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Todavía continué con mis investigaciones durante cerca de una hora en vano; después, desalentado, me dejé caer contra la espalda de mi sillón. Vi entonces un diccionario apoyado sobre la mesa de Agnès. Sin ningún propósito fijo, me puse a copiar en mi cuaderno las definiciones de la palabra protocolo.

«Protocolo: n.m. (lat. Protocollum, del griego Kollaö «reproducir»).

Conjunto de fórmulas de comportamiento para los actos públicos. Resoluciones tomadas en el marco de una reunión. Informe, enunciado de una operación, sobre el desarrollo de una experiencia científica. Conjunto de convenciones necesarias para hacer cooperar a entidades generalmente distantes, en particular para establecer y mantener intercambios de información entre esas entidades.»

Eso no me ayudaba verdaderamente en mi investigación, pero al menos tenía una idea más precisa de lo que podía ser un protocolo; me fijé un marco, un campo de investigación.

Un poco antes de mediodía, mi dolor de cabeza empeoró y, seguro de no poder encontrar nada interesante sobre el tema, apagué el ordenador y me fui a tumbar al sofá del salón. Cerré los ojos e intenté relajarme, pero el dolor se negaba a desaparecer. Lentamente, se extendió hasta las sienes, los ojos y hasta la nuca misma. Me di un masaje en el cráneo durante un rato, pero no conseguí nada, el dolor no dejaba de progresar y se volvió rápidamente insoportable. Muy pronto, tuve la impresión de oír un silbido agudo, cada vez más fuerte y cada vez más desagradable. Después, sentí náuseas y vértigo. Varias veces creía que iba a vomitar o a perder el conocimiento.

«¡No puede volver a empezar de nuevo!»

No sabía si ese sofá naranja traía mala suerte, pero no tenía ningunas ganas de revivir el delirio de pesadilla de la víspera. Tenía que controlarme. Me levanté e intenté dominar el aturdimiento. Pero no había nada que hacer: la habitación giraba a mi alrededor, y mi cráneo parecía estar a punto de romperse, aplastado por un torno invisible.

Como el dolor aumentaba al mismo tiempo que el asco, enseguida estuve seguro de no atravesar ni una oleada de delirio ni una de mis crisis alucinatorias, sino más bien un problema de adicción ¿Los neurolépticos? No, no producen dependencia. Tenía que ser otra cosa. Tal vez los ansiolíticos. Hacía mucho que no tomaba ninguno, y mi cerebro empezaba a rebelarse.

Empujado por una rabia repentina, me levanté y registré totalmente mi mochila; pero sabía perfectamente que no contenía ni el menor medicamento. Los había tirado todos por la ventana del hotel. La dejé caer al suelo con ira y me precipité hacia el cuarto de baño. Abrí el botiquín de Agnès. Mi mirada entrenada cayó rápidamente sobre sus antidepresivos; después, a su lado, vi una cajita verde y blanca. Era Lexomil. Levanté una mano temblorosa hacia la caja de comprimidos. Después cerré los ojos. No. No. No podía hacer eso. No debía hacerlo. ¡Me lo había jurado!

Miré de nuevo el contenido del armario, y mis dedos se deslizaron más hacia la derecha, hacia una caja de aspirinas. Una simple caja de aspirinas. Cogí un comprimido y me fui a la cocina a servirme un vaso de agua. Me tragué el medicamento y volví a acomodarme sobre el sofá.

El dolor era tan intenso que me puse a gritar como si eso hubiera podido liberarme. Tuve la impresión de que mi cerebro estaba licuándose y a punto de hervir. Después, negándome a ceder, intenté controlarme de nuevo y luchar. «No es más que una pequeña crisis. Una vulgar y pequeña crisis. No puedo dejarme llevar como ayer. Tengo que resistirme.» Me concentré en todas las otras partes de mi cuerpo para intentar olvidar mi frente. Además, me esforcé por visualizar el dolor de mi cabeza, como si fuera una pequeña bola de un rojo intenso, e imaginé que explotaba, que se dispersaba, y se retiraba lentamente como una ola sobre una larga playa de arena fina. También la alejé lo más que pude. El silbido estridente entre mis dos tímpanos empezó a disminuir. Me concentré de nuevo y repetí el mismo proceso para liberarme yo mismo del dolor. Debía reconocerlo por lo que era simplemente: una simple información en mi cerebro. Sin saber verdaderamente por qué, me puse a repetir la frase que había oído en la torre SEAM: «Brotes transcraneanos, 88, es la hora del segundo mensajero…».

Como una letanía, me puse a decir y repetir esa frase, lentamente, y poniendo énfasis en cada palabra: «Brotes transcraneanos…». Y, extrañamente, funcionó. Como una fórmula mágica, esas palabras que no comprendía me tranquilizaron, me ayudaron a olvidar progresivamente mi horrible migraña. «… Es la hora del segundo mensajero.» Y a fuerza de buscar la paz de espíritu, acunado por esa enigmática invocación, acabé durmiéndome.

44.

Me desperté sobresaltado por el timbre de mi teléfono móvil. Eché una mirada a mi reloj. No. Desde luego. Fue imposible leer la hora. Seguía parpadeando: 88.88. Todavía no lo había puesto en hora; la guardaba allí, en mi muñeca, tal vez por superstición, testimonio íntimo y secreto de los atentados, de la realidad que yo mismo había leído.

Sacudí la cabeza y cogí mi teléfono. Vi en la pequeña pantalla que ya eran las tres de la tarde. Había dormido cerca de tres horas. Mi dolor de cabeza había desaparecido completamente. Descolgué.

– ¿Vigo?

La voz al otro lado del hilo me heló la sangre. Era la de François de Telême.

– ¿Qué quiere usted? -balbuceé perplejo.

– Vigo, tiene que dejar de hacer tonterías. Queremos ayudarle, sabe…

Me di cuenta en ese instante de que lo detestaba. Había pasado de considerar a aquel hombre como casi un amigo a odiarlo.

– ¿Usted y quién más? -exclamé fuera de mí.

– Estoy con el doctor Guillaume.

No podía creer lo que oía. ¿El doctor Guillaume? ¿Estaba vivo? ¿Y con Telême? ¡No! Eso era imposible! ¡Era una trampa, una nueva trampa que me había tendido ese traidor!

– Estamos muy preocupados por usted, Vigo.

– No le creo. No le creo ni una sola palabra. ¡El doctor Guillaume está muerto!

– No, no, Vigo, se equivoca usted. Está aquí, justo a mi lado. Y está preocupado por usted, como yo. Mire, se lo voy a pasar.

Mis dedos se crisparon sobre el teléfono.

– Vigo, ¿me oye usted?

No cabía ninguna duda. Era la voz de mi psiquiatra. Creí que iba a desmayarme.

– ¿Doctor? Pero… Pero no lo entiendo…

– Vigo, está sufriendo una crisis aguda de esquizofrenia paranoica. Debe ponerse en tratamiento de inmediato. Su jefe tiene razón: estoy verdaderamente preocupado por usted…

– Pero… ¿Y el atentado…? Creía que estaba muerto…

– No. De milagro, logré sobrevivir. Como usted, Vigo. Llegué tarde esa mañana, y eso me salvó la vida. Pero usted, Vigo, está en estado de choque. Y es completamente comprensible. Sin embargo, no puede seguir así. Haga lo que haga, tiene que venir a verme. Debe usted retomar su tratamiento. Necesita ayuda…

– Pero… ¿qué está haciendo con el señor De Telême?

– Bueno, he venido a verlo porque no conseguía encontrarle a usted. Le conozco desde hace mucho tiempo (recuerde que fui yo quien se lo presentó), y pensé que tendría noticias suyas. ¿Dónde ha estado, Vigo? Todo el mundo le está buscando. Y su huida de la otra noche ¡fue ridicula! El señor De Telême sólo quería ayudarle…

– ¿Y mis padres?

Se quedó en silencio. Un silencio que fue demasiado largo.

– ¿Sus padres? Están al corriente de todo, Vigo. Ellos están también tremendamente inquietos. ¡Les da muchas preocupaciones!