– ¡Pero no es conmigo con quien debería hablar! Es completamente necesario que contacte con las autoridades competentes… ¡No se da cuenta!
– Agnès, no quiero ponerme en contacto con nadie, por ahora. Ya no confío en nadie.
– ¿Y en mí confía? -Sí.
Ella me miró boquiabierta.
– Pero no entiendo por qué, Vigo. ¡Apenas nos conocemos! No soy más que una simple funcionaría de policía, y medio deprimida, además. No puedo hacer nada por ayudarle. Su historia me sobrepasa. Y, para ser totalmente sincera, me da miedo. Ha de dirigirse a alguien que pueda ayudarlo…
– No. Confío en usted, Agnès, sólo en usted. Se lo suplico, debe respetar mi decisión. En primer lugar, tengo que entender qué me pasa, y creo que usted podrá ayudarme, porque usted me cree y porque… Porque yo también creo en usted. Creo en que es usted real. Usted es la única realidad que me queda.
– Eso no puede ser. ¡Usted no me conoce! Nos hemos cruzado un par de veces en la consulta de la psicóloga y hemos tomado juntos un café. No entiendo qué es lo que justifica esta confianza que me tiene.
– Ese tipo de cosas no tienen explicación, Agnès.
– ¡Esto es completamente ridículo! Porque usted tenga la impresión de tener un no sé qué, los átomos cruzados conmigo, o una tontería de ese tipo, no puede contar conmigo para que le saque de este aprieto. No veo qué puedo hacer por usted.
– Creerme.
– Pero con las pruebas que usted podrá aportar, las autoridades también podrán creer en usted, no me necesita.
– Tal vez, pero soy yo el que no cree en ellas. Atribúyalo a la paranoia, si quiere, pero veo enemigos por todas partes.
– ¡Eso es una estupidez! El mundo entero no se ha aliado contra usted, Vigo. No puede salir solo de esta historia, y por lo que parece, hay otras personas implicadas. Esa carta anónima… Hay que llevar a cabo una investigación. Y su estado… Es necesario que algún científico constate su estado…
– No, Agnès, llevo años viendo a psiquiatras. Nunca ha servido de nada. En cuanto a las autoridades, nunca podría confiar en ellas. Después de que esos tipos intentaran echárseme encima en la Défense, desconfío de todo el mundo, ahora. No puedo confiar en nadie. Sólo en usted.
– Pero tendrá usted familia, amigos…
– No. Mis padres han desaparecido, mi psiquiatra parece no haber existido nunca, si debo creer a las personas que estaban en la Défense tras los atentados. En cuanto a mi jefe, obviamente está en el mismo equipo que esos tipos que llevan varios días persiguiéndome.
Ella sacudió la cabeza.
– Pero ¿se está usted oyendo? ¿«En el mismo equipo»?
Ella dejó escapar un largo suspiro. Después miró directamente a los ojos.
– ¿Cómo quiere usted que yo le ayude? -preguntó ella con voz tranquila.
– Lo ignoro. Querría, al menos, intentar comprender cómo ha podido pasar todo esto; dónde están mis padres; dónde se ha metido el psiquiatra que me llevaba; por qué su gabinete no aparece en la lista de las sociedades de la torre SEAM; quiénes son los tipos que me siguen; por qué mi jefe los ha puesto sobre mi pista; quién ha escrito esa carta anónima y qué quiere decir; cómo puede ser que sea perfectamente capaz de conducir un coche, a pesar de que no recuerdo poder hacerlo. Tengo que encontrar respuestas a todas estas preguntas. Usted está en la policía, debería poder ayudarme, ¿no?
Ella puso los ojos en blanco.
– Pues claro que no, usted está delirando. ¿Cómo puede pensar que puedo responder a todas esas preguntas? ¿Cree usted que está en una película? Sería mucho más simple que se pusiera en contacto con las autoridades.
– Por última vez, Agnès, ¡no quiero! Al menos, por el momento. ¡Venga, ayúdeme! Sólo unos días. Sólo el tiempo necesario para ver si estoy loco o si hay algo de verdad tras esta historia. Por favor… Necesito que alguien crea en mí y me apoye.
Ella resopló nerviosa, exasperada. Pero todavía podía sentir su emoción. Lo que ella temía, sobre todo, no era ayudarme, sino que, al hacerlo, tuviera que admitir que mi historia era verdadera y que realmente oía los pensamientos de la gente. Eso le exigía un esfuerzo para aceptar lo impensable que la aterrorizaba. Sin embargo, al mismo tiempo, sentía piedad por mí.
– Todo esto me parece una idiotez, Vigo.
– Tal vez, pero no puedo seguir siendo la víctima inocente de lo que me ocurre.
Ella asintió.
– Entonces, ayúdeme.
Agnès cerró los ojos, como si estuviera lamentando ya lo que me iba a decir.
– Bueno. Voy a intentarlo -me concedió finalmente-, pero uno o dos días como mucho. El tiempo para distinguir lo verdadero de lo falso, en su historia, y preparar un informe para llevar después a las autoridades. ¿De acuerdo?
Asentí lentamente con la cabeza, sin atreverme a expresar mi emoción. En realidad, oír esas palabras era para mí un inmenso alivio, como si me acabaran de quitar un peso enorme de mis pulmones. Había encontrado esa mano tendida con la que había soñado tanto… Ya no estaba completamente solo.
– Bueno, ahora es tarde -dijo ella a la vez que se levantaba-. Me gustaría volver a casa a acostarme.
– Desde luego.
– Y usted, ¿qué va a hacer? -preguntó ella mientras se quitaba el polvo de su camiseta.
– No lo sé. No puedo volver a mi habitación de hotel. Cuando he intentado volver antes, un tipo vigilaba la entrada.
– ¿Está usted seguro de que no se ha dejado llevar por su paranoia?
– No -respondí sonriendo-. Estoy seguro. Se echó a correr hacia mí cuando me acerqué.
– Ya veo. Bueno, está bien, venga a dormir a mi casa, si quiere; hay un sofá cama en el salón. Pero sólo esta noche, ¿de acuerdo?
– ¿Y a su marido no le parecerá extraño?
– Se ha ido. ¿No ha leído en mis pensamientos eso? -preguntó ella con una sonrisa burlona.
– No. Tampoco he intentado escuchar. Y además, tampoco oigo permanentemente. Gracias a Dios. Pero su marido ¿se ha ido… ido?
– Ido ido.
Miré su mano. Se había quitado la alianza. No era yo el único cuya vida se había revolucionado. Hay momentos así…, y no sólo en las películas, también en la vida de verdad. Yo me levanté también y nos alejamos, juntos, de la Place Clichy.
36.
El apartamento de Agnès estaba escondido bajo los tejados de un viejo inmueble de la Rue des Batignolles. Era un pequeño apartamento con tres habitaciones, y se habrían necesitado, al menos, dos más para que cupieran todos los muebles y objetos que estaban encajonados allí en un desorden asombroso. Me pregunté cuántos años se necesitaban para acumular semejante bazar. Yo jamás habría podido soportar vivir en semejante ambiente, pero me sorprendí al encontrar una cierta estética del caos. La acumulación de cachivaches, de libros y revistas, de velas, de lámparas viejas, de cuadros, de jarrones y de un sinfín de utensilios insólitos constituía, al final, un verdadero decorado que, misteriosamente, daba la apariencia de una secreta coherencia.
– Discúlpeme, hay un poco de lío… Estará más presentable cuando Luc venga a recoger sus cosas.
Podía sentir su embarazo. Yo mismo me sentía incómodo. Me preguntaba si no era la primera vez en mi vida que entraba solo en casa de una mujer…
– Bueno, puede usted instalarse aquí -dijo ella señalándome el sofá naranja que estaba al otro lado de su salón-. Mañana me voy a trabajar bastante pronto. Intentaré hacer investigaciones sobre sus padres en la comisaría, ¿de acuerdo?
– Es muy amable de su parte…
– Haré lo que pueda. Dígame simplemente todo lo que pueda decirme sobre ellos.
Hice lo posible por hablarle de Marc e Yvonne Ravel, de lo que sabía de su vida, y de lo que siempre me habían contado. Le mencioné la casa que alquilaban durante sus vacaciones, el hecho de que los dos habían trabajado en un ministerio, y tantos detalles como pude recordar… Ella los anotó en un cuadernillo.