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– ¡Ah, sí! ¡Me encantó ese libro! -me confió ella-. Me parece que es el único que leí de Gary bajo el pseudónimo de Ajar, pero es muy conmovedor, en efecto. ¡Entiendo exactamente lo que quiere decir!

Sonreí. Aquello era delicioso, tranquilizador. Parecía que haber leído los dos un mismo libro en el pasado pudiera servir como sustituto de recuerdos compartidos, y de buenos recuerdos.

– ¿Ha leído Pseudo?

– No.

– Pues bien, en Pseudo -repuse- se encuentra todo eso e incluso más, en él está todo lo que siento, el miedo de estar solo entre los demás, de no llegar a encontrarse ni a comprenderse verdaderamente, el miedo de no ser, de no ser más que un sobre, porque el ser es indecible, y respecto a los otros, es inalcanzable. ¿Ve lo que quiero decir?

– Hum… Más o menos…

– Todo se resume en las primeras frases del primer capítulo, y en la última. Mire, se las voy a decir de memoria: «No hay comienzo. He sido engendrado, cada uno en su turno, y después viene la pertenencia. Lo he probado todo para sustraerme, pero nadie ha llegado, todos somos añadidos». Y después: «Continúo buscando a alguien que no me comprenderá y al que yo no comprenderé, porque tengo una terrible necesidad de fraternidad».

Hizo una mueca de admiración.

– Es muy bonito. No estoy segura de haberlo entendido bien, pero es bonito. Y además, ¡qué memoria!

– Sí, en fin, no se piense que soy un gran erudito porque conozco muchas citas de memoria. No intento pavonearme. Simplemente es mi libro preferido.

– No es asombroso -dijo ella sonriendo-. Discúlpeme, Pero con esa historia de Émile Ajar, del pseudónimo y del testaferro, uno estaría en su derecho de preguntarse si Romain Gary no es un poco esquizofrénico…

Asentí y le sonreí.

– Sí, eso es seguramente lo que hizo que enseguida me gustara. Y me imagino que usted lee novelas policíacas, ¿no?

Ella puso los ojos en blanco.

– ¡Muy gracioso! ¡Así que los polis sólo leen novelas policíacas!

– Ah, pero ya está muy bien que sepan leer -solté con ironía.

– ¡Qué ingenioso! No, figúrese que leo un poco de todo, como puede verse. A mí me va sobre todo la lectura de entretenimiento: las novelas policíacas, sí, pero también el suspense, la ciencia ficción, las novelas de aventuras… Hay personas que consideran estos géneros como literatura de segunda clase, pero a mí me da igual, me va bien y me llega. Me evado. Así que leo mucho. Además, ése era uno de los motivos recurrentes de mis peleas con Luc. Yo le reprochaba que pasara mucho tiempo en casa de sus amigos, y él, por su parte, habría querido que leyera menos libros… Resulta un poco ridículo, ¿no le parece? ¡Menudo tópico!

– No sé. No soy el más indicado para juzgar relaciones conyugales. Siempre he estado solo…

– ¿Nunca ha tenido una novia?

Me estremecí. Una parte de mí había esperado que pudiéramos obviar el tema. Pero otra parte sólo estaba esperando eso…

– No creo. Tal vez tuviera alguna antes de mi amnesia, pero desde entonces, no.

Ella enmascaró difícilmente su asombro, lo que hizo que me sintiera más incómodo. Ella debió de darse cuenta, porque desvió la mirada. Ella dejó su copa en la mesa y se levantó, suspirando.

– Bueno, venga… Dejo de molestarle. Es hora de irse a dormir. Gracias por haberme hecho compañía esta noche,

Vigo. De nuevo, siento haberle gritado antes. Mañana puede quedarse aquí. Le prometo que no le gritaré. Está usted en su casa. También puede usar el ordenador del despacho para hacer sus investigaciones.

– Gracias, Agnès. Muchas gracias.

Me dedicó una última sonrisa y se fue a acostar. Me levanté con dificultad, intentando no caerme, abrí el sofá, corrí las cortinas y me dejé caer de espaldas, con los brazos en cruz. Mareado por el alcohol, me costó un poco conciliar el sueño; pero cuando lo hice, fue profundo como un abismo.

43.

A la mañana siguiente, me levanté con un terrible dolor de cabeza. Gruñí y me refugié bajo la colcha. De nuevo, me costó unos segundos recordar dónde estaba; pero no me dejé ganar el pánico o el vértigo del primer día. Todo estaba claro. Estaba en el pequeño apartamento de tres habitaciones de Agnès, que me acogía algunos días en su casa, y todo era normal. Sólo tenía una considerable resaca.

Me levanté, temblando pero sereno, y fui haciendo uno a uno los gestos de una mañana casi ordinaria. Me duché, me vestí, y encontré en la cocina algo con lo que preparar un desayuno digno de ese nombre.

De regreso en el salón, encendí la televisión. Miré durante un corto momento los informativos en los que se hablaba todavía de los atentados, de la pista islamista, del recuento de víctimas… Suspiré y la apagué. Tenía que concentrarme en mi propia investigación y empezar por el principio. Y tal y como había sugerido Agnès, lo más simple era investigar yo mismo qué podía ser el Protocolo 88, del que hablaba mi misteriosa carta.

Hacia las 9, pues, a pesar del dolor de cabeza que no me daba tregua, me decidí a encender el ordenador que había en el despacho de Agnès. Esa habitación era como el resto del apartamento: desordenada, inundada de muebles y de objetos insólitos. En una mesa sobre caballetes, arrinconada en medio de columnas de libros y de papeles, el ordenador parecía haber sobrevivido milagrosamente a múltiples tempestades. El teclado estaba salpicado de ceniza y lleno de manchas oscuras. Después de algunos intentos, conseguí conectarme a Internet y empecé mi búsqueda. Me irá bien llamarla así, mi búsqueda. En el fondo, no era otra cosa que el detective de mi propia existencia.

Tecleé «protocolo 88» en el motor de búsqueda. De repente, el simple hecho de que yo mismo escribiera esa expresión le daba una existencia, una realidad. No sabía todavía a qué se correspondía, pero el misterio de aquella palabra y de esa cifra se volvía, de hecho, más concreto. Y eso me pareció casi tranquilizador. Me daba un fin. Tal vez no era Vigo Ravel, tal vez no era el esquizofrénico que había creído ser, pero al menos era el hombre que debía encontrar lo que era el Protocolo 88. En el punto en el que me encontraba, en cuestión de identidad, podía contentarme con eso.

El motor de búsqueda encontró nueve resultados. ¡En los millones de sitios de la Red, sólo había nueve coincidencias con la expresión protocolo 88! Era poco, muy poco, pero ya era algo. Me estremecí de excitación. Tal vez conseguiría alguna pista. ¡Un principio de pista! Una abertura.

Uno a uno, revisé los textos que mencionaban el objeto de mi investigación. La mayoría eran textos técnicos, muy oficiales. Y rápidamente me di cuenta de que ninguno mencionaba algo que pudiera tener relación más o menos directa con mi historia. Nada sobre la esquizofrenia, ni sobre los atentados, y nada misterioso. En todo caso, nada que atrajera mi atención, que despertara mi curiosidad. Todo lo que encontré se refería a los protocolos de seguridad de los navios, a la ruta informática o a la legislación para los controladores de la circulación aérea. Todos llevaban la cifra 88 simplemente porque se habían firmado en 1988, y nada más. Instintivamente, supe enseguida que no tenía ninguna relación con lo que buscaba. Por precaución, me propuse leer todos esos textos de principio a fin; pero, en efecto, no encontré nada probatorio.

Solté un largo suspiro de decepción. El misterio no estaba cerca de desvelarse. Pero no podía abandonar tan rápido. Decidí, por casualidad, invertir los términos de la expresión y tecleé «88 protocolo». No encontré nada mejor. Uno u otro por separado daban demasiados resultados como para que pudiera encontrar la menor pista.

Debería haber algo acerca de la cifra 88: aparecía relacionada con tantos detalles después del día de los atentados, empezando por la frase misteriosa del terrorista. «… 88, es la hora del segundo mensajero.» No me atreví a pensar también en la hora que mostraba mi reloj. No podía tratarse más que de una coincidencia. Pero, al margen de eso, la cifra 88 tenía que tener algo especial. Sin embargo, teclear esa cifra como única palabra clave en un motor de búsqueda daba como resultado varios millones de respuestas. No era posible partir sólo de esto.