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Me dejé caer sobre el sofá.

– ¡No entiendo cómo puede ser posible! Hasta donde me alcanza la memoria, he vivido siempre con ellos. ¡Es imposible que me los haya imaginado!

– No, desde luego, Vigo. Pero, sin duda alguna, no los conoce con sus verdaderos nombres. No sé cómo es posible, Vigo, ni por qué, pero es la realidad. Y, desgraciadamente, eso no es todo.

– ¿Qué pasa ahora?

– Pues bien, evidentemente, también he investigado su propio nombre: Vigo Ravel. Y tampoco tiene ninguna existencia legal… La carta anónima que recibió usted no mentía sobre eso tampoco. Usted no se llama Vigo Ravel.

– Pero… ¡tengo un carné de identidad y una cuenta en el banco! Mire, tengo incluso una chequera, con mi nombre en ella. ¿Cómo podría haber abierto una cuenta en el banco?

– Tal vez su carné de identidad sea falso. En cuanto a su cuenta en el banco, puede que se abriera justamente gracias a papeles falsos. Enséñeme su carné de identidad.

Se lo di. Ella lo inspeccionó minuciosamente.

– Parece auténtico, pero no soy ninguna experta. Haré que mañana lo analicen. Su cuenta podría ser una buena pista que seguir. ¿Sabe usted en qué agencia estaban sus padres?

– En la misma que yo.

– Perfecto. Buscaré por ese lado mañana.

Me devolvió mi carné de identidad. No pude evitar examinarlo yo también. Miré el texto que estaba junto a mi foto. «Apellido: Ravel. Nombre(s): Vigo. Nacionalidad: francesa.» Lo ponía muy claro. Y, sin embargo, no era yo. Ese nombre no era el mío. Solté un suspiro de abatimiento.

– Vamos, Vigo, sólo acabamos de empezar nuestras investigaciones… No se desaliente tan rápido. De todas maneras, esto tampoco puede sorprenderle del todo, ¿no?

– Eso no lo hace más fácil de entender. No conozco mi verdadera identidad, Agnès. No tengo nombre, ni padres…

Ella se levantó, vino a sentarse a mi lado y apoyó una mano sobre mi hombro.

– Lo siento sinceramente. Comprendo que eso debe de ser difícil de admitir, muy desconcertante. Pero ha sido usted quien decidió empezar esta investigación, así que debe estar preparado a enfrentarse a este tipo de verdades…

Asentí con la cabeza e intenté sonreírle. Ella tenía razón. Y seguramente ésa era sólo la primera de mis desagradables sorpresas. Por otro lado, si no quería hundirme, sería mejor utilizar esos inconvenientes para encontrar la fuerza para continuar.

– ¿Y usted? -preguntó ella-. ¿Ha encontrado algo con el nombre de Protocolo 88?

– No, nada.

Le confié los decepcionantes resultados de mis investigaciones.

– Ya veo -digo ella-. Entonces, tendremos que buscar en otra parte. La carta anónima no mentía sobre su identidad. Ignoramos quién pudo escribirla, pero podemos, en todo caso, suponer que el Protocolo 88 es una pista fiable.

Asentí con un gesto de la cabeza.

– Creo que ya hemos hecho bastante por hoy, Vigo. Vamos, estoy agotada, no tengo fuerzas para hacer la cena. Y usted tampoco parece estar muy en forma, amigo mío. Le invito a un restaurante.

Arqueé las cejas, un poco sorprendido.

– Yo… no estoy seguro. No me encuentro demasiado bien. Y… he de confesarle que me da un poco de miedo salir…

– ¡No! ¡Al contrario! ¡Le sentará muy bien! ¡Lleva todo el día aquí encerrado! Hay un restaurante muy mono cerca de aquí. Los dos los necesitamos.

A pesar de la ansiedad y de la depresión pasajera que ella me había confesado, Agnès tenía reservas de energía insospechadas.

Tal vez luchar era justamente una manera de resistir. La primera vez que la había visto, en la consulta de la psicóloga, me había imaginado tontamente, sin duda a causa de la severidad de su morfología, que se trataba de una mujer árabe, encerrada y abatida. Pero, en realidad, estaba llena de coraje, de vigor, e incluso, ahora lo adivinaba, de una cierta malicia.

– ¿Y si esos tipos me hubieran seguido? -dije-. Dejé el Porsche de mi jefe ante su casa. Tal vez lo hayan encontrado, no se puede decir que sea un coche muy discreto, y si eso ha ocurrido, ya deben de estar buscándome por todo el barrio.

– ¡No diga tonterías! No nos ha seguido nadie. ¡No puede vivir continuamente aterrorizado, Vigo! Vamos, le aseguro que en este tipo de situaciones no hay nada que sienta mejor que ir a un buen restaurante.

Me dedicó una sonrisa de complicidad. Tenía la sensación de compartir con ella mucho más de lo que jamás había compartido con alguien. Sus ojos estaban llenos de secretos que valían por mil recuerdos. Al azuzarme de esa manera, creo que quería azuzarse también a sí misma. Al fin y al cabo, tal vez nos necesitábamos el uno al otro.

– De acuerdo, la sigo.

Salimos del apartamento agarrados por el brazo.

47.

– Como plato principal, le recomiendo los filetes de lomo de ternera a las cinco especias.

El Parfait Silence era un pequeño restaurante de barrio con pinta de antiguo bistró, con acabados de madera, en el que se mezclaban gastrónomos de vientre prominente y burgueses bohemios del siglo XVIII. La decoración, hecha de cualquier cosa, era original, con algún toque de art déco y pinceladas de colores provenzales.

– De acuerdo. Confío en usted.

– ¿Le apetece tomar vino, Vigo?

– Desde luego.

– Le dejo escoger.

No estaba seguro de querer tomar semejante responsabilidad, pero quería causar buena impresión, parecer seguro de mí mismo, independiente, capaz de elegir una buena botella. En resumen, no quería jugar a ser un esquizofrénico acomplejado. Eché una ojeada a la carta y opté con seguridad por un Pesca-Léognan de una edad considerable.

Agnès pidió. El camarero se retiró discretamente con las cartas bajo el brazo.

– El Ministerio del Interior no me proporciona los medios para venir a comer aquí todas las tardes, pero vengo de vez en cuando. Es delicioso.

– Si usted lo dice… Parece agradable.

– Sí. El patrón es un filántropo.

No entendía muy bien por qué me decía eso. ¿Un filántropo? Ni siquiera estaba seguro de entender qué quería decir. Tal vez simplemente quería que me sintiera a gusto…

Ella me ofreció un cigarrillo con una sonrisa. Yo me dejé tentar. No fumábamos la misma marca, pero yo era de fácil conformar.

– Entonces, Vigo, ¿se ha desenvuelto bien en mi apartamento, a pesar de todo mi desorden?

– Sí, sí, no se preocupe. Gracias. Ya sabe lo agradecido que estoy por su hospitalidad…

– No es nada, para mí es un placer. Un poco de compañía no me va mal…

– Pero, dígame, Agnès, ¿está usted segura de que no hay riesgo de que su marido se presente en cualquier momento?

Ella sonrió.

– ¿Ha estado temiéndolo todo el día?

– Digamos que me lo he planteado y que me habría costado mucho explicarle qué estaba haciendo allí, si hubiera entrado.

A ella le hizo gracia mi preocupación.

– Pues, bien, tranquilícese. Después de nuestra discusión de ayer, se fue a casa de sus padres en Suiza. No hay riesgo de que vuelva por el momento…

– ¿Cree usted que su historia con él…, quiero decir…, que se ha acabado definitivamente?

– ¡Ah! Ya veo -dijo ella, mientras apoyaba su cigarrillo en el borde del cenicero-. ¿Vamos de cabeza a un interrogatorio?

– Bueno… No sé gran cosa sobre usted. Pero no está obligada a responderme. Ni siquiera conozco su apellido.

– ¡No pasa nada! -replicó ella sonriendo-. De todas maneras, estoy a punto de recuperar mi apellido de soltera.