– ¿Y cuál era?
– ¿Mi apellido de soltera? Fedjer. Me llamo Agnès Fedjer.
– Ya decía yo que tenía usted un aspecto meridional…
Ella puso los ojos en blanco.
– ¿De que país es?
– De Argelia -respondió ella.
– Pues Agnès no suena argelino.
– Mi padre no tenía los medios para cambiar nuestro apellido, así que pensó que con un nombre de pila francés las cosas me resultarían más fáciles.
– Es terrible tener que esconder los orígenes, avergonzarse del propio nombre…
– ¡No me avergüenzo de mi nombre! -se defendió ella-. Mi padre jamás se hizo ilusiones sobre el racismo patológico de este país, Vigo, eso es todo. Pero yo no me avergüenzo de mi nombre. Me llamo Agnès Fedjer.
Asentí. En el fondo, ella tenía suerte. Yo ni siquiera estaba seguro de tener nombre alguno…
– De acuerdo, pero usted no ha respondido a mi primera pregunta -repuse-. ¿Cree usted que ha acabado definitivamente con su marido?
– Es usted insistente, Vigo… Ya se lo dije ayer. Llevamos ya dos años intentando resolver un problema que parece no tener otra solución que la de separarnos. Además, creo que Luc no aguanta que sea poli, y yo, por mi parte, no estoy dispuesta a dejarlo. Por tanto, sí, creo que es definitivo. Pero bueno, ¿qué tal si hablamos de otra cosa?
– ¿Está usted todavía enamorada de él?
Ella se quedó boquiabierta.
– ¡Menuda pregunta! Y, de entrada, ¿quién le ha dicho que lo haya estado jamás?
Me encogí de hombros.
– Ustedes estaban casados.
– Uno puede casarse sin amor, ¿no?
– ¿Ese fue su caso? -insistí.
– En todo caso, nunca le he dicho que le amaba.
Por su manera de decirlo, estuve casi seguro de que no le había dicho esas palabras a nadie.
El camarero nos trajo el vino. Yo lo probé, le hice un gesto de aprobación, y él nos llenó los vasos. Agnès brindó conmigo, con una media sonrisa en los labios.
Después, cogió otro cigarrillo. Yo la imité y le ofrecí mi encendedor.
– ¡Hoy ya llevo un paquete! -confesó ella en un tono despreocupado-. Pero, como dice usted, de algo hay que morir…
Me encogí de hombros.
– De todas maneras, con mi angustia escatológica, no es el cigarrillo lo que me asusta…
– ¿Su qué?
Sonreí. Me di cuenta de que había mencionado algo íntimo como si se tratara de una evidencia… Me pregunté si era buena idea hacer partícipe a Agnès tan rápidamente de mis obsesiones. Pero, después de todo, ella me había hecho muchas confidencias.
– Mi angustia escatológica.
– ¿Y eso qué es exactamente?
– Bah, nada, una especie de idea rara que me obsesiona a menudo.
– ¡Explíquese!
– Me va usted a tomar por un loco.
Ella se echó a reír.
– Mi pobre Vigo, hace mucho que ya lo he clasificado entre los pesos pesados de la locura…
– De acuerdo… Ahí va: a veces, tengo la sensación de que nuestra especie se está extinguiendo…
– ¿Nuestra especie? ¿Se refiere usted a los fumadores?
– ¡Pues claro que no! ¡Me refiero al Homo Sapiens! Tengo la sensación de que el Homo sapiens está en proceso de extinción.
Ella parecía desconcertada.
– ¿De qué está usted hablando?
– ¡Oh, no es nada! ¿Nunca la asalta esa sensación?
Ella resopló.
– ¡De hecho, la verdad es que no!
– Sin embargo, donde quiera que mire, veo los signos de la llegada de nuestra extinción. ¿Nunca lo ha temido?
– No, no, en absoluto. Es usted un verdadero optimista, ¿no?
Encendí mi cigarrillo y deslicé mi mechero con rapidez en mi bolsillo.
– ¿Sabe usted que, cada día, cerca de trescientas especies vegetales y animales desaparecen de la tierra? Hay que rendirse a la evidencia; un día u otro, nos llegará nuestro turno.
– Un día u otro, sí, tal vez… ¡Pero no necesariamente ahora! ¡Un poco de optimismo, diablos!
– ¡Es un consejo curioso viniendo de una depresiva! -dije con ironía.
– De entrada, no soy ninguna depresiva -se defendió ella-. Tengo ansiedad y atravieso una depresión pasajera… Y, de todas maneras, mis problemas no afectan a mi confianza en la especie humana en general, sino sólo a lo que respecta a mi persona. Mis angustias son muy… personales. Pero, a pesar de todo, sigo teniendo esperanzas en la humanidad. Al contrario que usted…
– Espere un momento, mi angustia no es tan pesimista como podría parecer.
– ¿Ah, no?
– Piénselo: ¿le parece triste que el Hombre de Neandertal se extinguiera a favor delHomo sapiens? No, desde luego. Pues bueno, en este caso es lo mismo. Me pregunto si nuestra especie no habrá llegado al final de su evolución, a un momento en el que hace más mal que bien a su entorno… La naturaleza se ve obligada a defenderse, y la especie humana, a evolucionar. En pocas palabras, me pregunto si es posible que elHomo sapiens haya llegado a su fin.
– ¿Y a usted eso no lo parece pesimista?
– No necesariamente. ¿Quién sabe? Tal vez otra especie ocupará nuestro lugar, como en cada nueva fase de la evolución del género humano.
– Me da usted miedo, Vigo. ¿No irá a sacar a Nietzsche y todas las divagaciones sobre el superhombre? Nunca se sabe adonde puede llevar ese tipo de filosofía.
– No, no -le aseguré-. ¡Eso no me va nada!
– Pues entonces, tenga cuidado, porque su discurso catastrofista, con la idea de una nueva especie humana, es algo extremista…
– Ya se lo había advertido.
– Sí, creo que le da muchas vueltas a la cabeza, mi querido Vigo -dijo ella con cierta ternura.
– Sin duda. Leo muchos libros, debe de ser eso; tomo muchas notas. Pero tranquilícese, todo esto se queda en el ámbito de la ansiedad. A veces, simplemente tengo la impresión de que nuestra especie está en proceso de extinción, y de que la naturaleza va a pasar a otra cosa. Siento que los hombres han llegado a ser demasiado peligrosos no sólo para el planeta, sino también para los demás… Creo que son incapaces de comprenderse y, por tanto, de salvarse de sí mismos.
– Pues, por mi parte -dijo ella con un tono frío-, creo que el instinto de supervivencia es mucho más fuerte que todo, y que el hombre será capaz de detenerse antes de que sea demasiado tarde para adaptarse, como siempre.
– En el fondo, usted es una depresiva optimista.
– Eso mismo. Mire, para ir a ver de motu propio a un psicólogo, se necesita, a pesar de todo, tener algo de fe en la posibilidad de mejorar. Es un acto de optimismo.
– Entonces, ¡yo también debo de serlo un poco!
– Sí. Después de todo, no estamos tan lejos uno de otro -dijo ella, a la vez que me apretaba la mano que tenía sobre la mesa.
El contacto fue delicioso. Era un calor al que no estaba habituado, y que de buen grado habría disfrutado durante más tiempo.
– En todo caso, todavía siento que he de agradecerle lo que hace por mí, Agnès.
– ¡Oh, no siga con eso más tiempo! Le juro que, a fin de cuentas, es un acto muy egoísta. Me ayuda a no pensar en mí misma. Soy mucho más eficaz ocupándome de los problemas de los demás que arreglando los míos.
– ¿Por eso entró en la policía?
– No -respondió ella sonriendo-, no, eso es cosa de familia. Mi padre era poli en Argelia. Le habría gustado que su hijo fuera como él y que yo me convirtiera en ama de casa. Los dos lo decepcionamos. La primera vez que me vio con el uniforme, no se puede decir que estuviera contento. Aunque debo decir que he acabado por pensar que él tenía razón. Desde luego, no es lo más inteligente que he hecho. No es fácil llamarse Fedjer en esta profesión y en Francia. Soy la magrebí de servicio. Por un lado, debo aguantar la condescendencia de mis colegas, y cuando tengo la mala suerte de detener a un árabe, me mira como si fuera una traidora. Y además, yo, que quería escapar de la depresión a todo coste, no he elegido la profesión ideal.