poco ciclotímica, como mujer. El cansancio, pequeñas preocupaciones en mi vida conyugal, todo eso… Y además… Tengo un trabajo… difícil. Un trabajo fatigante. En mi profesión, este tipo de depresión leve es frecuente.
Profesora. Estaba seguro de que era profesora. Había reconocido en sus ojos ese desgaste, esa desilusión que, no obstante, se niega a ceder. Debía de tener una plaza en un barrio difícil, en una Zona de Educación Prioritaria, como las llaman, uno de esos guetos modernos que el mundo se fabrica. Para los esquizofrénicos, se había inventado la hospitalización de oficio; la educación era prioritaria para los barrios desfavorecidos. Al menos, me sentía menos solo.
– ¿Y qué es lo primero que fue mal -pregunté-, su trabajo o su vida conyugal?
Ella se quedó silenciosa y aturdida. Insistí.
– ¿Su relación de pareja ha empezado a hacer mella a causa de sus problemas en el trabajo, o bien no soporta más su trabajo porque las cosas van mal en casa?
Ella soltó un suspiro.
– ¡Vaya! Es usted muy directo. Lo siento, Vigo, pero no era éste el tipo de conversación que había imaginado cuando acepté venir a beber algo con usted…
– Espere, le he dicho que oía voces en mi cabeza… ¿Y usted tiene miedo de confiar en mí? ¡Eso no es muy equitativo!
– No es que tenga miedo de confiar en usted, es sólo que no me apetece demasiado hablar de eso…
– Ah. ¿Prefiere usted que hablemos de la lluvia y del buen tiempo? Lo siento, pero no estoy seguro de saber hacerlo.
Ella sonrió.
– No, no, tranquilícese, a mí también me gusta la sinceridad…
– Es lo que me ha parecido entender -dije más tranquilo-. Además, me parece que está muy bien. Esa manera que tiene de plantear las preguntas… Es un buen ahorro de tiempo.
Ella asintió.
– Sí, está bien la franqueza. Pero no siempre se puede hablar tan directamente…
– Tiene usted razón. Como soy ansioso, tengo tendencia a ir un poco rápido a lo esencial. Debe de ser alguna consecuencia de la esquizofrenia. Cuando se tiene miedo a morir, también se tiene miedo de perder el tiempo.
– ¿Tiene usted miedo de morir? -preguntó ella sorprendida.
– ¿Y usted no?
Ella dudó.
– Zenati diría que más bien tengo miedo a vivir.
– Ya ve que vuelve a salir el tema de su depresión.
– Sí, pero ha de entenderme, acabo de pasarme una hora con nuestra adorada psicóloga, eso me basta ampliamente por hoy.
Asentí con la cabeza. El camarero nos trajo nuestro pedido.
– ¿Se ha fijado usted en el desorden de su despacho? -le pregunté como si le hiciera una confidencia-. Es extraño, ¿no? ¿Una psicóloga que no tiene sus cosas ordenadas?
Ella sonrió.
– Sí -dijo ella-, o tal vez es una argucia de psicólogo. Seguramente, el desorden es menos agobiante que el orden para los pacientes… Además, tal vez así nos incite a que confiemos en ella.
– ¿Eso cree usted? Pues yo creo que simplemente es desordenada.
La joven cogió su taza de café mientras reía, después tomó un sorbo. En ese instante, sin entender por qué, como una evidencia repentina, me di cuenta de que era guapa. Verdaderamente guapa.
Hasta ese momento, me había intrigado, asombrado. Pero allí, en la futilidad de ese simple gesto, en la eternidad gratuita de aquel segundo, finalmente descubrí que era magnífica. Su frágil rostro se llenó de triste ternura, y sus ojos verdes se volvieron muy dulces. Poseía la más bella de las bellezas, la que, con prudencia, se revela lentamente.
Cuando volvió a dejar la tacita blanca sobre la mesa, debía de estar petrificado.
– ¿Qué? -dijo ella frunciendo el ceño.
– Es usted… Es usted muy bella, Agnès.
Ella puso cara de estupefacción.
– No ha estado bien, ¿no?
Me di cuenta de lo que acababa de decir. Me rasqué la mejilla avergonzado.
– Discúlpeme. No lo he dicho para cortejarla, se lo juro. Es simplemente que aquí me ha parecido verdaderamente bella, mientras que antes tenía usted un semblante muy serio…
Ella resopló.
– Da lo mismo. Bueno, Vigo, puede decirse que usted ha hecho progresos en entablar relaciones con los demás.
– Yo… lo siento. No sé qué se me ha pasado por la cabeza.
– No es grave. Es mono y sincero. Digamos que su miedo de morir hace que diga usted todo lo que se le pasa por la cabeza…
Ella bebió un nuevo sorbo de café. Yo la imité.
En el momento en que dejé mi taza, sentí que un característico dolor se adueñaba de mi cabeza. Mi migraña, esa migraña. «¡No! ¡Ahora no!» Pero no había nada que hacer, lo sabía bien. Mis manos se pusieron a temblar. Las apoyé en la mesa para intentar controlarlas. Agnès me miraba. Intenté por todos los medios enmascarar la crisis que se adueñaba de mí. Pero enseguida mi vista se nubló y las imágenes que había frente a mí empezaron lentamente a desdoblarse. Los colores y las formas se repetían en ecos vacilantes. El rostro de Agnès se desdobló, como el mundo entero tras ella. Guiñé los ojos.
«Este tipo es verdaderamente raro. A veces, parece que está completamente loco. Pero es gracioso. No es verdaderamente mono, pero sus ojos son muy bonitos. Como los de mi tío…»