Me pregunto si soy mortal.
En todo caso, una cosa es segura, estoy al final del tiempo.
Lo noto.
Me pregunto si soy. Es extraño. Tengo la impresión de que el tiempo se encabalga, ahora, de que se mezcla. Y mi nombre será esperanza. Me pregunto.
Me pregunto si. Tengo la impresión… Me pregunto… que el tiempo… si yo soy… se encabalga… mortal… ahora. Yo tengo… yo… la impresión… me… pregunto… lo… si… tiempo… yo… se… soy… encabalga… mortal… ahora. Tengo mortal ahora. Mi nombre será Unamez. Mezcla. Unamez cla. ¿Qué demonios está usted haciendo todavía ahí? Que se mezcle.
La próxima vez que vea los agentes temporales, tendré que ser más educado. ¿Vigo? Pero ¿qué narices estás haciendo todavía ahí? Tengo la impresión de que el tiempo se encabalga. ¿No me respondes, tonto? Que se mezcla. ¡Vigo!»
39.
No sé cuánto tiempo duró esa crisis delirante ni cuánto tiempo habría podido continuar si los gritos furiosos de Agnès no me hubieran sacado de mi aturdimiento.
– ¿Qué narices está haciendo todavía en mi casa, Vigo? Debería haberse ido esta mañana. ¡Menudo fresco está usted hecho!
Me quedé un momento alelado, mudo, completamente perdido. Como si me hubiera despertado un electrochoque, tomé conciencia a la vez de que mi cerebro había estado desvariando, durante un rato bastante largo, y de que Agnès había vuelto a casa tras su jornada laboral. Sentado en el sofá, extraviado, la escuchaba gritarme sin comprender lo que estaba diciendo.
– Es usted amable, Vigo, pero tengo bastantes problemas ya, sin la necesidad de albergar a un tipo como usted. Le propuse albergarlo una noche, pero jamás he dicho que pudiera instalarse aquí. ¡Oh! ¿Me escucha usted? ¡Al menos podría responder!
Recuperé las fuerzas con dificultad. La cólera de Agnès, al menos, había conseguido devolverme a la tierra. Una cosa era segura, no estaba fuera del tiempo, lejos de allí. Estaba metido en él de pleno.
– Estoy confuso… Creía que… Creía que había salido del tiempo -murmuré.
– ¿Qué? ¿Qué está diciendo?
La vi pasar junto a mí en tromba, con la mirada furiosa, después abrir las cortinas con un gesto amplio y brusco. Me sobresalté. La luz de agosto me cegó.
– ¡Jamás le debería haber propuesto que se quedara aquí! ¡Mira que soy ingenua!
– Lo siento, Agnès, yo… he tenido un pequeño problema. Creía que estaba fuera del tiempo. Tranquilícese, me voy enseguida.
Ella se me quedó mirando boquiabierta. No habría sabido decir qué sentimiento se reflejaba en su mirada, cólera o incomprensión. Una cosa estaba clara, no estaba orgulloso de mí mismo, y tenía prisa por salir de allí.
En cuanto pude, me levanté del sofá, luché contra el vértigo que me hacía sentir que la habitación daba vueltas a mi alrededor y me fui a recoger mis cosas. Vi que Agnès se apoyaba en una silla y que me miraba, a la vez que se mordía los labios.
– Siento haberle gritado así -dijo con una voz más serena-, pero la verdad es que Luc habría podido venir perfectamente hoy y darse de bruces con usted. Me habría creado una situación desagradable, Vigo.
– Lo siento, Agnès.
Y lo sentía de verdad. Ella tenía razón. No había sido muy hábil por mi parte. Yo mismo tampoco habría querido encontrarme con su marido. Y, de todas maneras, había abusado de su hospitalidad… Por mucho que lo deseaba, no conseguía encontrar las palabras adecuadas para disculparme, para intentar hacerle entender la crisis que había atravesado. Todavía estaba totalmente desorientado. La cabeza seguía dándome vueltas, y me seguía pareciendo que no había escapado completamente de mi extraña pesadilla.
Con paso vacilante, me precipité hacia la puerta y abandoné el apartamento.
– Lo siento -repetí antes de cerrar la puerta tras de mí.
Titubeante, bajé la escalera, y creo que de mis ojos cayeron algunas lágrimas.
40.
Cuando llegué a la planta baja del edificio, me quedé inmóvil durante unos segundos, de pie, en el vestíbulo, sin aliento, y me tuve que apoyar contra la puerta de cristal para no perder el equilibrio. Me froté los ojos con el reverso de la manga para quitarle su vergonzosa humedad.
En el exterior, el barrio de Batignolles iba a cien por hora. Era el mundo, la verdad, nuestro espacio-tiempo. Aquel al que debía regresar absolutamente, y recuperar mis referencias. O como mínimo, hacerlas. En el fondo, no estaba seguro de haberlas tenido nunca.
¡Menudo imbécil estaba hecho! ¿Cómo había podido caer en semejante estado? Tenía vergüenza de mí mismo, de la debilidad de mi ánimo, de mi razón. Sobre todo, me sentía avergonzado por haber podido herir a Agnès, y temía haberla perdido.
Con un nudo en la garganta, miré los coches que pasaban frente al edificio y los habitantes del barrio que deambulaban por allí. Verdaderamente no sabía qué hacer, ni adonde ir. No obstante, tenía que moverme, avanzar.
Respiré hondo y después salí. Fue menos difícil de lo que me había temido. Me dejé acariciar por el aire de aquella tarde urbana, después caminé en línea recta, con los ojos clavados en el sol, y evitando las miradas de la gente que me rodeaba.
Tras dar unos pasos, eché una ojeada detrás de mí, hacia el último piso del edificio de Agnès. Creí reconocer la ventana de su salón. La luz estaba encendida. Me preguntaba qué estaría haciendo ella ahora, si ya habría pasado página y si habría decidido olvidarme. Bajé de nuevo los ojos y continué mi camino. ¿Podría perdonarme? La víspera había prometido ayudarme, pero ¿y ahora qué?
Y si no, y si Agnès me abandonaba, ¿sería capaz de dar respuesta yo mismo a todas esas preguntas? Seguro que no. Pero dirigirme a las autoridades, como ella había sugerido, me daba todavía más miedo.
Mi vientre se puso a gruñir. Estaba hambriento. No había comido nada en todo el día. Tenía que empezar por ahí, por alimentarse. Cosas simples. Una a una. Subí por la calle hacia la Place Clichy, y sin pensarlo mucho, volví al Wepler.
El ruidoso local estaba a rebosar y lleno de humo. Me instalé en una mesita en el fondo de la gran sala, al abrigo de las miradas.
Me encendí un cigarrillo. El muchacho vino a tomarme nota. Como tenía hambre y tenía prisa por comer, le pedí una croque-madame, un plato de patatas fritas y una cerveza de barril. Después de todo, era un bar parisino…
Mientras esperaba mi pedido, para intentar dejar de pensar en Agnès, decidí releer la nota que había encontrado en el hotel. Saqué el sobre y desdoblé la hoja delante de mí.
«Señor, su nombre no es Vigo Ravel, y usted no es esquizofrénico. Encuentre el Protocolo 88.»
El Protocolo 88. Tenía que centrarme en eso. No había avanzado ni un centímetro desde que había descubierto el mensaje. Incluso tal vez había retrocedido. A pasos de gigante.
Intenté concentrarme, plantear las preguntas correctas, pero fue en vano. Cada vez que intentaba buscar una respuesta, una pista, el rostro de Agnès me acosaba en mi mente: su mirada furiosa, sus palabras severas. Habría preferido que las cosas hubieran ido de otra manera. Ni siquiera había podido decirme si había encontrado algo, si había tenido tiempo de hacer averiguaciones sobre mis padres, como había dicho… ¿Me llamaría? ¿Tendría alguna revelación que hacerme? ¿Aceptaría mis disculpas? ¿Aceptaría volver a verme? ¡Tenía que dejar de pensar en ello!
El camarero me trajo mi plato. Le di las gracias y me abalancé sobre la comida con apetito. Engullí la croque-madame y las patatas fritas sin levantar la cabeza, excepto para tomar algunos sorbos de cerveza.
Cuando el camarero vino a buscar mis dos platos vacíos, le pedí otra media ración.
Me quedé así algunas horas, fumando cigarrillo tras cigarrillo, encadenando las bebidas, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en aquella mujer con la que me habría gustado tanto pasar aquella extraña noche. Una noche más. Imaginaba sus ojos verdes, su tensa sonrisa, su cuerpo delgado, su bella piel tostada, y veía que todo aquello se alejaba, lentamente, como la estación de una ciudad querida en un viaje sólo de ida.