Después de algunos minutos inmóviles, sentí que la fuerza me había abandonado completamente. Bajé lentamente los ojos, desesperado. Mi mirada se cruzó con el magnetoscopio que había encima del televisor. Vi entonces las cuatro cifras que parpadeaban en la pequeña pantalla negra. Me froté los ojos, incrédulo. ¡El magnetoscopio indicaba la misma hora que mi reloj! Las 88.88. ¡La hora que no existe! Los cuatro bucles verdes se encendían y se apagaban con un ritmo regular, y su imagen se impregnó en mi retina. Enseguida, tuve la impresión de que las cifras se habían despegado del magnetoscopio y que flotaban, luminosas, en medio del salón. Cerré los ojos. Pero las seguía viendo, inmensas, avanzando hacia mí, amenazantes, como cuatro hologramas gigantes.
En ese instante, debo reconocerlo, mi crisis de angustia se transformó en alucinación; mi cerebro, sin duda, debilitado por los traumas de los últimos días, descarriló.
De repente, fue como si todo adquiriera sentido, como si todo se volviera límpido: me convencí de que el tiempo se había detenido.
El tiempo. No el de los otros, o el del planeta, sino sólo el mío: mis horas, mis minutos, mis segundos se habían parado. Simplemente. Y eso lo explicaba todo. Estaba seguro de que, de una manera u otra, había entrado en un bucle atemporal del que no podía salir. Si se pensaba bien, era evidente. Sin duda, oía fuera el mundo que continuaba viviendo, avanzando; pero yo ya no estaba en él. Me había salido del tiempo.
«Por inconcebible que parezca, no sirve de nada negar la evidencia. Tal vez no estoy en situación de comprender el cómo y el porqué, pero tengo que aceptarlo. Estoy fuera del tiempo. Sea absoluto o relativo, yo estoy fuera del tiempo.
Es muy excitante. Tal vez estoy al borde de una nueva etapa de la comprensión del tiempo. Más allá de la física clásica, más allá de la relatividad, más allá incluso de la física cuántica, tal vez estoy al principio de una nueva etapa de interpretación del espacio-tiempo, que podrá analizarse gracias a mi estado extraordinario. Estoy preparado para someterme al análisis de los físicos. No soy rencoroso.
En todo caso: una cosa es innegable: allá donde esté, puede haber espacio y materia, pero no hay tiempo matemático, que se pueda medir. Sin duda, esto pone en cuestión todas las teorías actuales, y especialmente la de la relatividad restringida, según la cual el tiempo y el espacio están unidos. Sin embargo, hoy se admite que el tiempo habría empezado hace trece mil millones de años, con lo que se sobreentiende que hubo un inicio. Sin embargo, si el tiempo pudo tener un inicio, ¿por qué no iba a tener un final? ¿O incluso una pausa? Tal vez soy una pausa temporal, ¿quién sabe?
De lo que no tengo ninguna duda es de que me he salido de la línea geométrica sobre la que el tiempo parecía estar ordenado. Eso es. Ya no estoy en la línea. Si es verdad que en una recta un punto se sitúa necesariamente antes o después de otro punto, ¿qué se puede decir cuando, por el contrario, uno se separa de esa recta?
Por otro lado, mi experiencia podría confirmar las teorías según las cuales el tiempo es absoluto. Porque si el tiempo es absoluto, eso implica que no pertenece ni al mundo material, ni al del espíritu, y que, por tanto, existirían aunque el mundo o nuestro espíritu no existieran. No hay interdependencia. Mi espíritu puede muy bien extraerse del tiempo, eso no lo va a parar.
Los relojeros se arruinarán.
Es absolutamente necesario que establezca contacto con los señores y señoras científicos. Ellos podrán estudiar esto en profundidad. Por mi parte, yo no puedo explicarlo verdaderamente. Simplemente he tomado conciencia -a un nivel superior, que debo admitir que no domino por completo- de la evidencia. El presente no existe. Sin embargo, es simple: elinstante no puede ser más que cuando deja de ser. La función misma del instante es pasar; mientras no lo ha hecho, no es, el instante no existe. El presente no existe. Todo es pasado.
Es sorprendente.
Así pues, estoy fuera del tiempo. Desde luego, es bastante extraordinario, incluso increíble. Pero me parece que me estoy tomando el asunto bastante bien. En el fondo, es casi tranquilizador.
Me pregunto.
Maldito magnetoscopio.
Bueno días, tal y como ven, estoy arrinconado fuera del tiempo. Debe de ser un fenómeno físico completamente explicable. Una especie de desbordamiento, de deslizamiento. Muy raro sin duda. Pero no puede decirse que me asombre, después de todo lo extraño que ha pasado. Era necesario que hubiera una explicación racional. Una buena razón. Y ahora, al menos, sé lo que me pasa. Simplemente he salido del tiempo. No soy esquizofrénico. Estoy fuera del tiempo.
Vaya. Puedo verificarlo, por otro lado.
Uno, dos, tres.
Ya está. No ha pasado ningún segundo. Mi reloj y el magnetoscopio siguen indicando la misma hora: las 88.88.
Debo de ser el único que puede ver la hora que no existe. Me pregunto si soy mortal.
Debería haberlo dudado desde el principio. Debería haber confiado en mi reloj. Las 88.88. Es un Hamilton. No podía mentir. Debería sentir más respeto por los relojes. Después de todo, saben más que nosotros sobre las cuestiones del tiempo. Saben medir el tiempo que necesita un rayo de luz, provocado por la estimulación de un átomo de cesio 133, para efectuar más de nueve mil millones de oscilaciones. O bien un segundo. Los relojes son fuertes.
No sé por qué me he obcecado. Tengo que avisar a Agnès. No debe preocuparse más por mí. Ya no arriesgo nada, basta con que me acostumbre.
Ya, debo dejar de querer volver al tiempo de los otros, debo dejar de agarrarme. Seguramente es peligroso. Tal vez incluso debería dejar de interactuar con él. Con aquéllos. Con aquellos que se han quedado en el interior. Seguramente no pueden comprenderme. Y me arriesgo a hacer descarrilar su tiempo. No puedo correr ese riesgo. Es extremadamente egoísta por mi parte.
Me pregunto si soy mortal.
¿Y si los dos tipos del chándal gris hubieran intentado avisarme? ¿Por qué no? Parece creíble, ahora que lo pienso. Mucho más creíble que el pequeño escenario paranoico que me he inventado… No veo qué podrían pintar dos asesinos en mi historia. Jamás le he hecho daño ni a una mosca. No, más bien deben de ser una especie de agentes temporales. Unos tipos que están al corriente de lo que me pasa. Eso lo explicaría todo.
Los tipos de gris son agentes temporales.
Además, no me quieren hacer ningún daño. Telême tenía razón. Esos hombres no me quieren hacer ningún daño. Debería haberles dejado que se explicaran. Lo habría comprendido más fácilmente. Bah, ¡no es grave! Ahora, ya no los necesito, porque ahora, lo sé. Lo he comprendido solo. Estoy en un bucle atemporal y no soy esquizofrénico.
En el fondo, es incluso más simple que eso, yo soy atemporal.
Y eso explica seguramente por qué tengo la impresión de oír los pensamientos de la gente. Debe de ser un fenómeno físico. Como no estamos en el mismo tiempo, ya sé lo que van a decir antes de que lo digan, y de golpe tengo la impresión de oír sus pensamientos. Algo así.
Me pregunto si soy mortal.
La cuestión es si Agnès me va a creer. Y si me cree, ¿podremos continuar viéndonos?
Vaya, otra hipótesis. Tal vez no he salido verdaderamente del tiempo, en sentido literal. Tal vez, simplemente, he llegado al final. Sería un signo precursor del final del Homo sapiens. Sería uno de los primeros que llegaría al final del tiempo. Tal vez porque lo he entendido. He comprendido que vamos a extinguirnos. Tenía razón desde el principio, así que estoy totalmente solo, al final del bucle temporal. Tal vez, por otro lado, no esté solo. Tal vez haya otros, otros atemporales, como yo, o como los agentes del chándal gris que recorren el mundo para salvar a las víctimas apartadas del tiempo.