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– ¡Deme las llaves de su coche! -dije, mirando a mi jefe a los ojos.

– ¿Pero? No lo dice en serio, ¿verdad?

– ¡Necesito irme ahora mismo! ¡Deme las llaves de su coche!

– Usted delira completamente, Vigo. Ni siquiera tiene carné de conducir.

Me acerqué a él y le agarré el brazo. Caían gotas de sudor por mis sienes. Mis manos temblaban. Sentí en la boca el sabor familiar del pánico.

– Escuche, François, dos tipos me persiguen -dije, a la vez que señalaba las dos siluetas-. Ellos me persiguen desde los atentados. Se lo suplico. Tengo que irme de aquí, ¡deme las llaves de su coche!

El señor De Telême lanzó una ojeada a la entrada. Después se quedó mirándome fijamente turbado.

– Vigo… Yo…

Él se estremeció. Había algo que se me escapaba. Su mirada me huía.

– Vigo, esas personas no quieren hacerle ningún daño. Quieren ayudarle, como yo.

La respuesta de mi jefe me heló la sangre. Me llevó algo de tiempo tomar conciencia de lo que eso significaba; pero cuando lo entendí realmente, la impresión fue inmensa. No había ninguna duda. Estaba en el ajo. ¡François de Telême estaba en el ajo! Desde el inicio. ¡Y, seguramente, él mismo había llevado a esos dos tipos allí! ¡Aquel maldito me había traicionado!

No perdí ni un segundo más. Fuera de mí, me levanté de un salto y agarré a Telême por el cuello. Vi entonces el terror en sus ojos. El terror puro. No me había equivocado. Me tenía miedo. Yo palpé los bolsillos de su chaqueta, y después los de su pantalón, y encontré, por fin, su llavero. Él estaba tan sorprendido, o asustado, que no se resistió. Lo empujé hacia atrás sobre su silla y me precipité hacia el lado derecho del escenario. Sabía que había una puerta que conducía a las oficinas de la planta baja. El propietario del club me había llevado un día allí para hacerme escuchar unos viejos discos de blues. Era mi única oportunidad.

Con la espalda curvada, pasé por delante del escenario a paso rápido, dejando tras de mí a mi anonadado jefe. Descubrí, entonces, que los dos tipos me habían descubierto. Se dirigían directamente hacia mí.

– ¿Algún problema, amigo?

Me sobresalté. Era Gérard, el propietario. Me había cogido por el hombro y me miraba suspicaz. Decidí decírselo. Verdaderamente, no tenía elección, y siempre me había parecido un buen tipo.

– Esos dos tíos me persiguen -dije, señalándolos con el dedo.

Él echó una ojeada en esa dirección y asintió.

– De acuerdo. ¡Sígame! -dijo, a la vez que me tiraba del brazo.

Me puse a correr tras él. Nos metimos entre las sillas. La gente del público se puso a gritar. Yo tiré una mesa y estuve a punto de caerme. Rodeamos el escenario, y el propietario me hizo pasar por la puerta de las oficinas. Él la cerró con llave tras nosotros.

– Vamos, baje por allí, ¡dese prisa! Voy a intentar entretenerlos.

Asentí con la cabeza.

– Gracias.

Sin esperar, bajé la escalera a toda velocidad, crucé corriendo el indescriptible desorden de las oficinas y llegué rápidamente ante la gran puerta cubierta de carteles y de pósteres. La entreabrí y, de puntillas, escruté la calle. No había nadie. Salí y, al cabo de unos metros, vi el Porsche del señor De Telême, que estaba aparcado en la acera de enfrente. No me podía equivocar: mi jefe me había hecho subir en su bólido, del que le gustaba presumir, varias veces. Era un 911 de los años ochenta. Crucé, desactivé la alarma y subí al coche.

«No sabes conducir, Vigo.»

Metí la llave de contacto en la cerradura, a la izquierda del salpicadero, y puse las manos al volante. Mis dedos se crisparon sobre el cuero negro. Giré dos veces la cabeza para destensar las cervicales. Entonces, oí el grito de los dos tipos en la calle. Miré la entrada del Quai du Blues. Habían salido y corrían ya hacia mí.

«No sabes conducir, Vigo.»

Giré la llave. Los seis cilindros retumbaron ruidosamente. Pise el embrague y metí la primera marcha.

«No sabes conducir. Y menos un coche como éste.»

Cerré los ojos, después me dejé guiar por mi instinto. Acelerar.

Las ruedas chirriaron. La propulsión arrancó sobre las pezoneras de rueda, derrapó ligeramente; enderecé y lo puse verticalmente. Me alejé del club de blues. En el retrovisor, vi que mis dos perseguidores abandonaban su carrera, sin aliento. Giré en la primera calle a la derecha, después en la siguiente, y enseguida, dejé atrás la isla de la Jatte, yendo muy por encima de la velocidad autorizada.

«Sé conducir perfectamente. No me llamo Vigo Ravel y no soy esquizofrénico, y sé conducir perfectamente.»

32.

Cuaderno Moleskine, nota n.° 137: recuerdo.

Estoy en el asiento trasero de un coche. No sé adonde va, dónde está, o quién soy yo. Dos personas están sentadas en el asiento delantero. No las reconozco. Sólo son unas siluetas aproximadas, sin rostro.

El decorado desfila fuera, incierto. El campo, creo; hay vegetación. El cielo está gris. Blanco, incluso. El mar, tal vez, se extiende a lo lejos, oscuro y embravecido.

Una mosca no deja de ponérseme en el brazo. Cada vez que la espanto, vuelve. Ella me engaña. Vuela lentamente, como a cámara lenta, se da contra el cristal y, sempiternamente, se vuelve a posar sobre mí. Me disgusta. No consigo chafarla. La espanto, varias veces, en vano.

Las personas discuten en los asientos delanteros del coche. El que conduce ha montado en cólera. No sé por qué. Oigo simplemente su voz que se eleva y veo sus gestos bruscos.

De repente, el coche se para. Oigo el crujido de las ruedas sobre la grava, o la arena, tal vez. El recuerdo acaba ahí.

33.

Tras haber pasado varios cruces, me sentí más o menos tranquilo. En realidad, estaba tan sorprendido de ser capaz de conducir que casi había olvidado lo demás.

Las afueras estaban particularmente tranquilas a esa hora. Algunos pocos peatones nocturnos paseaban a lo largo de las grandes avenidas llenas de árboles. Hasta donde alcanzaba la vista, podían verse las filas de fuegos rojos que parecían responderse a un ritmo hermético. La ciudad tenía su propia inteligencia. Tanto mejor para ella.

Me perdí en mis pensamientos y dejé de darme cuenta de que el tiempo pasaba. ¿Dónde y cuándo había podido aprender a conducir? ¡Y a conducir rápido, además! ¡Un Porsche! No tenía ni el menor recuerdo de haber tenido un volante alguna vez entre mis manos; probablemente, eso correspondía a la época borrada por mi amnesia retrógrada. Intenté en vano encontrar el origen de esas sensaciones. El mando de las marchas en la mano, al reposacabezas contra mi nuca… Tenía la impresión de haber conocido eso siempre, a pesar de no recordar ni una sola ocasión.

Mi hotel no estaba muy lejos. Puse punto final a mi introspección y, con un gesto automático, encendí la radio. Busqué una emisora en la que dieran noticias. Me topé, entonces, con la voz monótona de un especialista que disertaba sobre la posible implicación del grupo Al-Qaeda en los atentados del 8 de agosto.

… Numerosos indicios apuntan hacia la organización islamista armada de Osama Bin Laden. El ministro del Interior, Jean-Jacques Farkas, ha afirmado esta mañana que varias células de Al-Qaeda llevan mucho tiempo infiltradas en la capital, y es bastante probable que ellas hayan organizado estos actos terroristas. Varios presuntos miembros de la organización islamista han sido interrogados esta semana en París y en la región parisina, y la policía indica que se han apoderado de unos documentos sospechosos que se están analizando…

Apagué la radio y solté un suspiro. Yo había oído a los que habían puesto la bomba. Había oído los pensamientos de uno de ellos, en todo caso. Pero eso no me era de ninguna ayuda.