– Más o menos -admití.
Intenté recomponerme. Me guardé la carta en el bolsillo, saludé a mi interlocutor y subí con paso ligero a mi habitación.
Cuando llegué a la pequeña habitación demasiado cuadrada, me dejé caer como un peso muerto sobre la cama. Me puse boca arriba, con la cabeza entre las manos, y me quedé mirando fijamente el techo durante unos largos segundos. Aquel techo blanco que había mirado fijamente horas enteras durante mis noches de ansiedad. El techo era tan blanco como vacía estaba mi cabeza en el momento presente.
Dejé escapar un largo suspiro. Aquel mensaje no existía. Me lo había inventado. Sí. Seguramente. Eso debía de ser. In-ven-ta-do. Sin embargo, sentía el trozo de papel en mi bolsillo. La carta estaba doblada en dos. Sabía que estaba allí, junto a mi muslo. Verdaderamente allí. Sabía que me bastaba con extender la mano y releerla. Pero ¿a qué precio?
Después de todo, ¿lo había leído bien? Tal vez, lo había entendido mal con las prisas. Con el pánico…
Dudé todavía un segundo más, después hundí la mano en mi bolsillo y saqué el trozo de papel. Tumbado boca arriba, la leí de nuevo.
«Señor, su nombre no es Vigo Ravel, y usted no es esquizofrénico. Encuentre el Protocolo 88. SpHiNx.»
¿Qué crédito podía darle a ese mensaje surrealista? «Usted no es esquizofrénico.» ¡Eso es fácil decirlo! Pero ¿cómo podía saberlo? ¿Por qué debía creer ese mensaje? Con todo el tiempo que llevaba cuestionándomelo, con todo el tiempo que llevaban los psiquiatras aportando pruebas… ¿Cómo podía creer un simple trocito de papel, que un misterioso SpHiNx había dejado en la recepción de mi hotel? Todo aquello era totalmente ridículo.
Sin embargo, tal vez era un medio para saber. De salir de dudas. Sí. Tal vez. El único medio.
Con la mano temblorosa, cogí mi teléfono móvil y marqué el número de Agnès.
La joven descolgó tras el primer tono.
– ¡Vigo! ¡No ha debido llamarme! Creía que sólo lo haría en caso de emergencia. Y apenas hace una hora que nos hemos despedido.
– Sí, pero justamente es una emergencia.
– ¿Se ríe usted de mí? Esto me molesta, Vigo. ¡Jamás debería haberle dado mi número!
Ella estaba tan furiosa que apenas reconocía su voz. Me aclaré la garganta. Me sentía mal. Pero de verdad era una emergencia.
– Agnès, antes, en el café, cuando usted me miraba, ¿en qué pensaba?
– ¿Qué tonterías está diciendo?
Suspiré. No me atrevía a decir lo que tenía que decir. Sin embargo, necesitaba saberlo.
– Agnès, ¿su tío, su tío… tenía… tenía los ojos azules, como los míos?
– ¿Perdón? -exclamó ella, con voz de estupefacción.
Me di cuenta de lo absurda que era mi pregunta. Si me equivocaba, si todo había sido una alucinación, entonces ella me tomaría verdaderamente por un tremendo loco. Y sin duda, no querría volver a verme. Pero estaba seguro, estaba seguro de no equivocarme.
– Antes, en el café, cuando usted me miraba, le he dicho que me parecía guapa, y usted…, usted, Agnès, se ha dicho a sí misma que yo no era verdaderamente guapo, pero que tenía unos ojos bonitos, como…
– … como los de mi tío -continuó Agnès con una voz vacilante y de incredulidad-. ¿Cómo lo sabe usted, Vigo?
Finalmente obtuve la respuesta a mi pregunta más antigua. Por primera vez en mi vida, estuve seguro. Absolutamente seguro. Creí que iba a desmayarme. Pero no. Debía afrontar la realidad. Controlarla. Empecé a balbucear:
– Agnès… Yo… no soy esquizofrénico. Oigo los pensamientos de las personas.
PARTE II – Gnosis
29.
Hay minutos que parecen durar mucho más que sesenta miserables segundos. Y entonces, la relatividad deja de ser teórica. Te ahogas, te sofocas, todo se te va de las manos.
Mi vértigo fue, en ese instante, tan grande que tuve la sensación de caerme, durante un presente eterno, en una grieta helada y sin fondo. El eco de esas palabras resonó en mi cabeza como una llamada de socorro en medio de un aparcamiento desierto: «Señor, su nombre no es Vigo Ravel, y usted no es esquizofrénico».
No era esquizofrénico. Fue como perder todo lo que poseía, y no me refiero a bienes materiales, sino a toda la seguridad y conciencia de mí mismo, una conciencia de la que, desde hacía tiempo, sólo quedaban vestigios, desde hacía mucho tiempo. Todo lo que constituía mi identidad, mi memoria, por corta que fuera, y mis pensamientos, mi representación del mundo, todo lo que me quedaba de mi frágil intimidad se hundió como un castillo de naipes que jamás podría reconstruirse. Bruscamente, dejé de ser yo mismo para ser otro, muy diferente. Un desconocido que jamás había sido esquizofrénico, que jamás había sido Vigo Ravel, pero que, desde hacía más de diez años, oía realmente, sin ser plenamente consciente de ello, los pensamientos de la gente.
No eran alucinaciones, sino pensamientos, verdaderos y secretos, lejanos pero concretos. «Hoy, los aprendices de brujo en la torre; mañana, nuestros padres asesinos en el vientre, bajo 6,3.»
Después de colgar el teléfono, no puede evitar echarme a llorar. «Todo es mentira.» Seguro que Agnès no me había entendido. Ella no podía entenderlo, nadie podría. Ni comprenderme ni creerme. Porque toda mi vida sobrepasaba el entendimiento. Estaba solo, completamente solo, terriblemente solo frente a lo increíble. La psicóloga podía llamarlo como quisiera, síndrome de Copérnico o no: ese día tenía la prueba, oía los pensamientos de la gente, y nadie podría creerme.
Me repetía mil veces esa frase imposible: «Oigo el pensamiento de la gente». Y nada lo hacía más fácil. Ni siquiera la costumbre. Uno no se habitúa a lo inconcebible.
Inmóvil en medio de mi habitación de hotel, enseguida fui presa de una angustia tal que quise a toda costa reencontrarme con mis padres. Reencontrar a Marc y a Yvonne Ravel, con el deseo de que existieran y de que fueran muy reales. ¡Ya que no soy más yo mismo, al menos deseaba poder ser un hijo! Poder ver en sus ojos el resplandor, aunque fuera ínfimo, de un reconocimiento. Mi identidad.
«Su nombre no es Vigo Ravel.» Pero, entonces, ¿quién era yo? ¿Cuál era mi nombre? ¿Cuál era mi historia? ¿Sabrían decírmelo ellos, que me habían visto crecer?
Fueran cuales fuesen mis relaciones con mis padres, estaba convencido de que podrían reconfortarme un poco. Al menos lo justo para mantenerme en pie, para tener un apoyo. De todas maneras, no tenía ninguna idea mejor. Debía verlos, enseguida. Y ya que parecía que no figuraban en el listín telefónico, no me quedaba otra solución que volver yo mismo, con la mayor rapidez, al apartamento de la Rue Miromesnil. A aquel maldito apartamento. Ir personalmente y creer lo que pudiera ver.
Desgraciadamente, la simple idea de salir a la calle me aterrorizaba. Porque, fuera, estaban los otros. Había voces, susurros. Y ahora sabía que esos susurros eran algo más que alucinaciones auditivas, que no eran el producto de una esquizofrenia paranoica aguda. Eran pensamiento. Eran reales. Y no quería oírlas más. Pero ¿tenía elección?
Hice acopio de todo el coraje que me quedaba y me levanté lentamente. Como un ritual, me miré en el espejo, y, sin creerlo, tuve la sensación, a pesar de todo, de reconocerme. Al menos, no había cambiado de cara. Era mi último pilar, mi última realidad. Esos ojos azules. Esa boca severa. Esa gran frente tan preocupada. Pero seguía sintiendo esa impresión extraña, esa desazón que parecía estar causada por el reflejo del espejo… Como si hubiera algún símbolo encerrado que se me escapara, y que me molestaba sin razón.
Salí rápidamente del hotel y descarté coger el metro. Demasiada gente, demasiadas sombras, demasiadas voces. Hice a pie el camino hasta casa de mis padres. A lo largo del camino, me repetí la increíble verdad: «No soy esquizofrénico». Ese pensamiento me ocupó por entero el espíritu y me permitió, sin duda, no escuchar el de las personas con las que me cruzaba. En cuanto se me acercaba una silueta, me alejaba y permanecía hundido en mi introspección obsesiva, con los ojos de nuevo clavados en las aceras.